martes, 28 de julio de 2015

Matar a un ruiseñor (y el balance de verano).

Estos días ha aparecido la noticia de que Harper Lee se ha descolgado a edad provecta con una secuela de su novela que fue también un gran éxito cinematográfico. Resulta además que he visto la película hace poco en una de esas noches de canícula, ambiente que favorecía de gran manera la cuestión.

Para mí es muy grato el recuerdo de ese abogado entregado a la defensa de un pobre, además de negro, que se enfrenta a un pueblo entero en la busca de la verdad y la justicia. Todo un canto a los derechos que tanto se han conculcado en nuestro querido mundo. Y siempre había tenido como referente esa extraña película a la hora, precisamente, de explicar con imágenes lo que a veces con un discurso pesado no somos capaces de articular.

En el desarrollo de la película se toma esa bonita imagen literaria de matar un ruiseñor, aplicándola a un personaje que mata para defender a alguien más débil, que mata por pura inocencia. Sin embargo para mí el auténtico ruiseñor es Atticus Finch, que representa la ley, la verdad, la bondad y un largo etcétera de cosas bonitas.

Pues bien, a la mierda con todo. Resulta que a la vejez viruelas. La autora de la novela nos obsequia ahora con que Atticus se vuelve en la nueva novela racista, gruñón y mala gente, todo ello según su propia hija (Scout) que ahora nos da una nueva versión de su padre, basada en su nueva perspectiva vital y cronológica.

Y digo yo, si nos hacía falta esta revisión de la historia. A lo mejor la señora Lee podía haber escrito una novela nueva sobre nuevos personajes, pero ha preferido matar al ruiseñor.

Yo por mi parte he decidido parar el reloj en 1962, cuando se estrenó la película y congelar el relato tal y como lo conocí hasta ahora. No me van a amargar el personaje sin necesidad. Confieso no haber leído la novela original, mi visión es la de la película, con lo que con la misma facilidad puedo no leer la nueva.

La vida nos ofrece demasiados tragos amargos y demasiados momentos en los que los malos ganan a los buenos. Demasiado crimen sin castigo y demasiado castigo sin necesidad. No es necesario que nos vayamos quedando sin lo bueno del mundo.

Y en esas que me llega la hora del balance estival, porque yo no hago balance a final de año sino en verano. Supongo que haber tratado con tantas empresas de tecnología, que tienen el mismo calendario, deja sus marcas. Y en mi balance resulta que me he olvidado (intencionadamente) de todo lo negro, de todo lo negativo. Sólo podréis encontrar gratitud, cariño, sonrisas, buenos momentos. Porque estoy rodeado de buena gente. Porque mis amigos y mi familia tiran de mí cada día, porque al menor atisbo de flaqueza ahí están ellos con una llamada, una sonrisa, un abrazo, un beso o una palmada en el hombro. Porque no hay nadie más feliz en el mundo y porque me hacen sentir vivo.

Les debo a todos ellos las sonrisas viendo amanecer, el aire entrando en mis pulmones, la caricia del sol, la lluvia en primavera. Cada uno de mis momentos felices está empujado por ellos.

Y sería ingrato por tanto poner una sola mancha en la lista. Porque la vida me da mucho cada día. Porque si en algún momento se presentan dificultades ahí están ellos para allanar el camino. Y es cierto que a veces los problemas no se pueden resolver, pero cuando te rodean de amor te concentras  en los que te quieren, no en lo que oprime.

A algunos les veo con frecuencia, a otros la distancia o las circunstancias me los roban demasiado, pero el caso es que están ahí. Y cada uno de ellos es importante para mí. Porque la vida nos lleva por donde le da la gana y los amigos que hemos hecho recientemente no son más ni menos necesarios que los que tenemos de hace mucho. En cada uno de mis recuerdos hay algo de alguien que estaba al lado. Y siempre son buenos recuerdos, porque si los hubo malos los he olvidado.

Por eso mi balance de este año se cierra con un saldo a favor impresionante. Como siempre. Como espero que sea el próximo. Porque a partir de mañana mismo empezaré a sumar momentos felices a una nueva lista que sin duda me regalará esa gente que tanto me quiere. 


De modo que a mí no me va a matar nadie a mis ruiseñores.  


lunes, 1 de junio de 2015

Un lugar en el mundo.



Habíamos desechado la opción de seguir en gimnasia rítmica porque el cuerpo de mi hija no se adaptaba a los requisitos de esa disciplina. Probamos entonces con el atletismo, que por culpa de unos monitores poco convincentes o vaya usted a saber si debido a un sistema que no hace el deporte atractivo para los niños, el caso es que la cosa tampoco cuajó.

Fue entonces cuando rebuscando entre los deportes que se pueden practicar en Rivas, se me ocurrió probar con el béisbol. Yo lo había practicado en su modalidad de juego callejero al estilo más arrabalero, gracias a que algunos de los chicos mayores del barrio lo conocían del barrio de La Elipa, dónde jugaban Los Piratas, de tan grato recuerdo para mí. Y a pesar de mi natural oposición a todo lo yankee, aquel deporte me anidó muy dentro y siempre anduve buscando las escasas oportunidades de ver algún partido de la Major League, o alguna película de temática besibolera.

Para redondear la pirueta del destino, el deporte que se ofertaba a los niños en mi pueblo no era el béisbol, si no el sófbol, una variante que yo no conocía, pero que nos pareció bien para empezar. Al fin y al cabo no teníamos otra opción.

Y la cosa agarró, y agarró fuerte. El club que se hacía cargo de las escuelas municipales, que daba clases en el polideportivo y en varios colegios, era además una referencia en este deporte en España y pronto pudimos comprobar que prestaba una atención muy especial a la formación de los chavales, no solo en lo deportivo si no en lo personal. Estaban siempre presentes los valores del equipo, del esfuerzo, del compromiso, etc.

Y como el que no quiere la cosa, nos fuimos haciendo dependientes de la cuestión. Tanto hija, como padres. Porque también el ambiente entre los padres de los jugadores era magnífico.

Así fueron transcurriendo algunas temporadas hasta que se creó el equipo infantil del club, en el que se concentró a los chavales que quisieron comprometerse a un entrenamiento más intensivo con vistas al campeonato de España de esa temporada. Y lo ganaron. Con mucho esfuerzo de los chavales y del Club, pero lo ganaron.

Un año después la crisis golpeaba fuerte y no pudo hacerse otro campeonato infantil porque los clubes no tenían dinero para organizarlo. Así es como nos trata esta sociedad que sólo echa dinero en el fútbol o el baloncesto. Si se trata de un deporte minoritario, no olímpico y para colmo mayoritariamente femenino, estás perdido.

Tras un año de transición, mi hija llegaba esta temporada al equipo cadete. Un equipo en el que ya las cosas no eran tanto un juego como un deporte en el que ya están presentes las exigencias de la competición a otro nivel. Los entrenamientos son duros y hay que pelear por los resultados.

El objetivo volvía a estar en el campeonato de España, que esta vez se celebraba además en casa. Y la presión era grande para unas chavalas que van de los trece a los dieciséis años. Pero como no hay nada imposible cuando se trabaja duro, ayer se hacían con el campeonato con una actuación en cada uno de los partidos impecable. Por supuesto que hay algunos fallos, por supuesto que se puede mejorar, pero hicieron unos grandísimos partidos en los que hicieron gala de todo aquello que sus entrenadoras tanto les han insistido. Tanto en lo puramente técnico, como en la actitud ante la competición.

Además el Club presentó un segundo equipo que a pesar de llevar nada más que seis meses trabajando, estuvo más que a la altura del campeonato, con una actuación brillante.

Y al terminar el último partido, los padres, directivos, técnicos y seguidores del Club, nos reunimos para hacer una especie de catarsis colectiva porque en este tipo de deportes, las alegrías son escasas y los sinsabores muchos. Pero momentos como este compensan. Porque cuando el éxito es trabajado, muy trabajado, hecho de la conjunción de muchos aportes individuales sabe mejor. Sabe a equipo.

Y diré algo que no pude decir ayer ante todos los que celebrábamos la victoria, en parte porque físicamente me cuesta hablar en público, en parte porque soy muy vergonzoso. Después de mucho buscar, de dar muchas patadas y de anhelar vivir otras vidas y de querer habitar en otros lugares, creo haber encontrado mi lugar en el mundo. Como en esa maravillosa película de Adolfo Aristirain, con ese imponente Pepe Sacristan y ese genial Federico Luppi. Un Lugar en el Mundo. Porque nos han acogido sin reservas, porque todos estamos pendientes de todos y porque el objetivo final sobre todo son los chavales, pero también las familias.

Y al final siempre se trata de eso, de encontrar nuestro lugar en el mundo, aunque después de dar muchas vueltas, resulte se que encuentra justo al lado de casa.


martes, 24 de marzo de 2015

Mi amigo.



Hoy vengo a hablar de un amigo, cosa muy seria.

Mi amigo probablemente no querrá que saque su foto, ni su nombre. Pero él sabe que me refiero a él. Su aspecto, para los que no le conocéis, es duro, principalmente porque su envergadura y su forma de vestir le confieren un punto de fiereza. Además su sonrisa aparece en la intimidad, lo que no le impide una exquisita exhibición de buena educación permanente.

Es culto y a la vez inteligente, virtudes que no siempre van de la mano. Y a pesar de la primera impresión que puede causar, es extremadamente sensible. El otro día estuvimos compartiendo cafés y cervezas y no pudo contener la emoción ante uno de tantos dramas humanos que le pasan por delante en el ejercicio de su profesión.

Su profesión está anclada en el barrizal de los recortes a lo social. Trabaja con los más desfavorecidos, con el último batallón de castigo de nuestra sociedad. Y me consta que es bueno, muy bueno. Y la prueba es que se emociona con lo que ve a pesar de los muchos años de ejercicio.

