Siempre me pasa lo mismo. Empiezo escuchando a Silvio Rodríguez y acabo sujetando la lágrima con Pablo Milanés. Y es que las canciones siempre nos traen detrás recuerdos, amigos, sensaciones y estados de ánimo. Y me pasa porque detrás de la canción que pego por ahí abajo está un amigo que fue compañero de pateos montañeros. El buen Luigi. Era (o es) chileno-español-italiano, por eso lo de Luigi, porque su nombre era Luis. Tenía tras de sí una historia terrible, que a los dieciséis años de edad no pude digerir completamente y creo que me marcó para siempre. Había nacido en Chile hijo de un español que no comulgaba con el régimen al uso y tuvo que salir por patas para poder seguir siendo libre (ya se nos olvida, pero aquí pasaban esas cosas). Y eligió Chile, donde conoció a una italiana con la que se casó. Tuvieron dos hijos, Federico y Luis. Formaban una familia normal. Años después un golpe militar que acababa con las ilusiones políticas honestas de un mundo mejor, acabó también con esa familia. El paraíso de libertad se tornó esta vez en el último trayecto del viaje. Mi amigo Luigi me contaba como delante de él y de su hermano aquellos militares acabaron con sus padres y de cómo les hicieron presenciar todas aquellas atrocidades para que aprendiesen lo que les pasaba a los filocomunistas. Después paradójicamente su viaje en busca de la libertad lo hicieron de vuelta aquí, donde la familia de su padre los recogió. Luigi era un buen muchacho, incapaz de una acción violenta. Siempre pendiente de los demás, a pesar de su propia fragilidad. Poco tiempo después cambió de colegio y perdimos el contacto, pero su historia viene conmigo desde entonces. Y se lo agradezco, porque me hizo ver como alguien puede superar algo tan terrible a base de darse a los demás, quizá en una huida de sí mismo y de su pasado. Pero no he superado aquella cuestión. Y cada vez que oigo esta canción se me ponen los pelos de punta y la rabia acaba con mi cansancio y con mi acomodo. Y empiezo a ver los recortes de derechos, las injusticias de la “justicia” y me pongo de mala leche. Porque hay muchas maneras de acabar con la libertad y de asfixiar a una sociedad. No solo con un fusil. Con todo lo que han dado otros por la libertad, los que no luchamos por nuestros derechos no merecemos nada.
jueves, 1 de marzo de 2012
viernes, 24 de febrero de 2012
Andoni.
Chiquitero de pro, socarrón, amable, camarero de los que dignifican su profesión, vizcaíno de los que da gusto tratar, hombre justo y cabal. Así recordaré siempre a Andoni.
Nuestro Andoni, el que desde el otro lado de la barra estaba siempre con nosotros.
Hoy mientras comía con unos amigos del cole me han llamado para darme la noticia. Y desde luego me ha dejado tocado. Lo esperaba, pero no por ello ha dejado de impactarme.
No es que tuviese con él una relación muy continuada, pero cada vez que nos veíamos disfrutábamos del bello arte de lanzarnos pullas mutuamente, siempre dentro del respeto y de la estricta broma blanca. Él siempre tenía balas en la recámara para acabar friéndome a frases con doble sentido llenas de humor. Hemos compartido barra cada uno desde un lado y también en alguna ocasión juntos tomando algo.
No estoy muy lúcido (ni lucido) para escribir nada que merezca la pena ser leído, pero necesito poner negro sobre blanco que me parece injusto que nos lo hayan arrebatado así.
Andoni y yo hemos compartido algo que nunca hubiésemos deseado. Hemos tenido exactamente la misma enfermedad. Yo he podido superar el cáncer de esófago, pero a él se lo ha llevado por delante. Y eso me crea cierto sentimiento no se si de culpabilidad, de vergüenza o simplemente de tristeza, pero lo cierto es que empaña mi alegría de estar vivo el que un amigo muera de lo mismo de lo que yo me he librado.
Y de verdad que no es por el “me podía haber pasado a mí”. En este momento no me siento bien precisamente porque sé que soy un privilegiado y a un amigo le ha faltado la suerte que yo he tenido.
No nos habíamos acostumbrado a entrar en Kupela y que no estuviese allí, como esperándonos, con su eterna sonrisa. Siempre le vi de buen humor, hasta cuando no hace mucho tuvo una parálisis facial que le torció el gesto y de la que él era el primero en hacer bromas. Ahora pasará el tiempo y aquella barra no volverá a ser la misma, porque en su ausencia teníamos siempre la esperanza de su vuelta, pero ahora no va a ser posible.
