viernes, 19 de octubre de 2012

Mi tío Vicente.

Los días lluviosos me hacen propenso a la nostalgia. Parece que me esponjan por dentro y me dejan liberar los recuerdos. Y hoy me estoy acordando de que hay un personaje al que le debo unas líneas hace tiempo.

Paseábamos por el Viejo Puerto de Marsella, entre los vendedores ambulantes de ostras y los argelinos que vendían artesanía. Era verano, hacía calor y la sed apretaba. Mi padre propuso ir a tomar un refresco al café en el que otras veces habíamos hecho lo propio. Pero él dijo que no. Así que terminamos de dar nuestro paseo, nos montamos en el coche y nos fuimos a un cafetín distante del centro donde tomamos el aperitivo.

Al día siguiente el periódico en primera página relataba el tiroteo que se había producido en el café donde no tomamos el refresco. Él lo cogió y sin pararse en las noticias se fue derecho a los resultados de las carreras de caballos. No parecía necesitar la información que sobre el suceso aportaba la prensa. Quizá porque tenía otra más directa.

Él trabajaba en el puerto. Era el responsable del tráfico de mercancías. Nos llevó a visitar muchos barcos donde éramos recibidos con fiestas como si fuéramos personas importantes. Recuerdo especialmente un barco ruso en el que nos organizaron todo un festival folk con grandes dosis de vodka a las que no tuve acceso por mi corta edad. Pude conocer desde pequeño el funcionamiento de aquellas ciudades flotantes y me envolvió toda la magia de la mar y de los navegantes. Además por supuesto del misterio que destilaba todo lo referente al puerto comercial de Marsella durante los años 60 y 70.

Él para mí era el tío Vicente, casado con una tía de mi padre y que nos recibía los veranos en su casa de la ciudad portuaria más novelera de la época. Sin embargo para sus vecinos era Vincent, aunque en sus ambientes de ocio era conocido como Vincenzo. Cada vez que entrábamos en un restaurante italiano, en una tienda de pasta fresca o en uno de aquellos clubes de petanca, muy franceses pero plagados de italianos, era recibido a la italiana. Nunca por cierto le cobraron las consumiciones en aquellos negocios, aunque él siempre insistía en pagar, pero no se lo consentían.

Con él conocí al gran Calanotti, conocido como “el rey de la petanca” en toda Francia. Le frecuentábamos en los clubes de petanca, donde se jugaba una especie de liga nacional. Nadie habrá podido tener mejor maestro en el deporte de las bolitas de metal. Me contaba pacientemente como debía flexionar las piernas para tirar y me corregía las jugadas. Todo un honor desaprovechado por mi escasa facultad para ese juego.

El tío Vicente no solo tenía un presente inquietante y misterioso, además su pasado era de película. Hablaba español con absoluta corrección y con un acento andaluz cerrado. Había aprendido de pequeño a hablarlo gracias a unos gitanos que vivían cerca de su casa en su Sicilia natal. Por supuesto hablaba italiano, francés y algo de alemán.

El italiano lo aprendió en casa, lógicamente, el francés lo aprendió en la que al final fue su patria de adopción, y el alemán en el campo de concentración.
En la segunda guerra mundial, fue apresado por luchar con los partisanos en Italia y enviado a un campo de concentración alemán. Estando preso se ganó la confianza del jefe del mismo gracias a su buen dominio del español. El oficial alemán no hablaba ni italiano, pero si español, con lo que el bueno de Vincenzo le resultaba aparentemente útil para comunicarse con los prisioneros. El tiempo fue haciendo el resto y el bueno de mi tío consiguió entrar y salir del campo conduciendo camiones que llevaban y traían cosas de necesidad. Hasta que un día hizo el viaje de ida y no el de vuelta y salió por la puerta principal del campo de concentración con un camión lleno de prisioneros que nunca volvieron a apresar.