Además es un buen compañero. Pero no de esos majetes que pueblan las oficinas, que a la mínima te dejan en la estacada, si no de los que se baten el cobre por ti poniendo sus intereses a tu disposición si hace falta. Y lo ha probado varias veces. Coherente hasta la náusea, nos deja a los demás siempre por detrás en el cumplimiento de nuestros propios mandamientos. Ateo respetuoso y profundo, de los que no recurren a Dios si la cosa no va bien pero que no persigue a aquellos que desde otras  posturas buscan un bien común.

Comunista no militante, aunque si yo le tuviera que definir le calificaría de internacionalista, pero es muy difícil de definir porque es completamente poliédrico, es igual a  sí mismo. Su integridad política está en cualquier caso fuera de toda duda. Activo como si fuera un chaval de veinte años, pero sabio y lúcido como un anciano de esos al que gusta escuchar batallas.

Amante de la montaña como yo, no hemos coincidido nunca pero hemos pateado los mismos lugares muchas veces. Nuestro ámbito de actuación se restringe a Madrid, aunque en una ocasión nos dimos un interesante rulo juntos por Euskadi, una de nuestras patrias de adopción, aunque ya se que los comunistas y los anarquistas no tenemos más patria que la humanidad. Fue un viaje fantástico.

Hemos cantado (cuando aún yo podía hacerlo), a todo pulmón, incluso bien a veces, las canciones de los viejos luchadores por la libertad. Esa libertad que nos tiene tan preocupados.

Ha conocido de cerca la Cuba de cuando Cuba era Cuba, no la de los hoteles de playa, conoció el Berlín de cuando Berlín era Berlín y no el de la reunificación a base de marcos o de euros. Y ha sido voz crítica de todo lo que ha visto pasar por sus ojos para todo aquel que ha querido escucharle.

Su trabajo le lleva a tratar de mejorar en lo posible la vida de los demás. Y aunque a otro cualquiera le llevaría a la frustración, él se supera así mismo día a día. Le envidio profundamente por ello. 

Me ha acompañado en mis procesos de enfermedad con una lealtad y un cariño que han hecho las horas segundos y que me han reconfortado lo que nadie puede imaginar.

Todos los que le conocemos podemos suscribir estas pobres letras que no le abarcan ni por asomo, pero es que es inabarcable y además estoy seguro de que no le gustaría que le atrape ni nada ni nadie.

Y estoy muy orgulloso de él, porque él me hace mejor persona y más grande. Y porque es mi amigo. Te quiero, mucho, mucho amigo mío.

viernes, 13 de febrero de 2015

Carta abierta a Stefan Zweig.




Estimado señor Zweig:

Me dirijo a usted con la convicción de que no va leer estas letras, en parte porque no tengo sus señas y en parte porque está usted muerto. Y está usted muerto porque la idea de una Europa dominada por el horror nazi fue insoportable para su sensibilidad.

Y según parece a mucha gente, usted se equivocó. Podría creerse que usted se precipitó y que la humanidad frenó a tiempo a aquella bestia para dar paso a un mundo libre y a una Europa que olvidaría sus  guerras en favor de una especie de confederación de estados que nos haría mejores. 

Yo hasta bien entrados los años noventa también trague el anzuelo y creí que el ingreso de España traería de la mano la prosperidad y el progreso. Nunca estuve más errado. 

Por aquellos años  yo todavía no había leído sus escritos y me era ajena su visión del tablero de juego. Usted lo dijo muy claro. No se trataba de unos acuerdos económicos, no se trataba de defender una unidad monetaria, no se trataba de unificar en general si no de aglutinar diferencias.

Un buen amigo me ha hecho reflexionar sobre el particular estos días a cuenta, precisamente , de la recomendación de uno de sus libros. Y creo que la esencia del problema anda por ahí Usted nos habló de una Europa diversa, tanto en sus costumbres como en sus lenguas, en sus tradiciones, en todo. Sobre todo, usted fue, como tantos de su tiempo, un valedor del los talentos que tuvo a su alrededor. Frecuentó a pintores, músicos, arquitectos, escritores, científicos y a todos aquellos que conformaban la Europa de verdad, la del conocimiento.

Y eso es lo que uno realmente desearía. Que hubiese una Europa en la que lo importante fuese la libre circulación de ideas, en la que se sumasen los esfuerzos para la generación de cultura y en el que sus habitantes, ávidos de saber tuviesen las herramientas políticas, logísticas y económicas necesarias para saciar la sed de conocimiento que la gente como usted nos transmitió. Una Europa preocupada y ocupada por los europeos.

Por contra nos hemos encontrado a una Europa que sirve a unos oscuros intereses económicos cuyos destinatarios quedan ocultos en la maraña financiera, que deja fuera a los pequeños en favor de los grandes, que se aleja de todo aquello que nos importa de verdad.

Vivimos tiempos convulsos, tiempos en los que a los estados no les tiembla el pulso a la hora de deshauciar a una familia, en los que la gente no puede pagar la factura de la luz y no puede calentar su hogar, tiempos en que incluso asistimos impávidos al espectáculo de que los niños no tengan qué comer cuando salen de las escuelas porque sus familias no son capaces de alimentarles.

Y usted, señor Zweig, a lo mejor estuvo equivocado en el tiempo, o en la apariencia del enemigo, pero en definitiva la cosa ha acabado mal. Se trata como siempre de una guerra de poder y de dinero. 

Como yo soy de naturaleza cobarde y la ciencia se empeña e contradecir a mi salud, tengo que seguir transitando por este panorama y para ello me he hecho fuerte en una república imaginaria en la que me rodeo, como usted hizo, del talento de mis amigos a falta del mío, y comparto con ellos a grandes como usted, a los grandes creadores del pensamiento que la historia nos ha dejado y que nos permiten ir pasando los días con su arte. Allí escucho música, leo, miro y disfruto. No me queda otra opción, la realidad es tan insoportable que uno comprende que alguien como usted no pudiese más.

Y para que vea que la cosa verdaderamente está fea, ahí le he dejado una foto de un cartel anunciador de un evento de ocio. Le juro que andaba yo pensativo por la calle dándole vueltas a esta carta cuando me topé con el asunto. Supongo que para alguien acostumbrado a tratar con Rilke, Klimt o Strauss, el trago es mayúsculo, pero son los tiempos que a mí me toca vivir y quería mostrárselos.

En fin, que tenia usted razón, venían a por nosotros y se han quedado a vivir. 


viernes, 5 de septiembre de 2014

Esos locos bajitos.


Esos locos bajitos (Serrat)



Ya no es bajita. Y no parece estar loca, lo cierto es que según sigue la canción, a menudo se me parece.

Me enorgullece cuando reconozco en ella algunos de mis gestos, cuando la veo correr entrenando en la playa como yo hice tantas veces. Me gusta cuando le veo esos gestos que definen su carácter y el mío.

No le llego a la suela de los zapatos, ella parece haber heredado la inteligencia de su madre y entre las dos me tienen absolutamente eclipsado. Pero su afición al deporte, su entrega, su constante esfuerzo me recuerdan otros tiempos en los que yo hacía cosas parecidas.

Juega al sóftbol, yo lo hacía al béisbol, pero al margen de las diferencias entre ambos deportes, ella es infinitamente mejor que yo. En la montaña actualmente su forma física me deja más que en evidencia, aunque ahí todavía las técnicas del viejo están por encima, pero es sólo cosa de acumulación de experiencia y años.

En los estudios no da más que alegrías, yo a su edad ya daba algún disgusto, aunque luego recuperase, pero era más guerrero.

Es consciente de las situaciones que la rodean a un nivel que algunos adultos no alcanzan. Es seria y cumplidora.


Su sonrisa permanente recuerda a la de su madre. Siempre alegre, siempre dispuesta.

Es fuerte por dentro y por fuera. La vida ya le ha ido poniendo palos en las ruedas con situaciones que ella ha sabido superar. Ya ha conocido tristes desengaños de falsas amistades, en cierto modo algunas formas de acoso que sufren a veces aquellos que despuntan en algo a cargo de los mediocres que no pueden estar a la altura. Y lo ha superado con nota, reinventándose a sí misma, volviendo a empezar y tejiendo nuevas relaciones mucho más reconfortantes.

Su afición a la música va creciendo tal y como en mí también lo hizo. Tiene interés por todo aquello que tiene calidad. Desde la ópera hasta el heavy ha ido picoteando por casi todos los géneros apreciando lo bueno de cada uno de ellos. Sigue en constante aprendizaje y es increíble su capacidad.

Me importa poco que penséis que todo esto son exageraciones de un padre que babea. Porque sí, babeo y no me importa y estoy orgullosísimo.

Me cuesta escribir cosas como esta, desnudar mi sentimiento hacia mi hija, pero necesitaba hacerlo. Me ha dado un verano que no me lo merezco. A pesar de las discusiones acerca de aquella luz que no alumbra a nadie o de la falta de orden en su cuarto. A pesar de las fricciones que da la convivencia tengo que reconocer que es alguien excepcional. Y no es pasión de padre (solamente). Quienes la conocen pueden dar fe de que no es alguien vulgar. Tiene su propia luz.

Tiene sólo trece años y no sé hasta donde puede llegar, las bases están ahí. Ella construirá a partir de ahora su propio futuro. Y sea el que sea, que le de la mayor cuota de felicidad posible. Tiene las herramientas para moldear la vida como ella quiera. Capacidad no le falta. Y todavía mantiene un punto de inocencia que me da un cierto margen, que me provoca mucha ternura al verlo en alguien que me saca ya una cabeza.

viernes, 22 de agosto de 2014

La cuerda.




Es recurrente para los escaladores el tema de la importancia de la cuerda.