Desde que supe que estaba enfermo no he vuelto a verle. Y casi lo prefiero, tengo el recuerdo del amigo jovial que siempre tenía una broma preparada. Incluso me cuesta precisar el recuerdo de nuestro último encuentro. La memoria juega estas malas pasadas.
No conozco a su familia, pero si sé que somos muchos los amigos que le vamos a echar en falta. Quiero por eso compartir mi sentimiento con vosotros, porque los que le habéis conocido seguro, que igual que yo, os vais a sentir huérfanos de Andoni.
Nuestro Andoni, el que desde el otro lado de la barra estaba siempre con nosotros.
Hoy mientras comía con unos amigos del cole me han llamado para darme la noticia. Y desde luego me ha dejado tocado. Lo esperaba, pero no por ello ha dejado de impactarme.
No es que tuviese con él una relación muy continuada, pero cada vez que nos veíamos disfrutábamos del bello arte de lanzarnos pullas mutuamente, siempre dentro del respeto y de la estricta broma blanca. Él siempre tenía balas en la recámara para acabar friéndome a frases con doble sentido llenas de humor. Hemos compartido barra cada uno desde un lado y también en alguna ocasión juntos tomando algo.
No estoy muy lúcido (ni lucido) para escribir nada que merezca la pena ser leído, pero necesito poner negro sobre blanco que me parece injusto que nos lo hayan arrebatado así.
Andoni y yo hemos compartido algo que nunca hubiésemos deseado. Hemos tenido exactamente la misma enfermedad. Yo he podido superar el cáncer de esófago, pero a él se lo ha llevado por delante. Y eso me crea cierto sentimiento no se si de culpabilidad, de vergüenza o simplemente de tristeza, pero lo cierto es que empaña mi alegría de estar vivo el que un amigo muera de lo mismo de lo que yo me he librado.
Y de verdad que no es por el “me podía haber pasado a mí”. En este momento no me siento bien precisamente porque sé que soy un privilegiado y a un amigo le ha faltado la suerte que yo he tenido.
No nos habíamos acostumbrado a entrar en Kupela y que no estuviese allí, como esperándonos, con su eterna sonrisa. Siempre le vi de buen humor, hasta cuando no hace mucho tuvo una parálisis facial que le torció el gesto y de la que él era el primero en hacer bromas. Ahora pasará el tiempo y aquella barra no volverá a ser la misma, porque en su ausencia teníamos siempre la esperanza de su vuelta, pero ahora no va a ser posible.
Desde que supe que estaba enfermo no he vuelto a verle. Y casi lo prefiero, tengo el recuerdo del amigo jovial que siempre tenía una broma preparada. Incluso me cuesta precisar el recuerdo de nuestro último encuentro. La memoria juega estas malas pasadas.
No conozco a su familia, pero si sé que somos muchos los amigos que le vamos a echar en falta. Quiero por eso compartir mi sentimiento con vosotros, porque los que le habéis conocido seguro, que igual que yo, os vais a sentir huérfanos de Andoni.
martes, 17 de enero de 2012
Retorcer las palabras.
Estoy un poco ñoño. Sirva de aviso a todos aquellos que se enfrenten a estas letras. Hoy me han dado los resultados de la última revisión y afortunadamente todo sigue en perfecto estado de revista. No es para ponerse tontín, pero no puedo evitar que se me reblandezca un poco el ánimo, de alegría, pero al fin y al cabo me toca el corazoncito.
Y eso que si hoy he de destacar algo del día, aparte de la buena noticia de estar vivo y sano, es una humorada del lenguaje que me ha tenido entretenido toda la tarde como un imbécil (literal).
Esta mañana mi hechicero favorito al darme la buena nueva de los resultados, me aconseja que me aleje del estrés (muy de agradecer) y que haga ejercicio. Hasta ahí el autor de estas tonterías entiende el mensaje y lo comparte. Hablamos de la conveniencia de unos u otros deportes y convenimos en que ya que las montañas están ahí lo mejor será subirlas. Da gusto tener consejeros de la salud que compartan las aficiones. Pero ¡ay! A continuación me recomienda que no coja peso. De momento no objeto nada. Acabamos la cita, nos despedimos efusivamente quizá víctimas del secuestro emocional típico de las situaciones de euforia y de las prisas que impone el sistema de salud y al salir de la consulta empiezo a rumiar la cuestión. Si yo estoy curado qué diablos me impedirá coger peso. ¿Acaso será por las cicatrices internas?. ¿Me estarán ocultando algo?. Y así toda la dichosa tarde.