Posteriormente acabó fijando su residencia en Marsella. Allí entre luces y sombras transcurrió el resto de su vida.

Siempre con sombrero, tanto en invierno como en verano, siempre con una media sonrisa. Nunca serio y nunca riendo a carcajadas. Junto a él descubrí en aquellos años 60 que había otras razas. Marsella en aquellos años estaba llena de negros, chinos y gente de todas partes del mundo que en nuestro Madrid no se veían salvo en las huchas del Domund. Me descubrió la mar, los barcos, las carreras de caballos, la petanca. Me enseñó toda la Costa Azul, la Provenza, me llevó a los Alpes. Trató de enseñarme francés e italiano. Me abrió los ojos a unos mundos que nunca hubiese pensado que existían.

Quizá mi falta de imaginación se deba a haber conocido a personas como mi tío Vicente a temprana edad, que con su realidad eclipsaban a cualquier personaje de ficción.

Murió en un hospital por causas naturales. Dejó tras de sí un montón de sombras, casi más que luces, pero para mí en aquellos años era algo más que un ídolo. Y le agradezco cuanto de corazón hizo por mí.

La mala educación.

Cada vez estoy más asqueado de este país. Vamos sumando a un presente abominable una falta absoluta de futuro. Estamos quemando la madera del barco para avanzar hacia la tormenta. Cada día que pasa vamos asegurando nuestro propio naufragio.
Tenemos una sociedad absolutamente desestructurada. El sistema no es capaz de dar respuesta a los problemas de las personas que lo conforman ¿Y si el sistema no puede atender a quienes lo crearon, para qué sirve?

Estoy absolutamente indignado con el rumbo que toma la educación. Si alguna probabilidad hemos tenido alguna vez de dejar de ser un almacén de caspa, ha sido a base de formar a las generaciones jóvenes. Por supuesto no hablo exclusivamente de una formación técnica, si no de formación en el más amplio sentido del término. Muy al contrario, en medio de una situación de emergencia no se nos ocurre otra cosa que mermar los ya de por sí escasos recursos educativos para seguir manteniendo a la banca y a los políticos.

Y vamos obteniendo unos resultados contundentes. Nuestros estudiantes están cada vez peor formados comparativamente al resto de Europa. Vamos rodeándoles de paro, de una situación sin salida y luego nos permitimos criticarles sin piedad, como si por el hecho de ser jóvenes fueran esencialmente malos.

Aún así, los jóvenes en los que más dinero invertimos, los universitarios, encuentran su única salida en abandonar su casa y marchar al extranjero. Y así nuestros admirados alemanes se benefician del dinero (escaso ó no) que hemos invertido en la educación de esta generación y por la patilla se llevan los resultados de los esfuerzos de muchos contribuyentes.

Es patético que quienes nos sangran económicamente nos expolien además de nuestra gente mejor formada. Pero así se escribe la historia de este país.

No soy especialmente afecto a los sentimientos patrióticos, pero en este caso se trata de defender el bien común de la sociedad a la que, a mi pesar casi siempre, pertenezco. Si estoy obligado a tributar en una comunidad determinada, no puedo dejar de criticar lo que se hace con mi dinero.

Y nos están robando, pero no sólo el dinero. Nos están robando el futuro, nos están cercenando el cuerpo por la parte sana. Están creando un vacío imposible de rellenar. Cuando nuestros jóvenes tengan su casa en Munich y sus hijos hablen alemán, mandaremos a los de Españoles por el Mundo a preguntarles si volverán a España. Y ellos educadamente dirán que de vacaciones a ver a la familia. Por no mandar a la mierda al reportero, claro.

Estos días en los que por primera vez (al menos para mi conocimiento) se ha producido una huelga de padres en la enseñanza, mi reflexión va para un sistema en el que cada vez creo menos. Un sistema que no nos protege. Hemos creado un monstruo que nos está devorando. Y vamos necesitando una buena revolución.