En su elección pesan muchos factores y más cuanto más moderno resulta el material, porque inciden diferentes parámetros. La longitud, el diámetro, el peso, la forma de uso. La decisión es muy personal, pero siempre ha de tomarse pensando como primer principio en aquello para lo que está diseñada. La seguridad.

De nada nos sirve el uso inadecuado de una cuerda cuando no está facilitándonos la seguridad adecuada al momento. Sirve para detener nuestra caída, no para decorar. En muchos casos he conocido accidentes fatales debido al mal uso, o a una elección inadecuada.

Se pueden usar en simple, doble o como gemelas, siempre siguiendo las instrucciones del fabricante y tratando de adaptar su uso a las recomendaciones de su construcción. Así, no vale lo mismo una cuerda para rocódromo que otra para usar en hielo, ni es lo mismo el uso de una para escalada deportiva u otra para “randonee”. Cada una tiene sus particularidades y hay que informarse bien antes de su compra, ya que resulta necio cargar con un peso que luego no nos va a servir para lo que deseamos hacer. Aún más necio resultará ver cómo se rompe cuando nos tiene que sostener.

Actualmente disponemos de una oferta grandísima a la que se ha unido también la certificación de la UIAA para la impermeabilidad. Las viejas cuerdas absorbían un porcentaje de agua muchísimo mayor que las actuales, pero además ahora hay camisas casi hidrófugas que para nieve y hielo dan unas prestaciones otrora impensables. Además el alma cada vez es más ligera y ello permite acarrear con el mismo peso cuerdas más largas.

No obstante la elección ha de centrarse en la actividad que desarrollamos, y nunca pensar que la cuerda es tan polivalente como para “servir para todo”. Ello puede ir en detrimento no sólo de nuestra seguridad, si no también de la propia cuerda, que al ser utilizada en un entorno para el que no está diseñada, se deteriorará con mayor facilidad.

La cuerda nos ata a la vida. No es exagerar. Es el único elemento que a la hora de una caída nos garantiza con su adecuado uso no caer al vacío, o reventarnos contra la roca o el hielo. Por ello siempre he tenido especial cuidado y cariño con esa pieza del equipo.

Las he tenido de diferentes marcas, Mammut, Roca, Beal, Edelweiss, siempre orientadas al uso que preferentemente iba a hacer. Sin escatimar en el precio ni en ocasiones en el peso, ya que el argumento a la hora de la seguridad no puede ser ese.

Tras mi experiencia la cuerda que ahora me une con la vida es la de la foto. No es barata ni ligera, pero es la más adecuada a mi momento. Me une a la vida y me da seguridad.

jueves, 7 de agosto de 2014

Volver.




Mira que soy raro.

Cuando vuelvo a un sitio que he visitado previamente, no sólo busco las referencias del paisaje físico, tanto natural como urbano. Me gusta encontrar las rocas en su sitio, que no hayan desaparecido las tiendas que conocí, que las calles mantengan el mismo sentido de circulación, me molestan en general los cambios. Pero sobre todo necesito que el paisaje humano continúe estando igual. No sé si os pasará a los demás, pero yo me fijo mucho en los personajes habituales y hasta me atrevo con el tiempo a cruzar con ellos un buenas tardes. Aunque nunca llegue a saber sus nombres. Incluso en otros casos, como me pasa con el maitre de La Albahaca, con el que cada vez que visito ese paraíso gastronómico en medio del Barrio de Santa Cruz, tenemos largas conversaciones. Nos apreciamos en la distancia. Sin compromisos, sin artificios. Es una especie de amistad relevada de toda pompa.

Y le necesito. No puedo ir a Sevilla y no pasar por allí a charlar un rato. Es como no haber ido.

También en Conil busco al viejo pescador, que cada vez más enjuto se sienta en un banco del paseo a jalear a las extranjeras (alguna nacional se cuela a su ojo experto) y a mirar al mar. Con él no he llegado después de cuatro años a más que un saludo de meneo de cabeza, pero si voy allí y no le veo, me falta algo.

Puede que se trate de una forma de salvar mi desarraigo de cualquier lugar, una manera de rellenar un afecto que no tengo en casi ningún sitio, pero como con ello no hago daño a nadie no he valorado psicoanalizarme.

Y estos días de sur les he vuelto a ver a los dos. A mi amigo de La Albahaca, con el que estuvimos un buen rato charlando de lo divinamente bien que van las cosas y lo estupenda que se presenta la recuperación económica. De lo hasta arriba que se ponen los restaurantes estos días y de los siete años de auge económico que estamos viviendo (léase en tono irónico).

Con el pescador, no he cruzado palabra. Pero le he visto más cascado. Cada vez está más en el bar y menos en el paseo y le veo moverse con mayor dificultad. No obstante no nos falta el saludo y la sonrisa cuando nos cruzamos.

Y así por cada sitio que paso, siempre buscando la referencia personal, siempre queriendo mantener a mi alrededor un entorno estable. Y cada vez lo tengo más difícil. Los negocios cierran, los personajes desaparecen y las calles cambian de sentido a criterio de incompetentes munícipes que sólo sirven a intereses bastardos. Pero eso no me hace desanimarme. Supero mi tristeza y busco una nueva referencia, porque siempre están ahí. Siempre estamos ahí, porque quizá yo sea también una baliza para algún desconocido. Quien sabe si no me andan buscando por algún sitio. Y a mí no me da la gana desaparecer. Pienso seguir prestando mis servicios como elemento del paisanaje.

Para mí son personas sin nombre, pero no por ello menos importantes que muchos aquellos de los que conozco muchos detalles y que sin embargo no me aportan la tranquilidad que mis anónimos me dan. Ya digo, soy muy raro.

martes, 27 de mayo de 2014

Elogio de lo pequeño.


Confieso que no he votado. Sé que la mayoría de mis amigos, demócratas de los de verdad, no de los que pregonan serlo me afearán la conducta, pero tengo la absoluta convicción de que ninguna de las candidaturas me representa. Estoy seguro de que más tarde o más temprano me habría arrepentido de depositar mi confianza en alguno de los candidatos y que al final me hubiera sentido traicionado. Como ya me ocurrió en el pasado. Dice el refrán que gato escaldado del agua huye.

Pero la campaña electoral y los resultados de la misma me dejan un buen sabor de boca porque parece que empiezan a invertirse las fuerzas. Parece que las pequeñas iniciativas, apoyadas en las redes sociales empiezan a tener una potencialidad que con los tradicionales sistemas propagandísticos no era imaginable. La irrupción de pequeños partidos sin grandes presupuestos, con el trabajo por detrás de plataformas ciudadanas que sustituyen a la militancia activa convencional es una entrada de aire fresco al sistema.

Independientemente de las ideologías, parece que ahora es posible que una opción política pueda llegar a los ciudadanos y ser una realidad electoral sin necesidad de hipotecas bancarias ni de otra índole. Hemos pasado de una vez por todas de la era de la televisión a la de internet, con la apertura participativa que ello representa.

Y la cosa me agrada. Me agrada mucho.

Eso no quita para que uno tenga el tufillo de que lo que en el sistema se desarrolla en el sistema queda. Gente como Ada Colau se resiste a entrar en política. Gente que desarrolla desde las plataformas sociales un trabajo inmenso y que prefiere seguir ahí. Quizá ese es mi ámbito. Estoy por la colaboración en esos entornos, pero me da vértigo el paso a la política. Prefiero a los que se quieren quedar trabajando enfrente del sistema que los que se integran en él.

Hoy un compañero de trabajo me preguntaba cuál era mi alternativa, que si era la revolución. Y tengo clara la respuesta. Si nadie pide la revolución, el sistema no se mueve. Ante el inmovilismo que cualquier sistema tiende a generar, tiene que haber un número suficiente de ilusos que desde fuera del mismo queramos derribarle o al menos transformarle para que algo pueda evolucionar.

Sin el 15M no hubieran sido posibles algunas transformaciones (insuficientes) en los procedimientos hipotecarios, sin los movimientos antimilitaristas no se hubiese producido el final del servicio militar obligatorio y hay miles de ejemplos de cómo son necesarias las pequeñas revoluciones para impulsar los cambios.

Desde mi modestísima opinión, no es muy lícito clamar contra el sistema y luego jugar desde dentro de él. Se pueden mostrar desacuerdos y estar integrado, pero cuando uno no se siente representado en el sistema lo mejor que puede hacer es acatarlo, porque no hay otra opción, pero no participar. Quizá sean reminiscencias de un anarquismo incurable. Por eso mi opción es no participar de lo que considero que al final es una farsa en la que al final todos los participantes se convierten en lo mismo.

Tengo desgraciados ejemplos en el municipio en el que habito de que no se trata de un problema de colores políticos si no de mal ejercicio del poder. Y afecta a todos.

Sin tener aparentemente nada que ver, quiero también mostrar mi alegría por la riquísima oferta que en Madrid se está produciendo a nivel de espectáculos teatrales. Más próximos a lo que fue teatro experimental que a las funciones clásicas, existe una programación interesantísima protagonizada por reconocidos actores que en pequeñas salas representan guiones que nos son mucho más próximos que lo que hasta ahora se nos ofrecía.

La proximidad del público en las pequeñas salas, la ausencia de elementos de atrezzo, la poca cantidad de gente tanto en escena como detrás, dan a estas obras en mi opinión una veracidad de la que carecen las producciones al uso.

Y tiene que ver con lo anterior porque se trata otra vez de lo pequeño. En estos tiempos en los que se han esfumado las subvenciones a la cultura, en los que hay una crisis de ideas tan importante, es necesario que existan las pequeñas alternativas. A modo de ensayo, de prueba y error, vamos construyendo futuro y cultura desde abajo. Ya no estamos esperando a que nos sirvan algo precocinado, estamos participando casi en la génesis de la obra. Y por supuesto nos sentimos identificados con lo que ocurre en escena.