Después de mi sesión de logopedia llego a casa y no puedo más. Le espeto a mi galeno doméstico la inquietante pregunta. ¿Por qué demontre no me deja coger peso este hombre si yo estoy bien?.
Parece que mi duda es un tanto inexplicable para mi contertulia y empezamos un estúpido diálogo de besugos en el que se entremezclan argumentos sobre lo saludable que resulta no coger peso, lo bueno que es el ejercicio, preguntas por mi parte que nadie parece comprender, pero todo envuelto en una falta de argumentación lógica para mi que me va preocupando cada vez más. No entiendo nada de lo que me cuentan y cada vez estoy más seguro de que se me oculta alguna razón terrible para no explicarme las cosas con claridad.
Y de repente se hace la luz. No estamos hablando de cargar más o menos bolsas de la compra, ni de que la mochila tenga que ser de supervivencia o para resistir un asedio napoleónico. Estamos hablando de algo mucho más prosaico. Estamos hablando de no engordar.
Y esta estupidez me ha tenido preocupado toda una tarde. Un malentendido fruto de la perversión del lenguaje que tendrá mucha gracia para los filólogos, pero que a mi casi me cuesta el buen humor. Lo peor es que además ahora puedo cargar con las bolsas de la compra. Y nadie me va a llevar la mochila. Y que ya vale de comer lo que me de la gana y hay que controlar la comida.
Y no obstante yo me alegro mucho. Porque supone poner el marchamo final a ese régimen de funcionamiento que llamamos “vida normal”.
Y me pongo un disco que me dio el otro día mi amigo Pedro. Alina, de Arvo Pärt, todo un descubrimiento que nos hacen desde las tierras de Voralberg, región de ese país al que tan buenos ratos debo y que sigue siendo un pozo de sorpresas musicales.
Y me pongo ñoño.
Y miro a mi hija y soy feliz.
Y eso que si hoy he de destacar algo del día, aparte de la buena noticia de estar vivo y sano, es una humorada del lenguaje que me ha tenido entretenido toda la tarde como un imbécil (literal).
Esta mañana mi hechicero favorito al darme la buena nueva de los resultados, me aconseja que me aleje del estrés (muy de agradecer) y que haga ejercicio. Hasta ahí el autor de estas tonterías entiende el mensaje y lo comparte. Hablamos de la conveniencia de unos u otros deportes y convenimos en que ya que las montañas están ahí lo mejor será subirlas. Da gusto tener consejeros de la salud que compartan las aficiones. Pero ¡ay! A continuación me recomienda que no coja peso. De momento no objeto nada. Acabamos la cita, nos despedimos efusivamente quizá víctimas del secuestro emocional típico de las situaciones de euforia y de las prisas que impone el sistema de salud y al salir de la consulta empiezo a rumiar la cuestión. Si yo estoy curado qué diablos me impedirá coger peso. ¿Acaso será por las cicatrices internas?. ¿Me estarán ocultando algo?. Y así toda la dichosa tarde.
Después de mi sesión de logopedia llego a casa y no puedo más. Le espeto a mi galeno doméstico la inquietante pregunta. ¿Por qué demontre no me deja coger peso este hombre si yo estoy bien?.
Parece que mi duda es un tanto inexplicable para mi contertulia y empezamos un estúpido diálogo de besugos en el que se entremezclan argumentos sobre lo saludable que resulta no coger peso, lo bueno que es el ejercicio, preguntas por mi parte que nadie parece comprender, pero todo envuelto en una falta de argumentación lógica para mi que me va preocupando cada vez más. No entiendo nada de lo que me cuentan y cada vez estoy más seguro de que se me oculta alguna razón terrible para no explicarme las cosas con claridad.
Y de repente se hace la luz. No estamos hablando de cargar más o menos bolsas de la compra, ni de que la mochila tenga que ser de supervivencia o para resistir un asedio napoleónico. Estamos hablando de algo mucho más prosaico. Estamos hablando de no engordar.
Y esta estupidez me ha tenido preocupado toda una tarde. Un malentendido fruto de la perversión del lenguaje que tendrá mucha gracia para los filólogos, pero que a mi casi me cuesta el buen humor. Lo peor es que además ahora puedo cargar con las bolsas de la compra. Y nadie me va a llevar la mochila. Y que ya vale de comer lo que me de la gana y hay que controlar la comida.
Y no obstante yo me alegro mucho. Porque supone poner el marchamo final a ese régimen de funcionamiento que llamamos “vida normal”.
Y me pongo un disco que me dio el otro día mi amigo Pedro. Alina, de Arvo Pärt, todo un descubrimiento que nos hacen desde las tierras de Voralberg, región de ese país al que tan buenos ratos debo y que sigue siendo un pozo de sorpresas musicales.
Y me pongo ñoño.
Y miro a mi hija y soy feliz.
miércoles, 28 de diciembre de 2011
Pequeños gestos.
Se abren las puertas del metro y entran ellos dos. Él con la mirada altiva, casi agresiva, mira a su alrededor como quien busca pelea. Tiene un aspecto duro, de pocos amigos. Ella tiene un aspecto tremendamente frágil, aparentemente no ve y parece tener dificultades para moverse. Su vestimenta es excesivamente infantil para la edad que aparenta.
Se sientan. Él vuelve a mirar, pero esta vez buscando nuestros ojos. Los demás miramos hacia abajo. No hay preguntas.
Ella se mueve insegura, se sienta como si lo hiciese sobre un polvorín, no da la sensación de descansar.
Él la coloca la ropa, con un ademán que contrasta con su aparente fiereza. Sus ojos la miran a ella y su mirada se vuelve tierna de golpe. No son los mismos ojos que nos miraban a nosotros.
Ella busca con su mano la de él, hasta que se unen.
Durante todo el trayecto él la coloca continuamente la ropa, estirando de aquí, recogiendo de allá. También la coloca el pelo. Como yo hacía con mi hija cuando era muy pequeña, como hacía mi hija con sus muñecas. Hablan. Él la sonríe continuamente, aunque ella no le vea. Ella también sonríe, aunque su gesto sea difícil de comprender.
Se levantan. Él la sujeta y la hace asirse a la barra vertical, preocupado por su estabilidad. El metro no está diseñado para quienes tienen problemas motrices.
Él nos vuelve a mirar a todos. Su mirada vuelve a tornarse dura, inquisitiva.
Se abren las puertas, yo también me bajo.
Se van por otro camino. Él lleva una cesta de navidad en la mano, de esas que dan en las empresas y una bolsa llena de ropa. Ella lleva la mano de su padre.
Ambos tienen un aspecto muy humilde. Pienso en su Navidad. Probablemente tengan muchos motivos para sentirse mal, para sentirse maltratados por la suerte. Pero poca gente podrá disfrutar de tanto amor como ellos parecen compartir.
Se sientan. Él vuelve a mirar, pero esta vez buscando nuestros ojos. Los demás miramos hacia abajo. No hay preguntas.
Ella se mueve insegura, se sienta como si lo hiciese sobre un polvorín, no da la sensación de descansar.
Él la coloca la ropa, con un ademán que contrasta con su aparente fiereza. Sus ojos la miran a ella y su mirada se vuelve tierna de golpe. No son los mismos ojos que nos miraban a nosotros.
Ella busca con su mano la de él, hasta que se unen.
Durante todo el trayecto él la coloca continuamente la ropa, estirando de aquí, recogiendo de allá. También la coloca el pelo. Como yo hacía con mi hija cuando era muy pequeña, como hacía mi hija con sus muñecas. Hablan. Él la sonríe continuamente, aunque ella no le vea. Ella también sonríe, aunque su gesto sea difícil de comprender.
Se levantan. Él la sujeta y la hace asirse a la barra vertical, preocupado por su estabilidad. El metro no está diseñado para quienes tienen problemas motrices.
Él nos vuelve a mirar a todos. Su mirada vuelve a tornarse dura, inquisitiva.
Se abren las puertas, yo también me bajo.
Se van por otro camino. Él lleva una cesta de navidad en la mano, de esas que dan en las empresas y una bolsa llena de ropa. Ella lleva la mano de su padre.
Ambos tienen un aspecto muy humilde. Pienso en su Navidad. Probablemente tengan muchos motivos para sentirse mal, para sentirse maltratados por la suerte. Pero poca gente podrá disfrutar de tanto amor como ellos parecen compartir.
sábado, 26 de noviembre de 2011
Sylvie Vartan y la lavanda
Dice siempre mi amigo Pedro que todos tenemos un punto hortera escondido, por más que queramos tener gustos refinados y pretendamos atesorar un bagaje cultural mediano.
Y desde luego que tiene razón. Hoy enredando con esa caja mágica de música que es spotify he vuelto a mi infancia gracias a la música de Francia de los 60.
Verano siempre, la Provenza, viajes con la familia en un volkswagen escarabajo (diferentes años, diferentes modelos, pero siempre un escarabajo). Viajes interminables desde Marsella por la Costa Azul hasta llegar a los Alpes.