Igualmente atractivas me resultan algunas pequeñas ediciones literarias en las que el propio autor es el que se edita con gran esfuerzo, pero con absoluta libertad. Ojalá represente el final del yugo al que se han visto sometidos tantos escritores de talento que han sido apartados en favor de otros elementos sin ninguna gracia creativa. El mundo de la autoedición nos abre las puertas de la libertad narrativa, aunque está por desarrollar de forma adecuada. Sería mucho más efectiva una relación directa escritor-lector que las actuales tecnologías permiten perfectamente, aunque las editoriales tradicionales ya pondrán todas las trabas que se les ocurran a su desarrollo.

Todo esto, la política que se mueve en los submundos de las redes sociales, la cultura casi underground, el arte y el pensamiento en pequeñas iniciativas, me recuerda mucho a aquel periodo de entreguerras de mi admirada Europa. La Europa en la que creí, la de los movimientos artísticos y culturales, la que supo reinventarse y desde la que no hemos visto nada espectacularmente nuevo.

Y es mi esperanza, la esperanza de que muchos pequeños impulsos puedan generar una nueva sociedad, un nuevo modelo que no excluya la autocrítica, que crea en el hombre y que aparque para siempre esa autodestrucción permanente a la que nos sometemos.

Un mundo de lo pequeño, en el que cada uno aporte su granito de arena en la construcción de una nueva realidad.



martes, 29 de abril de 2014

Al otro lado del espejo.

Un bar del centro de Madrid. Sábado por la tarde-noche. La barra está llena de gente y las mesas abarrotadas. Veo una de ellas rodeada por siete amigos que hablan animadamente.

Me encanta ver el juego de miradas entre ellos sin prestar atención a su conversación. Porque la conversación es lo de menos, lo verdaderamente esencial es el juego de complicidades y cómo la telaraña de las relaciones les interconecta a todos. Cada uno de ellos ha llegado al grupo a través de otro amigo y al final forman una única red. Una red sólida.

De repente el del bigote, el alto del pelo rapado y el que más sonríe cantan sin hacer mucho ruido para no molestar al resto y en los ojos del bajito de barbas se adivina la voluntad de cantar aunque parece que algo se lo impide. Se miran, se abrazan. Las tres chicas sonríen continuamente. Es la expresión sincera de la amistad. Gente que comparte momentos felices.

El alto del pelo rapado mira al bajito de la barba como queriendo hacer una fotografía que no se borre nunca, como si algo se lo fuera a arrebatar de repente. Mientras, el observado, que se ha dado cuenta, algo azorado disimula como para quitar importancia al momento, como queriendo escapar.

El que más sonríe, a su lado, comparte historias y aventuras. El resto le escucha divertido. Las chicas cuentan también sus cosas. La del pelo más largo y gafas cuenta poco y escucha mucho. La del pelo corto y las gafas sabe más de lo que cuenta y la morena cuenta historias propias que son un ejemplo.

Siguen las risas. Aparecen velas de cumpleaños. Más canciones. Más miradas que se cruzan. Otra botella de sidra y más tortilla. Más chistorra y bromas del del bigote. Ironía fina.

De repente el bajito de la barba se da cuenta de que le estoy mirando y me fulmina con una mirada desafiante, como diciendo que no es un moñas, que son sus amigos y hacen lo que les da la gana.

Bajo los ojos y me doy la vuelta. Sigo oyendo sus cantos y sus risas. Me dan envidia.

Tras un rato me voy a casa paseando. Le voy dando vueltas a la vida, a los años. A muchas experiencias, a mucha gente conocida.

Llego al fin. Es tarde. Ellos seguirán riendo y cantando. Me voy al baño y me miro en el espejo. Para mi sorpresa desde el otro lado del espejo me mira el bajito de las barbas. Y me doy cuenta de que soy una de las personas más felices de este mundo. Y agradezco cada día que pasa poder compartir esos ratos felices. Porque son mi razón de estar, porque son mi reflejo y porque son mi voz.



martes, 11 de marzo de 2014

Una noche en la ópera.

Mi visión de la ópera es la de un espectáculo total, quizá el más completo que existe. En ella intervienen diferentes disciplinas. Música, teatro, diseño, moda, incluso hasta arquitectura en la elaboración de algunos espacios escénicos. Un espectáculo que creo debe estar al alcance de todos y que es importante hacer llegar a los más jóvenes ya que es una excelente herramienta para desarrollar la sensibilidad.

Dicho esto, contaré que el viernes pasado daba una vuelta por el centro de Madrid mientras esperaba a que mi hija acabase su clase de música y me encontré que el Teatro Reina Victoria anunciaba el estreno para esa misma noche de Rigoletto. Algo absolutamente inusual ya que en mi ciudad aparte del Teatro Real y ocasionalmente el de la Zarzuela la ópera no se asoma así como así, salvo alguna que otra función de verano que se ha dado en el Conde Duque en versión de concierto. Como aquello me gusta mucho, miro interesado el cartel anunciador con el elenco del que no conozco a nadie, pero tratándose de una producción de esas características, es normal.

Animado por la idea de que nuestros jóvenes músicos cada vez están mejor formados y que en su día disfruté de las funciones que se realizaron en el Teatro Calderón bajo el mecenazgo de José Luis Moreno, me acerco a la taquilla esperando encontrar algo humilde pero de calidad. Faltaban diez minutos para la apertura vespertina y esperé con la esperanza de encontrar entradas.

Estoy acostumbrado a que mi asistencia a estos espectáculos es premeditada y alevosa, porque en los grandes teatros (que es su ámbito natural), la adquisición de las entradas debe hacerse con mucho tiempo ya que el número de representaciones es limitado. Pero en este caso encontré entradas para esa misma noche sin problema alguno. Butacas de patio centraditas.

Recogimos a nuestra hija con la ilusión de asistir a un estreno de forma inesperada y nada menos que Rigoletto. Una obra fácil de escuchar por su abundancia de melodías reconocibles y por ser muy conocida. Entramos en el teatro y nos dispusimos a esperar el comienzo.

De primeras la cosa se retrasaba un poco (lo normal), motivo por el que el director del teatro aparece en el escenario (sorpresa para mí, es el Señor Cornejo) y se disculpa. Hace un alegato sobre la iniciativa privada y la falta de subvenciones. Le escuchamos con dificultad porque la algarabía generada por los propios trabajadores del recinto impide la audición, hasta que un airado espectador les monta la de Dios es Cristo y les hace callar. Interesante forma de empezar.

Al rato, aparece el director de orquesta (ataviado con blusón negro al estilo horchatero valenciano), saluda, se sienta en una sillita y no empieza a dirigir porque falta luz en algunos atriles de los músicos. Tras veinte minutos de idas y venidas de lo que debía ser un electricista se soluciona el percance y éste es aplaudido como el primer triunfador de la noche.

Levanta el director la batuta y atacan los metales la primera nota de la obertura. Y atacan en desorden. Dan paso a las cuerdas que también parecen un ejército un tanto indisciplinado. Lejos de la sombría presentación del drama al que vamos a asistir, el exceso de colorido (llamémosle así) parece que va a ser seguido de algún sainete divertido.

Tras la desconcertante introducción, entra en escena la parte vocal, comandada por un Rigoletto vocalmente capaz pero musicalmente corto y un Duque de Mantua flojo de potencia y con un impropio exceso de pluma para el conquistador de féminas que cabe esperar. Y luego lo entendí, porque las plumas debían ser de los gallos que traía dentro el individuo.

La ópera se fue desarrollando entre desaciertos orquestales y desatinos canoros, hasta el punto en el que mientras en el escenario un desesperado Rigoletto intenta evitar el secuestro y violación de su hija, en el patio de butacas el personal se partía el pecho de la risa. Tal era la tensión musical y argumental creada. Y tal era el desconocimiento del respetable de la obra. No es imputable además el desfase conductivo del público respecto de la obra al desconocimiento lingüístico, ya que sobre el escenario en una pantalla se proyectaba en español y en inglés la traducción simultánea del texto, con lo que sabiendo leer ya tenía uno lo básico para irse enterando. Por otra parte las famosísimas notas de Verdi fueron juntadas de forma que no había forma humana de reconocer el original en aquella deconstrucción.

De la escenografía y el vestuario, diré que he perdonado cosas peores aunque siempre han venido envueltas en una calidad musical diferente. Recuerdo en La Bastilla una Madama Butterfly en cuyo escenario no había más que una silla. La orquesta y la voz de Aragall me hicieron ver todo el mobiliario. Juro que vi en el medio de París el barco de Pinkerton atracando en el puerto. Pero esta vez la carencia era global. No obstante me parece algo menor tratándose de un pequeño teatro en el que es difícil encajar una obra de estas características. Aunque al menos el vestuario, siendo una producción de Cornejo, podía haber estado más cuidado.

El público asistente era en gran parte familia o amigos de los autores del desatino con lo que se podían explicar los bravos y los encendidos aplausos que se escuchaban tras cada atentado que se produjo a la integridad musical. Se recibieron con gran éxito unas coreografías como de musical venido a menos que aún estoy intentando justificar argumental y musicalmente.

Los asistentes que por contra parecían más bragados en estas lides mostraba claramente su disconformidad con lo expuesto en las tablas.

No es de recibo para mí, que habiendo cantantes de calidad y músicos en general capaces de un trabajo digno y profesional, se ofrezca en una ciudad como Madrid un tatachún de éste calibre. Probablemente se alimentará de turistas de paso y de pobre gente bienintencionada que quiera acercarse a la ópera. El problema es que daremos una imagen muy lamentable a los primeros y alejaremos definitivamente a los segundos.