Viajes maravillosos que dejaron grabada en la retina de aquel niño pequeñito los inmensos campos de lavanda, las playas, los acantilados, los pueblecitos, los paletos de Francia que eran mucho más elegantes que los paletos de España, otras ropas, otros modos.
Y en aquellos viajes sonaba siempre la radio, que nos regalaba los oídos con canciones de Gilbert Becaud, Georges Brassens, Sylvie Vartan … Sobre todo Sylvie Vartan.
Y hoy enredando, enredando he encontrado de nuevo a Sylvie Vartan, y al poner la primera canción se me ha llenado la habitación de olor a lavanda. Por un momento he vuelto atrás más de cuarenta años y he vuelto a mirar por la ventanilla trasera (qué adecuado lo de ventanilla) de aquellos escarabajos de mi niñez y ha vuelto a pasar delante de mí todo aquel paisaje.
No se si añoro el paisaje, o realmente lo que quiero es volver a aquellos años en los que no había planteamientos, no tenía ideología, no había sufrimiento más allá del deseo frustrado de un juguete o de un capricho cualquiera no concedido.
Lo cierto es que al volver a escuchar la música de aquellos estíos gabachos me siento de nuevo libre. Y no cuestiono la calidad de la música, no me lo planteo. Simplemente evoca y quizá sea lo único que importa.
Largos veranos, largos viajes en tren hasta Marsella, largos viajes hasta los Alpes, largas caminatas y las primeras miradas golosas a aquellas montañas que entonces eran tan lejanas y que hoy siguen siendo tan inalcanzables. Y Les Calanques de mi buen Rebuffat.
Vuelven de golpe aquellos sentimientos, aquellas sensaciones. Es increíble, aún en ésta era digital, que seamos capaces de guardar desde la sensación de calor hasta los olores, las imágenes y podamos a golpe de recuerdo ponerlos otra vez en primer plano.
En fin, que aquí estoy escuchando esa música que conocí siendo un niño pequeño y que sólo tuve ocasión de escuchar de nuevo muchos años después, porque en nuestra España era muy dificil encontrar un disco de Brassens, o de Vartan, menos aún encontrar una emisora de radio que los programase. Después mis gustos fueron por otros caminos, pero hoy al tocar la tecla del recuerdo escucho con verdadero gusto y emoción aquellas viejas canciones.
Y desde luego que tiene razón. Hoy enredando con esa caja mágica de música que es spotify he vuelto a mi infancia gracias a la música de Francia de los 60.
Verano siempre, la Provenza, viajes con la familia en un volkswagen escarabajo (diferentes años, diferentes modelos, pero siempre un escarabajo). Viajes interminables desde Marsella por la Costa Azul hasta llegar a los Alpes.
Viajes maravillosos que dejaron grabada en la retina de aquel niño pequeñito los inmensos campos de lavanda, las playas, los acantilados, los pueblecitos, los paletos de Francia que eran mucho más elegantes que los paletos de España, otras ropas, otros modos.
Y en aquellos viajes sonaba siempre la radio, que nos regalaba los oídos con canciones de Gilbert Becaud, Georges Brassens, Sylvie Vartan … Sobre todo Sylvie Vartan.
Y hoy enredando, enredando he encontrado de nuevo a Sylvie Vartan, y al poner la primera canción se me ha llenado la habitación de olor a lavanda. Por un momento he vuelto atrás más de cuarenta años y he vuelto a mirar por la ventanilla trasera (qué adecuado lo de ventanilla) de aquellos escarabajos de mi niñez y ha vuelto a pasar delante de mí todo aquel paisaje.
No se si añoro el paisaje, o realmente lo que quiero es volver a aquellos años en los que no había planteamientos, no tenía ideología, no había sufrimiento más allá del deseo frustrado de un juguete o de un capricho cualquiera no concedido.
Lo cierto es que al volver a escuchar la música de aquellos estíos gabachos me siento de nuevo libre. Y no cuestiono la calidad de la música, no me lo planteo. Simplemente evoca y quizá sea lo único que importa.
Largos veranos, largos viajes en tren hasta Marsella, largos viajes hasta los Alpes, largas caminatas y las primeras miradas golosas a aquellas montañas que entonces eran tan lejanas y que hoy siguen siendo tan inalcanzables. Y Les Calanques de mi buen Rebuffat.
Vuelven de golpe aquellos sentimientos, aquellas sensaciones. Es increíble, aún en ésta era digital, que seamos capaces de guardar desde la sensación de calor hasta los olores, las imágenes y podamos a golpe de recuerdo ponerlos otra vez en primer plano.
En fin, que aquí estoy escuchando esa música que conocí siendo un niño pequeño y que sólo tuve ocasión de escuchar de nuevo muchos años después, porque en nuestra España era muy dificil encontrar un disco de Brassens, o de Vartan, menos aún encontrar una emisora de radio que los programase. Después mis gustos fueron por otros caminos, pero hoy al tocar la tecla del recuerdo escucho con verdadero gusto y emoción aquellas viejas canciones.
miércoles, 5 de octubre de 2011
De vez en cuando la vida.
De vez en cuando la vida
nos besa en la boca
y a colores se despliega
como un atlas,
nos pasea por las calles
en volandas,
y nos sentimos en buenas manos;
se hace de nuestra medida,
toma nuestro paso
y saca un conejo de la vieja chistera
y uno es feliz como un niño
cuando sale de la escuela.
De vez en cuando la vida
toma conmigo café
y está tan bonita que
da gusto verla.
Se suelta el pelo y me invita
a salir con ella a escena.
De vez en cuando la vida
se nos brinda en cueros
y nos regala un sueño
tan escurridizo
que hay que andarlo de puntillas
por no romper el hechizo.
De vez en cuando la vida
afina con el pincel:
se nos eriza la piel
y faltan palabras
para nombrar lo que ofrece
a los que saben usarla.
De vez en cuando la vida
nos gasta una broma
y nos despertamos
sin saber qué pasa,
chupando un palo sentados
sobre una calabaza.
El Nen del Poble Sec nos regaló esta canción en su álbum Cada loco con su tema. Y yo hoy me siento exactamente así.
Escáner normal, marcadores tumorales normales, biopsia normal. Vamos, que me he despertado sin saber que pasa chupando un palo sentado sobre una calabaza, aunque la broma de la vida ha estado entre floja y fuerte.
El sábado tuvimos cuchipanda de los amigos a la que incluso acudieron algunos cuya ausencia nos dolía hace tiempo. Gran alegría.
El domingo además hubo monte con regalo de familia y amigo. Buen tiempo y paseo agradable a pesar de la excesiva presencia ciclista mal educada (los ciclistas bien educados son bienvenidos).
En definitiva todo un renacer.
Gracias gente.
nos besa en la boca
y a colores se despliega
como un atlas,
nos pasea por las calles
en volandas,
y nos sentimos en buenas manos;
se hace de nuestra medida,
toma nuestro paso
y saca un conejo de la vieja chistera
y uno es feliz como un niño
cuando sale de la escuela.
De vez en cuando la vida
toma conmigo café
y está tan bonita que
da gusto verla.
Se suelta el pelo y me invita
a salir con ella a escena.
De vez en cuando la vida
se nos brinda en cueros
y nos regala un sueño
tan escurridizo
que hay que andarlo de puntillas
por no romper el hechizo.
De vez en cuando la vida
afina con el pincel:
se nos eriza la piel
y faltan palabras
para nombrar lo que ofrece
a los que saben usarla.
De vez en cuando la vida
nos gasta una broma
y nos despertamos
sin saber qué pasa,
chupando un palo sentados
sobre una calabaza.
El Nen del Poble Sec nos regaló esta canción en su álbum Cada loco con su tema. Y yo hoy me siento exactamente así.
Escáner normal, marcadores tumorales normales, biopsia normal. Vamos, que me he despertado sin saber que pasa chupando un palo sentado sobre una calabaza, aunque la broma de la vida ha estado entre floja y fuerte.
El sábado tuvimos cuchipanda de los amigos a la que incluso acudieron algunos cuya ausencia nos dolía hace tiempo. Gran alegría.
El domingo además hubo monte con regalo de familia y amigo. Buen tiempo y paseo agradable a pesar de la excesiva presencia ciclista mal educada (los ciclistas bien educados son bienvenidos).
En definitiva todo un renacer.
Gracias gente.
sábado, 17 de septiembre de 2011
Walter Bonatti
En mi época de aprendiz de montañero las publicaciones sobre el tema eran escasas, caras y difíciles de encontrar. A veces había que elegir entre comprarse un libro o material de escalada. La decisión era impepinable, con el libro no se subía.
Esa falta de material histórico e intelectual tuve la suerte de poder suplirla con los relatos de primera mano de los protagonistas de la generación que empezó a dar forma a ese deporte en nuestro solar patrio.