Volvemos como siempre a ser la ciudad del precocinado, de la imitación, de los trileros. Volvemos a vender paellas congeladas de esas que no son atractivas ni en las fotos multicolor de los anuncios. Volvemos a burlarnos del arte y de la cultura. Lástima.

Y salí aquel viernes del teatro sin aplaudir porque no vi Rigoletto por ninguna parte. Y me acordé de las tardes tan estupendas que pasé viendo aquellas humildísimas pero correctas funciones del Teatro Calderón.

Para colmo, como demostración de lo poquito que nos importa la cuestión, no se ha producido en los días posteriores ni el más mínimo comentario ni crítica a favor o en contra de lo visto en ninguno de los periódicos que sí anunciaron que aquello se iba a perpetrar.

Como si no hubiese críticos musicales en Madrid. Como si no hubiese existido la función. A lo mejor ha sido simplemente una pesadilla de un pobre aficionado.



viernes, 7 de marzo de 2014

Cristina.




Hemos coincidido poco. Mucho menos de lo que me gustaría. Nos presentó hace unos cuantos años un común amigo, de esos que cuando te presentan a alguien vienen avalados por una garantía de por vida. Es además compañera de trabajo de mi tutora personal.

En cuanto nos presentaron me quedó claro que se trataba de alguien especial. Hay personas (pocas) que tienen una luz especial, que irradian un algo que no sé definir, pero que se nota en cuanto las tienes delante. Ella tiene esa energía a raudales, como una especie de reactor nuclear del bien.

La primera impresión que recibí de ella fue impactante, pero cuando supe algunos detalles de su vida, comprendí que estaba delante de alguien absolutamente irrepetible.

Hay gente que va por la vida fastidiando a los demás, generando mal rollo por donde pasa, dejando un rastro de cadáveres a su paso. Otros sin embargo se empeñan en llenar el mundo de amor, han establecido una cruzada contra el mal y no van a parar hasta que se nos ponga una sonrisa en la cara a todos. Ella es de éste último grupo, de los que luchan sin odio, de los que pelean con uñas y dientes contra el mal sin hacer daño al enemigo.

Esa es la gente en la que está la única salida a este maldito mundo.

Y además tiene la fortaleza de hacer todo eso sin aparente esfuerzo, como algo natural.

Cada vez que la he visto sonreía. Me dicen que siempre es así. Aunque probablemente estos días en los que han llegado negras nubes a su universo estará sombría. O al menos es para estarlo.

La vida le ha arrebatado a alguien a quien quería. Alguien por quien apostó fuerte. Alguien por quien el mundo no daba nada. Alguien por el que lo dio todo. No quiero entrar en los hechos. Conocerlos más a fondo no me va a aportar nada. Una muerte injusta más. Una noticia más en el periódico con un drama cosido con una grapa. Como cualquier expediente. Me entristece por la víctima, por supuesto. Pero sobre todo estoy triste por ella. Por su sufrimiento.

Esta mierda de mundo ingrato se empeña en no premiar a quienes más lo merecen. Parece que quiera abocar al fracaso cualquier esfuerzo por el bien.

Pero a pesar del palo sé que ella volverá a llenar de abrazos a los que tenga a su alrededor, volverá a repartir sus sonrisas y seguirá dando todo cuanto tiene por los demás. Esa es su grandeza.

Me atrevo a escribir esto porque sé que ella no lo va a leer, pero necesito compartir mi rabia. Porque cuando los finales de las novelas están mal escritos no podemos devolver el libro, pero cuando lo que está mal escrito es el final de una vida te hace tambalear sobre tu moralidad.

Y aunque no venga a cuento le doy las gracias. Porque tengo la convicción de que lo que hace es mucho. Si unas monjas confinadas en un monasterio de clausura creen que su oración puede cambiar el mundo, por qué no voy a estar seguro yo de que con gente como Cristina estamos más cerca de la vida.

Un beso para Cristina y para todos sus amigos.

lunes, 3 de febrero de 2014

Las recapitulaciones del Café Griensteidl.



Es muy duro andar tdo el día esquivando la opinión de los demás. Es muy cansino tener que ponerse uno mismo cada día delante del espejo a dar explicaciones al de enfrente por cosas que no son de uno, por traumas y desavenencias del resto.

Si te defines de cualquier forma, si expresas tus gustos, si manifiestas una preferencia, es motivo para que el resto de la humanidad que no comparte tu sentir se arroje contra ti porque eres esto o aquello. Si se te ocurre la feliz idea de decir abiertamente delante de un grupo de gente cualquiera que eres cristiano, te recordarán que hay curas pederastas. Si te declaras anarquista te afearán la violencia ejercida por los grupos anti sistema. Si te gusta el euskera serás un filoetarra. Si estudias alemán te hablarán de Hitler. Si escuchas rap te identificarán con las bandas marginales.

Y así para cada cosita que hagas en esta vida y que se salga del fútbol y del resto de lugares comunes que son aceptados por la mayoría como “normales”.

Y como yo soy anormal puro, de hecho me siento cristiano, anarquista, amo el euskera, me gustaría saber correctamente alemán y no escucho rap, pero aún peor soy un incansable wagneriano.

Y todo eso no por dar por saco a nadie, si no precisamente por todo lo contrario. Me siento cristiano porque es la cultura en la que he crecido y porque aunque parezca imposible se puede llegar a serlo a través del racionalismo. Es largo de explicar, pero es posible. Soy anarquista no porque me guste la pólvora, si no porque creo en el hombre. Creo que todos somos lo suficientemente buenos como para no necesitar un fulano que nos pastoree. Amo el euskera porque las gentes que lo hablan me han dado tanto que no seré nunca capaz de devolverles ni la mitad aunque viva doscientos años y lo único que se me ocurrió en su día es que ellos no tengan que usar una lengua que no es la suya para dirigirse a mi. Y en lo referente a Wagner, es la esencia de mi cultura musical. A base de escuchar música en mi juventud fui decantando mis preferencias hasta llegar al compositor alemán. Nunca me dejé influir porque fuese el preferido de un maldito nazi, al que por cierto también gustaban Beethoven y otros que no cargaron con la fama.

Mis gustos y mis sentimientos se han ido conformando al margen de modas y de mitos populares. Sé que no son los de la mayoría, faltaría más, pero tampoco los he rebuscado entre lo que nadie quería, simplemente soy así.

Y mis amigos me aceptan como soy, quizá porque ellos también son diferentes a la mayoría. Pero el resto es terreno hostil.

Lo que peor llevo es lo de las cuestiones musicales. La música es puro sentimiento tanto para el que la compone, el que la interpreta y el que la escucha. Y no se puede ir contra los sentimientos. Yo cuando escucho El Holandés Errante no estoy viendo campos de exterminio, cuando escucho Tanhäuser no veo desfiles triunfales. Cuando escucho a Wagner, en general estoy a otras cosas. Y mi caso es insignificante. Lo grave es que Daniel Baremboin sea considerado un héroe por interpretar obras de Wagner en Israel.

Después de mucho tiempo de abandono de la escucha de esas obras, he vuelto a ellas. Me pasa siempre con la música, voy dando vueltas, voy escuchando cosas nuevas y de repente un día, necesito volver a las raíces, necesito volver a lo que creo que soy yo mismo. Es una forma de contrastar si realmente lo nuevo me gusta, supongo, una especie de patrón de medida. Y después de andar unos días inmerso en mi mundo centroeuropeo he necesitado volver a beber de las fuentes que fueron en mi juventud el remedio para la sed de música y de cultura.

Gracias a Dios esos gustos y pensamientos no me han limitado si no que muy al contrario me han hecho libre y me han ayudado a comprender el resto de ideologías y de expresiones artísticas. No hubiese comprendido a Klimt sin Wagner, no podría gustarme la música contemporánea en toda su diversidad sin haber escuchado previamente a los clásicos.

Y todas estas cosas me venían a la cabeza mientras tomaba un café en el silencioso Café Griensteidl de Viena, donde no existe hilo musical más allá del sonido de las cucharillas de las tazas y que fue el lugar preferido de reunión del rojerío de la ciudad. Una ciudad que de tanto en tanto me da la vida.




jueves, 7 de noviembre de 2013

Elegir camino en la vida.


En estos tiempos convulsos en los que el sistema educativo está en el centro de todas las miradas, echo la vista atrás y compruebo que ciertamente las cosas se vienen haciendo mal desde hace muchos años.

Sobre todo debido a la temprana edad a la que nos tocó decidir entre ciencias y letras. Algo que resultaba mucho más importante de lo que a nuestra edad podíamos suponer. Era una decisión que iba a marcar el resto de nuestra vida profesional y en aquellos momentos nos guiábamos por instintos mucho más básicos que la construcción de un futuro laboral y vital.

En mi caso la opción fueron las ciencias, por una falta de apego al esfuerzo tremenda. Yo no he tenido nunca facilidad para la memorización de fechas y lugares, algo que resultaba en aquellos momentos fundamental a la hora de estudiar humanidades. Sin embargo las ciencias me permitían, a base de razonamiento, llegar a resultados aceptables con menos horas de estudio. Con las explicaciones de la clase era suficiente para ir pasando. Con esa situación, la elección era muy sencilla de tomar, aunque me llevase a un error irreparable en un futuro.

Después del BUP y el COU estudié informática, algo que odiaba por haber visto a mi padre sufrir la misma profesión durante muchos años. Mientras que sus compañeros tenían un horario normal, mi padre siempre andaba enredado entre las garras de aquellas máquinas infernales cuyo comportamiento no parecía responder a las espectativas nunca. Pero por algún motivo yo acabé también en la misma maraña.