Apellidos muy ilustres que no voy a citar por puro recato, pero que no sólo habían abierto las vías más importantes en nuestras paredes si no que habían compartido cuerda con los nombres más repetidos en las tertulias del género como Bonington, Bonatti, Rebuffat, etc.
Por mi parte adopté rápidamente dos ejemplos a seguir, en primer lugar Gastón Rebuffat, que además de escribir la biblia de por aquellos entonces (Hielo, nieve y roca), había conseguido el raro honor de ser aceptado como guía en Chamonix siendo francés y para colmo marsellés. Mi admirado Gastón se había curtido en Les Calanques que yo conocí desde niño y que con infantil deseo exploraba imaginándome a mi mismo escalándolas, algo que nunca llegó a suceder pero que ocupó mi cabeza mucho tiempo. Me ofrecía además mucha simpatía por mi conexión tan fuerte con su ciudad natal en la que transcurrieron los veranos de mis primeros años.
En segundo lugar (y no por orden de importancia), el recién desaparecido Bonatti de quien un buen amigo (mucho mayor que yo y que fue y es una referencia de nuestro amado deporte) me dio las referencias iniciales y a quien fui descubriendo con el tiempo como el gran constructor del alpinismo que fue. Él sentó las bases de lo que ahora tratamos de reivindicar como “auténtico”, dejando claro que todo está inventado, porque desde luego no esperó al siglo XXI para establecer las bases del alpinismo “limpio”. Además aquella estúpida polémica en la que le envolvieron le daba un aire de víctima que a mí me atrajo desde el primer momento. Es conocida mi tendencia a ponerme del lado de las minorías y de los fracasados sociales. No puedo elegir caballo ganador. Y eso que me equivoqué, porque el tiempo se encargó de demostrar que él tenía razón y se le devolvieron los honores.
Posteriormente vino Messner. También me marcó mucho, pero menos. Había algo en su impronta que me echaba y me sigue echando para atrás, aunque eso no reste para mi un ápice de la estima que le tengo como montañero, pero un cierto aire de competitividad en sus gestas me generaba rechazo, ya que yo no creo compatible la montaña y la competición (es mi humilde manera de verlo).
En cualquier caso estos tres monstruos conformaron mi forma de ver la montaña, y principalmente Bonatti, que sin proponérselo había reflejado con su carrera, e incluso con su retirada lo que la filosofía de éste deporte debería de ser.
Guardo para mí el recuerdo de las conversaciones con Bonatti que mis mayores en la montaña me transmitieron como un legado importante. Los recibí siempre en noches de refugio, o en veladas en los campamentos nacionales de montaña en las que se organizaban unas tertulias entre los grandes a las que asistíamos como oyentes (oyentes pardillos) los que teníamos más ganas y juventud que conocimiento.
Era aquella forma de vivir la montaña en la que no solo escalábamos y subíamos cerros, si no que además tratábamos de atesorar conocimiento. Unos a modo de geógrafos, memorizando cada cota, cada nombre. Yo por mi incapacidad de memorizar nada preferí quedarme con la historia, que además me la contaban sus protagonistas, con lo que resultaba mucho más ameno y menos esforzado.
De aquellos años me queda una formación que no hubiera recibido nunca a través de los libros, un poso que me ha permitido ser fiel a mi mismo en todos los aspectos de mi vida.
No podía imaginar entonces lo importante que serían para mí futuro aquellos relatos de hombres y montañas.
Años después y pasada la moda de subir la montaña a base de secuestrarla, parece que tenemos algunos nombres dignos sucesores de aquellos héroes de mi niñez. Iñurrategi, ahora también Txikon, Vallejo y también Gerlinde, a la que comparan con Messner. No les falta razón, aparte de lo deportivo también lleva asociado ese tufillo de competición que tanto aborrezco. Pero la admiro, igual que admiro a Messner.
La pena es que la figura de Bonatti no ha tenido el lugar que yo creo que le corresponde. Quizá el problema es que no todo el mundo ha tenido la suerte de recibir la información como yo. Pero creo también que ahora a la gente esas historias le dan lo mismo. Seguirá habiendo mapas con patas que conocen cada curva de nivel, cada referencia topográfica, pero cada vez menos gente se interesa por lo que la montaña puede aportar como filosofía de vida. Y como el mundo real es cada vez más competitivo, todos los ámbitos se ven afectados y ahora cuenta más hacerse catorce cumbres de cualquier manera que hacerse una de forma ética.
Y así nos va.
Esa falta de material histórico e intelectual tuve la suerte de poder suplirla con los relatos de primera mano de los protagonistas de la generación que empezó a dar forma a ese deporte en nuestro solar patrio.