Me gusta mucho mi profesión, decir lo contrario sería mentir, pero más allá de las incomodidades de tener que mantener vivo un ser inanimado durante 24 horas al día, mientras que los demás solamente disfrutan de un turno de trabajo limitado, he de decir que claramente me equivoqué.

Un buen día te das cuenta de que realmente te gustan más las humanidades que las ciencias. Que el placer de la lectura no te lo da la resolución de un problema matemático por complejo que sea. Y viendo los tiempos actuales puede uno comprobar como la ausencia de corrientes filosóficas que orienten nuestros pasos, dejan a la ciencia en pura tecnología.

Ya nos lo decían en aquellas clases de filosofía del instituto, la filosofía abría el paso a la ciencia y si ella no tendría futuro. Y lo hemos comprobado a conciencia. Hemos sustituido la filosofía por la economía. La ciencia está condicionada por los costes económicos y al exclusivo servicio del poder. Son escasos los héroes de la ciencia que saben dar visiones nuevas sobre nuestro mundo. Cada vez hacemos las cosas más deprisa, pero no sabemos hacer cosas nuevas. En eso ha quedado la investigación, en ayudar a rentabilizar.

Y ahora nuestros políticos pretenden sacar la filosofía del sistema educativo, probablemente en un nuevo intento de alejar las conciencias y la crítica. Se trata de crear ciudadanos (o quizá súbditos) que produzcan, pero que no se paren a pensar demasiado.

Y es el momento en el que yo pienso que quizá debí estudiar filosofía y no informática, porque me da mucho más gustirrinín el pensamiento que la acción.

Claro, que pueden ser cosas de la edad.

Y hoy que conmemoramos el centenario de Albert Camus, quiero reivindicar que algo que parece inútil, pero que ha sido y será el motor del mundo. El pensamiento.


jueves, 12 de septiembre de 2013

Kantauri.




Kantauri, o si lo preferís Cantábrico. Para la mayoría un mar, como otro cualquiera. Para mí un espacio sentimental. Ahora le estoy mirando, tiene un color azul intenso, esta mañana sin embargo era enteramente de plata por efecto del reflejo del sol. De plata como la sardina o el pargo. Para mis ojos es el lugar perfecto de descanso.

Cada cual tiene su preferencia, porque en esto del mar juega mucho el sentimiento, cada uno tiene sus vivencias localizadas en algún punto. Yo por mi parte tengo la suerte de conocer diferentes mares, todos bellos, todos grandes y todos salados. Pero mi mar me parece el más bravo, el más duro. Parecen corroborarlo los marineros que se han visto en diferentes aguas. Excluyamos claro está lugares como el Cabo de Hornos y otros de legendaria dureza. Pero en los mares que rodean nuestras costas, para mí éste es el campeón.

Cuando tengo oportunidad paseo por sus orillas y dejo que su olor a salitre profundo entre por todos mis poros. Es además frío, lo que le hace más interesante. Sabe gritar como nadie cuando hay galerna, no he visto olas que cubran faros a menudo. He visto olas cubrir la isla de Mouro con su faro a pesar de que se encuentra dentro de la bahía, donde sus efectos son más tenues.

Y me gusta también cuando está sereno. Es como un animal fiero que de repente se deja acariciar y te mira de reojo como diciendo ¡cuidado!

El Cantábrico, como todo el mundo sabe va desde Galicia hasta la costa Vasco-Francesa, pero mi vivencia intensa con el va desde Santander hasta San Juan de Luz. Conozco bien el resto de la costa, pero es esa parte la que más me ha marcado. He presenciado muchas veces sus enfados, a veces con efectos devastadores. He visto sus mareas vivas, que se comen playas enteras y luego parecen querer escapar con el botín dejando sin agua la bahía. También he leído mucha literatura respecto a él, en particular las obras de Pereda, que hablan de aquellos marineros que llamaban a la voz de "Galerna" por los pueblos alumbrándose con una lámpara de aceite a sus compañeros para proteger a los barcos o para rescatar a otros.

También la pintura se ha hecho eco de esa dureza de mi mar con obras de gran belleza como "Jesús y adentro" que pinta una trainera intentando embocar el puerto en medio de un oleaje feroz, o muchos del costumbrista Riancho o los hermanos Zubiaurre. En general cuadros oscuros, como de invierno.

Y es que el cantábrico es al invierno como el frío. En verano es luminoso, más sereno, pero es en invierno cuando se muestra en su máximo esplendor. Y a mí, que me gusta especialmente el invierno, mi mar me acompaña mucho.

Otros mares son como de verano, sus playas aparecen en invierno tristes sin el bullicio estival. Parece como que entrasen en depresión. Quizá por eso me gustan menos. En invierno somos más propensos a la introspección, estamos más orientados hacia el interior de nosotros mismos, pero eso no debe inducir a la tristeza. Por eso busco mi mar cada vez que puedo en invierno, porque está más vivo que en verano. Porque solo mirarle siento que mis pulmones se hinchan, que me azota el viento en la cara con esas gotitas de agua que trae dentro y que se te clavan en el rostro.

Y me transmite fuerza, pasión. No es una visión romántica al uso, es como cuando un rival en un deporte es más fuerte que tu y por ello le respetas. Es el reconocimiento a la fuerza de la naturaleza, que me gusta sentir

Y desde dentro le llamo Kantauri porque hace años que arraigó ese nombre en mi corazón.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Otra vez el gato.


El gato se ha vuelto a subir a la colina.

Ayer hubo fiesta en el pueblo y el gato dejó marcas de sus patas por todas partes. Subió, bajó, anduvo  por todos los rincones  y tuvo un día maravilloso.

El bullicio no le hizo daño, al contrario, le trajo aroma de vida. La vida lleva a la muerte y la muerte se lleva a la vida, pero el gato está centrado en la vida, necesita alegría y diversión y la tuvo a raudales.

Dsfrutó con su familia gatuna y luego por la noche, como siempre, habló con la luna. La luna no le habla en su idioma, le habla a base de guiños y de destellos, pero saben comunicarse. El gato le habla con sus ojos, cada vez más cansados, pero cada vez más ávidos de vida.

La noche le sigue fascinando al gato. La necesita como las plantas a la luz del día. Y la noche en su colina sigue siendo su reino.

Y el gato no tiene mucho más que contar, ha estado con su familia y con sus amigos, lo ha pasado bien y todo eso son cosas del corazón, que se comparten y no se cuentan porque la verdadera felicidad no puede expresarse con palabras, porque lo que pertenece al mundo del corazón es un misterio hasta para el que lo siente.

Y como dice la canción vamos bajando la cuesta que arriba en mi calle se acabó la fiesta. Pero es una cuesta abajo que nos lleva de nuevo a la rutina. Y no es peyorativo, en ciertos momentos la rutina es lo que ansiamos. Después de tantas banderas de papel verdes rojas y blanquillas va empezando a apetecer el cuartel de invierno. Y el gato espera zurrarle duro este año al General Invierno, que ya está bien de tonterías.

viernes, 16 de agosto de 2013

Delicias ferroviarias.

Soy un enamorado de los viajes en tren, me parecen una oportunidad única para ver el paisaje, disfrutar de la compañía de ocasionales compañeros de viaje, etc.
Y ayer, después de una estancia en Santiago de Compostela maravillosa, en la que Galicia me mostró su mejor cara, gentes amables, gastronomía basada en el buen producto (y en enormes cantidades), rincones de la ciudad inolvidables, tomé mi tren de vuelta a Madrid.

El tren partía a las 16:05 de Santiago y llegó puntualmente a las 16:00. Tras pasar el control de acceso, me situé calculando la distancia a la que caería mi vagón (coche 4). El tren paró y yo había acertado con la posición, de modo que la puerta quedaba justo a la altura de mi naricilla. Eso no fue impedimento para que el resto del pasaje del tren me arrollase y entrase antes que yo. Me extrañó que tanta gente fuese a caber en el vagón, pero es que el personal, en vez de recorrer el andén hasta su puerta, prefiere entrar por la que le pilla más a mano y bloquear con personal y bultos (valga la redundancia) los pasillos del convoy.

Tras una lucha desigual, llegué a mi asiento (8D, ventanilla) y me encontré a un tipo (en adelante tipo) sentado en él. El tipo tenía unos treinta años, gordito y de talla media. Estaba plácidamente dormido y me vi obligado a despertarle, cosa que me violentó muchísimo. Le hice ver que estaba en mi sitio, a lo que me respondió que daba lo mismo, que si quería podía sentarme en su sitio (pasillo, claro). Le dije que no, que yo prefería sentarme en mi sitio, a lo que volvió a argumentar que la cosa carecía de importancia y que me sentase en su sitio. Estupefacto por el descaro, le dije en un tono sarcástico que al ser los billetes nominales si había un accidente era un lío con los cadáveres, cosa que en el trayecto en cuestión a día de hoy tiene su predicamento. El tipo rezongando se cambió de asiento, lógicamente sin dejarme pasar, con lo que tuve que hacer gala de mi agilidad. Una vez sentados, el tipo me dice que cómo se yo cual es el 8C (el suyo) y cual es el 8D. Le dije que era simple, que la secuencia lógica de asientos es A, B, C D y no A, B, D, C. Además de que la cartelería del tren claramente indica la ventanilla en el 8D. Le dije que no obstante cuando pasase el revisor podía preguntarle. Y ahí acabó la controversia y empezó la tortura.

El tipo como digo era gordito (sin llegar a gordo), pero se sentó como un flan mal cuajado, de forma que sus mórbidas chichas se extendieron hacia todos los puntos cardinales, de forma que yo (que no soy excesivamente corpulento), apoyado contra la pared del tren no podía evitar el contacto con su humanidad, lo que me proporcionaba un calor extra nada deseable, además de una sensación de asco irremediable. En un alarde de flexibilidad además abrió sus piernas en un ángulo de 180 grados, que ya hubiese querido la Paulova una apertura semejante, con lo que invadía además mi espacio a la altura de las piernas, dejándome encajado literalmente.

Cubría el tipo sus vergüenzas con una camiseta blanca lisa y un pantalón corto hasta la rodilla que dejaba sus regordetas y peludas extremidades inferiores al descubierto, lo que al contacto daba más repelús. Sin embargo lo más destacable en el era un olor agrio a vino mal metabolizado que generaba un ambiente como de bodega cutre.

En cuanto a los complementos lucía en la muñeca izquierda una cintita a modo de pulsera con estampado rojigualda a modo de marchamo, que parecía que iba a cortar la circulación de su abultada muñeca. No pude evitar la comparación mental con la divisa de los astados.

Encajado en mi posición pensaba que seis horas de viaje así iban a ser memorables, pero el cuadro flamenco estaba por completar. La mala fortuna y el imbécil del diseñador se habían confabulado para que cayese en uno de esos corralitos de cuatro asientos enfrentados dos a dos, en vez de la tradicional disposición en fila, tan útil.

El espacio entre una fila de asientos y la otra es exiguo, con lo que el juego de piernas hacia adelante iba a tener su importancia.

En esas llegaron los ocupantes de los asientos de enfrente, una pareja de tórtolos (en adelante tórtola y tórtolo), que venían con atuendo de peregrino derrotado, a saber sucio y maloliente. Cuando uno llega por primera vez a un sitio la primera impresión es importante, uno trata de exhibir sus buenos modales y saluda. Pero eso no ocurrió, el tórtolo trató de acomodar los bultos en el portaequipajes mientras sostenía en su mano derecha la garrota de palo retorcido que tanto predicamento tiene entre la masa peregrina y que yo no entenderé nunca para qué sirve. La maniobra se concluyó con cuatro estacazos sobre mi cabeza en la que pude probar la dureza del cerezo (al menos de cerca me pareció cerezo). Eso si, tras entregarme cada tarjeta de visita el tórtolo se disculpaba, pero no cejó en su empeño de castigarme hasta que concluyó la colocación de los bultos. Como compensación, al sentarse me pisó otras cuatro veces, eso sí con las correspondientes cuatro disculpas. Calzaba unas botas Asolo semirígidas, impropias para la aventura compostelana, ante las que mis pobres náuticos veraniegos no pudieron presentar batalla, llegando la ofensa hasta mis deditos.

Con este plan empezaba el viaje. Sépase que el olor a sudor y a pies de los tórtolos hacían de propelente del olor a vinacho del tipo, con lo que pensé que se podría envasar la fragancia y venderla bajo la denominación Abrótano Macho (pour homme), tan de moda en otros tiempos. Yo, a causa de una comida opípara, era víctima de una aerofagia puntito dolorosa, y pensé en colaborar en la construcción del hábitat que tan gentilmente habían construído mis compañeros de viaje dando salida a la misma por el conducto ordinario, pero preferí dejar las cosas en el estado en que estaban y apreté las tuercas para evitar fugas más tóxicas. Pero he de reconocer que se me pasó por la cabeza.

En un momento dado del viaje los tórtolos se acercaron a la cafetería a por su provisión de patatas fritas y doritos, que al llegar a sus asientos desparramaron por el suelo. Ignoro si era la forma de sustitución del clásico ¿gustas?, pero como yo no soy propenso a comer cosas del suelo, decliné por la tácita la invitación.

Los ácaros de la moqueta estaban, supongo, de fiesta mayor con el festín, pero no había acabado ahí su dieta. Para complementarla con proteína, el tipo, que calzaba malolientes alpargatas de suela de esparto sin encajar en el talón, cruzó sus piernas, poniendo una de ellas en paralelo al suelo, lo que le permitía mientras jugaba con su móvil, rascar el sucio talón, arrancando con la uña lascas del callo blancas y negras que con gran alborozo del colectivo ácaro, caían al suelo entre gritos de otra, otra, otra, como si de un concierto de Bisbal se tratase. Cierto que lo de los gritos me lo imaginé, el resto por desgracia es real. Además la maniobra se desarrollaba a escasos milímetros de mi rodilla. Excuso explicar la impresión que me produjo.

Renfe, que está siempre pensando en el viajero, nos proporcionó una distracción añadida. Antes de Zamora el tren se detuvo en tierra de nadie y empezaron a pasar los minutos. De repente pararon la máquina del tren con lo que dejamos de disfrutar del aire acondicionado. Como experimento puede ser interesante parar un tren en agosto al sol en mitad de ningún sitio para ver hasta dónde son capaces de rendir las glándulas sudoríparas de los viajeros, pero como objeto de la investigación no es agradable sufrirlo. Además el experimento disparó definitivamente la producción de hedores insoportables para el ser humano.

Y estaba yo, en mi corralito de cuatro viajeros, pensando que aquello se parecía más que a un tren a un transporte de ganado porcino o al arca de Noé, donde cada bicho hacía su gracia, cuando nos avisan transcurrida media hora de experimento, que el tren está parado por causas ajenas a Renfe, que en un túnel se ha metido gente y que hay que esperar a que los desaloje la fuerza pública.

Como la cosa se ponía fea y tenía el sentido del tacto, el de la vista y el del olfato comprometidos seriamente, decidí que ya que esperaba que la cosa no llegara al gusto, al menos debía poner a salvo el del oído, porque los tórtolos desde que se sentaron se pusieron en modo mimitos y no decían más que sandeces en voz más que alta, con lo que me calcé los cascos y me puse a revisar la biblioteca musical de mi móvil.

Por su parte el tipo, indolente, se había dormido, casi sobre mí, dejando descolgar su mandíbula quedando con la boca abierta, lo que le alejaba definitivamente del canon estético griego. Diré en su favor que no le vi colgar babas.

De repente noto un revuelo entre los tórtolos. Parecían celebrar la película que empezaba. La celebraban además con evidente júbilo. Pensé que en gente de veintitantos años la alegría vendría dada por la proyección de una película de Tarantino o de Kubrik (siempre he tenido a la gente joven por cinéfila, con mucha más cultura del género que yo), pero para mi sorpresa se trataba de Oz, de Walt Disney Productions, lo que ya dejaba el nivel intelectual de mi círculo inmediato lejos del nivel de las tertulias del Gijón o del Pombo.

Y con esta compañía y estas alegrías sonó en la megafonía que llegábamos a Madrid-Chamartín y que permaneciésemos sentados en nuestros asientos hasta la parada completa del tren. Consigna secreta que en realidad quiere decir "levántense inmediatamente y bloqueen el pasillo con sus equipajes". Tras la locución se produjo una nueva exhibición de modales en la que entre gruñidos porcinos mis queridos compañeros competían por ser los primeros en echar sus bultos al pasillo. Yo observaba la maniobra entre indiferente y atemorizado, ya que no quería volver a probar la dureza del cerezo. Pero esta vez me libré. Esperé tranquilamente a que se vaciase el vagón y bajé con mi maletita tan tranquilo. De hecho fui haciendo tiempo porque el resto del pasaje de forma corporativa había atascado la escalera de subida al vestííbulo ya que en vez de hacer cola pacientemente se ve que es más divertido colapsarla.

De repente me invadió un sentimiento casi de tristeza. No había tenido la cortesía de agradecer a mis compañeros de viaje las deliciosas horas que me habían hecho pasar. Soy un gañán.

Recuerdo los viajes en esos trenes de recorrido interminable que cruzan Europa de lado a lado, el expreso del Danubio por ejemplo que parte de Serbia y llega hasta Suiza, donde pude compartir viaje con gente que juega con otras normas, es otra liga.

En fin, Marca España de nuevo, aunque eso no ensombrece lo que sí es Marca España de verdad, el buen trato que he recibido en una de las ciudades más universales donde nadie es extranjero y los nativos están educados en la acogida. Gente agradable, simpática y eficiente.

miércoles, 17 de julio de 2013

Reflexiones para el día del Carmen.


De siempre me ha llamado la atención la gente de la mar. Y por aproximación siempre he asociado a los marineros y pescadores al norte. Pero desde hace tres años que frecuento la Costa de la Luz he aprendido que es algo universal. Aquí también la cofradía de pescadores se engalana con su estandarte por estas fechas. Y también los pescadores lo celebran en los restaurantes locales. Y sacan sus barcos adornados con banderitas para celebrar la fiesta. Y cuándo voy del hotel al pueblo por las tardes me encuentro en un mirador sentado a un hombre enjuto, con pantalones azules y camisa a cuadros, tocado con una boina. Y pienso que igual podría sentarse en Lekeitio, en Ondárroa o aquí en Conil, porque su vivencia y su vestimenta no difieren de los de allí.

Y me enternece mucho el cariño que ponen en su fiesta. Precisamente porque son pobres. Y tienen esa pobreza limpia y luchadora que les hace grandes. Porque hay mucho de mentira en la pobreza del sur. Porque pelear para pescar en una almadraba no es cuestión para alfeñiques. Porque salir con el barco a pescar el bocinegro, el borriquete o la urta no es diferente de pescar la merluza o el rodaballo.

Cada vez me gusta más ver cómo existe igualdad en los oficios, independientemente de dónde se ejecuten. También aquí se trabajan las huertas, con cariño y dan unos tomates dulces como los de cuando éramos niños. Todo nos iguala como trabajadores, seamos de donde sea. Y eso me hace ser cada vez más anarquísta y más internacionalista. Porque mientras los pescadores madrugan y se hacen a la mar haga el tiempo que haga para volver a veces con las manos casi vacías, los políticos que les van arruinando la vida poco a poco con sus leyes que estrangulan al oficio, además se llenan los bolsillos con el dinero de todos. Y no pasa nada.