Apellidos muy ilustres que no voy a citar por puro recato, pero que no sólo habían abierto las vías más importantes en nuestras paredes si no que habían compartido cuerda con los nombres más repetidos en las tertulias del género como Bonington, Bonatti, Rebuffat, etc.
Por mi parte adopté rápidamente dos ejemplos a seguir, en primer lugar Gastón Rebuffat, que además de escribir la biblia de por aquellos entonces (Hielo, nieve y roca), había conseguido el raro honor de ser aceptado como guía en Chamonix siendo francés y para colmo marsellés. Mi admirado Gastón se había curtido en Les Calanques que yo conocí desde niño y que con infantil deseo exploraba imaginándome a mi mismo escalándolas, algo que nunca llegó a suceder pero que ocupó mi cabeza mucho tiempo. Me ofrecía además mucha simpatía por mi conexión tan fuerte con su ciudad natal en la que transcurrieron los veranos de mis primeros años.
En segundo lugar (y no por orden de importancia), el recién desaparecido Bonatti de quien un buen amigo (mucho mayor que yo y que fue y es una referencia de nuestro amado deporte) me dio las referencias iniciales y a quien fui descubriendo con el tiempo como el gran constructor del alpinismo que fue. Él sentó las bases de lo que ahora tratamos de reivindicar como “auténtico”, dejando claro que todo está inventado, porque desde luego no esperó al siglo XXI para establecer las bases del alpinismo “limpio”. Además aquella estúpida polémica en la que le envolvieron le daba un aire de víctima que a mí me atrajo desde el primer momento. Es conocida mi tendencia a ponerme del lado de las minorías y de los fracasados sociales. No puedo elegir caballo ganador. Y eso que me equivoqué, porque el tiempo se encargó de demostrar que él tenía razón y se le devolvieron los honores.
Posteriormente vino Messner. También me marcó mucho, pero menos. Había algo en su impronta que me echaba y me sigue echando para atrás, aunque eso no reste para mi un ápice de la estima que le tengo como montañero, pero un cierto aire de competitividad en sus gestas me generaba rechazo, ya que yo no creo compatible la montaña y la competición (es mi humilde manera de verlo).
En cualquier caso estos tres monstruos conformaron mi forma de ver la montaña, y principalmente Bonatti, que sin proponérselo había reflejado con su carrera, e incluso con su retirada lo que la filosofía de éste deporte debería de ser.
Guardo para mí el recuerdo de las conversaciones con Bonatti que mis mayores en la montaña me transmitieron como un legado importante. Los recibí siempre en noches de refugio, o en veladas en los campamentos nacionales de montaña en las que se organizaban unas tertulias entre los grandes a las que asistíamos como oyentes (oyentes pardillos) los que teníamos más ganas y juventud que conocimiento.
Era aquella forma de vivir la montaña en la que no solo escalábamos y subíamos cerros, si no que además tratábamos de atesorar conocimiento. Unos a modo de geógrafos, memorizando cada cota, cada nombre. Yo por mi incapacidad de memorizar nada preferí quedarme con la historia, que además me la contaban sus protagonistas, con lo que resultaba mucho más ameno y menos esforzado.
De aquellos años me queda una formación que no hubiera recibido nunca a través de los libros, un poso que me ha permitido ser fiel a mi mismo en todos los aspectos de mi vida.
No podía imaginar entonces lo importante que serían para mí futuro aquellos relatos de hombres y montañas.
Años después y pasada la moda de subir la montaña a base de secuestrarla, parece que tenemos algunos nombres dignos sucesores de aquellos héroes de mi niñez. Iñurrategi, ahora también Txikon, Vallejo y también Gerlinde, a la que comparan con Messner. No les falta razón, aparte de lo deportivo también lleva asociado ese tufillo de competición que tanto aborrezco. Pero la admiro, igual que admiro a Messner.
La pena es que la figura de Bonatti no ha tenido el lugar que yo creo que le corresponde. Quizá el problema es que no todo el mundo ha tenido la suerte de recibir la información como yo. Pero creo también que ahora a la gente esas historias le dan lo mismo. Seguirá habiendo mapas con patas que conocen cada curva de nivel, cada referencia topográfica, pero cada vez menos gente se interesa por lo que la montaña puede aportar como filosofía de vida. Y como el mundo real es cada vez más competitivo, todos los ámbitos se ven afectados y ahora cuenta más hacerse catorce cumbres de cualquier manera que hacerse una de forma ética.
Y así nos va.
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