Nos están engañando desde hace muchos años a todos, trabajadores, pequeños empresarios (que no dejan de ser trabajadores). Sólo se libran la banca y las grandes empresas. Que teniendo los índices de paro que tenemos (general y juvenil) seamos el cuarto país con los sueldos más altos para los banqueros en Europa me parece una broma macabra.

Que los sueldos sean casi de beneficencia, que las prestaciones sociales desaparezcan, que el ministro de educación (así, con minúsculas) sea abucheado en cada comparecencia, que el gobierno (y el principal partido de la oposición) estén algo más que bajo sospecha, que la casa real (también con minúsculas) sea abucheada también en cada aparición no parece inquietar a nuestros políticos. Al contrario, pactos y buenas palabras y para disimular una amenaza de moción de censura que no puede prosperar. Un circo.

Y mientras el mundo entero se ríe del papelón que estamos haciendo.

Vergonzoso que todo esto pase en un país con un potencial natural tan grande como el nuestro. Tenemos buen clima, grandes atractivos turísticos, recursos naturales inmensos. Pero hemos elegido ser casposos, atraer un turismo de botellón. Hemos decidido no invertir en investigación, preferimos dotar a las universidades extranjeras de gente preparadísima con el dinero de todos. Les preparamos y luego les mandamos a la mierda, con lo que perdemos dinero al menos dos veces. Parece que el ministro del ramo se lo ha tomado en serio y ha decidido no formar a la gente. Así por lo menos se evita un gasto. Un drama.

Y de todo esto tenemos la culpa todos por no ponernos enfrente de ellos y cantarles las cuarenta.

Y ese hombre enjuto, con pantalones azules y camisa a cuadros, tocado con una boina que veo por las tardes seguirá mirando al mar, y se lo ha ganado después de toda una vida dando el callo. Eso sí, algún ministro aprovechará su distracción para robarle la cartera.

P.D. Al ser domingo el día de la foto mi amigo anónimo había cambiado su atuendo habitual por pantalón de tergal gris y camisa de rayita fina. Eso sí, la boina, la misma,

sábado, 13 de julio de 2013

Un nuevo sitio.

Para mí las vacaciones tienen un sentido de reconexión con otros mundos, más que de desconexión con el propio. En esa reconexión, a veces aparecen nuevos puntos que esperan una reconexión futura.

Y esta vez me ha pasado con un restaurante al que tenía ganas de ir desde hace tiempo. Le dieron este año el premio Millesime junto a mis amigos de Alameda y otros restaurantes de mucho prestigio, además de recibir el año pasado el Premio Nacional de Gastronomía.
Acostumbrado a que los premios a veces son puro humo y siguen modas, no suelo hacerles caso. Pero esta vez entre los premiados estaba Gorka Txapartegi del Alameda (sito en Hondarribia de mis amores), lo cual me hizo pensar que el criterio del jurado estaría alineado con mis gustos.

Y nada más cierto. Me dispuse a visitar Aponiente, templo del plancton y las algas. Y dirán ustedes que vaya porquería comer algas y plancton, pero el juego da para mucho.

Me gusta mucho que un chef juegue conmigo a ver si le sigo la broma. Siempre en el buen sentido. Y en Aponiente derrochan talento, honestidad, humor y buen gusto. Todo esto mezclado da un restaurante en el que nada es lo que parece. El mismo juego que mantienen cocineros como Andoni Luis Adúriz en Mugaritz.

Si te presentan una ostra en su concha, te la comes y te sabe a ostra, la textura es similar y resulta que está hecha de pasta china por fuera y plancton marino por dentro te ríes. Y además está buenísima. Si te plantan delante un plato que aparentemente es panceta y te sabe a pancieta y tiene textura de panceta, pero es pulpo cortado en láminas finas untado con manteca, te sorprende.

Y un sinfín de cosas más que te van estallando en la boca llenándola de sabor marino, que te lleva de sorpresa en sorpresa conducido con maestría por un menú justo en sus proporciones y divertido hasta morír. En la sala demuestran un buen hacer en consonancia con el de la cocina, un sumiller con un conocimiento por encima de la media y que además es capaz de comunicarse en otros idiomas (no siempre ocurre en restaurantes de altos vuelos). Los marineros de la sala te explican los platos uno a uno con una complicidad extraordinaria y siempre hay alguien que hace de enlace con la cocina y que vigíla la sala con su mandil de tripulante de Aponiente.

Ha sido una experiencia como pocas he tenido en el ámbito gastronómico.
Abstenerse aquellos que sólo ven arte en un plato bien colmado de legumbres (a mí también me encantan), pero si son ustedes de aquellos que gustan de dejarse sorprender por un cocinero que además es un artista, no se lo pierdan. Aquellos que anden en un radio de 200 Km del Puerto de Santa María, desvíense, disfrutarán seguro de una comida inolvidable.

Hay que reservar porque el local es pequeño (unas diez mesas) lo que da idea de que la cosa está muy cuidada. Sólo disponen de dos menús de degustación, uno formado por once platos y otro que comprende todos los platos de la temporada.

En función de la capacidad del depósito de cada uno se puede elegir uno u otro. Tienen además (y esto me parece cada vez más importante) la precaución de preguntarte por las alergias alimentarias que puedas tener, con lo que se garantiza que no habrá un final fatal si no feliz.

En fin, que lo recomiendo sin reservas y que les agradezco profundamente el buen rato que me hicieron pasar.

Dejo este enlace a su página web.

miércoles, 26 de junio de 2013

De mi pasado y presente scout.

Alguna vez fui muchacho.

Así comienza el libro “Escultismo para muchachos”, que fue en otro tiempo para mí un manual de estilo y que aún hoy permanece en mi memoria y rige mis actos.

Durante mi infancia y mi juventud estuve vinculado al escultismo de forma activa, fui educado en unos valores de respeto a la naturaleza, de espíritu de equipo, de colaboración, de liderazgo, de lucha por un mundo mejor, etc.

En aquellos tiempos no se habían inventado la mayoría de esos conceptos, pero ya nos los enseñaban. Hoy el inexorable paso del tiempo puede haber dejado los escritos de su fundador, Baden Powell, en un lugar comprometido en cuanto a las formas, pero el fondo, sigue intacto.

No hay que olvidar que el fundador del movimiento era un militar, que utilizó los medios de que disponía para tratar de orientar a una juventud que en aquel momento parecía carecer de valores. Puede engañarnos el uso de un uniforme como algo militarista, pero desde luego no era así. Era un concepto mucho más igualitario. Se trataba de que todos los miembros de la asociación estuviesen igualados en cuanto a su procedencia social y que no hubiese distinciones por unas ropas mejores que otras. Además otorgaba un sentimiento de pertenencia y servía para trabajar el respeto a los símbolos y el reconocimiento al esfuerzo a través de las insignias de progresión.

Fui completamente feliz dentro de ese movimiento, aprendí cosas que luego me han sido muy útiles en la vida, desde unos simples nudos, pasando por lo básico de los primeros auxilios hasta construir una emisora de radio. Y sobre todo fue donde comencé a salir al monte, lo que fue un detonante de la pasión de mi vida. Nunca agradeceré bastante a quienes me ayudaron en mi formación su esfuerzo y dedicación. Tuve la suerte de topar con gente maravillosa con la que aún mantengo contacto aunque sea a través de las redes sociales, pero la dispersión geográfica que hemos sufrido nos impide vernos cara a cara tan a menudo como desearíamos.

Cuando me tocó pasar de disfrutar del movimiento a entregar más de mi mismo, me tocaba ser pastor y no oveja (scouter en el argot) comenzó lo que para mi gusto ha sido una descafeinización del mismo y que para mi gusto le ha robado parte de su identidad.

Empezó la cosa por tratar de eliminar el uniforme, siguió por borrar la mayor parte de las tradiciones y acabó por arremeter contra el método mismo. Al menos así fue en el grupo al que yo pertenecía.

La vida me fue apartando de la actividad scout entre otras cosas porque mi dedicación a la montaña, los estudios, el trabajo y todo lo demás no me dejaban tiempo. Y además tenía el sentimiento de pertenecer a una parte antigua de la asociación que ya no tenía cabida en la misma.

Mi grupo scout con aquellas metamorfosis dejó de existir, cuando tenía una tradición de las más antiguas de mi ciudad, tiempo después tratamos de reactivarlo pero fue imposible.

Seguí por mi cuenta sintiéndome scout, y sigo aún teniendo en mi ideario aquellas cosas que aprendí desde niño.

Con el tiempo irrumpió en mi vida mi hija, para la que quiero la mejor educación. En algún momento pensé en inscribirla en algún grupo para que disfrutase tanto como mi mujer y yo lo hicimos en nuestra juventud. No en vano nos conocimos también en un grupo scout.

Ante la imposibilidad de encontrar algo similar a lo que conocí he tratado de transmitirle yo mismo los valores que tanto aprecio y que se entrelazan indisolublemente con los valores del alpinismo, disciplina que me sirve de guía para irla llevando a un ideario que creo aún funciona.

Como ya tiene doce años y bastante criterio, le he rescatado de la estantería un polvoriento ejemplar de “Escultismo para muchachos” y allí anda leyéndolo. Con las correspondientes salvedades que el tiempo ha marcado, creo que sigue siendo un manual de vida muy interesante.

Yo por mi parte sigo siendo scout, más concretamente me considero un rover en el exilio. Aquel lema de “Siempre Listos Para Servir” sigue siendo mi referente. Junto con la frase que abría el libro de oro del grupo al que pertenecí desde niño y a la que ya hice referencia en un post de este blog, “Que convenzas con amor y arrastres con tu ejemplo”, son además de la ley scout y la promesa los mástiles que soportan el tinglado de mi vida.

Espero que me perdonéis éste ataque de nostalgia, pero fue una época tan bonita …