martes, 20 de marzo de 2012

Un nuevo colega para la montaña.

Tendría que dar gracias a Dios todos los días por los amigos que tengo. Pero con frecuencia se me olvida hacerlo, debido fundamentalmente a que los tengo cada vez que quiero, no me da tiempo a echarlos en falta. Unos u otros siempre están ahí, sin darme tiempo a estar solo más allá del tiempo que yo deseo estarlo. Y el domingo ahí estuvieron otra vez, en esta ocasión andando por el monte que es nuestro medio natural de expresión, el sitio de nuestro recreo que diría la canción. Es ese lugar en el que todos nosotros somos más nosotros mismos, donde reímos con ganas y sin artificio, donde callamos sin reservas el tiempo que necesitamos sin que el silencio nos moleste.

Y entre risas y resbalones en el hielo, al que mis experimentadas posaderas volvieron una vez mas a tomar la temperatura de golpe, allí estaba un compañero de ruta especial. Alguien que estuvo toda la jornada pendiente de mí. Discreta y calladamente, pero pendiente de cada movimiento que yo hacía. Por primera vez desde que salimos juntos al monte sentí a mi hija como un compañero más, no como alguien de quien tengo que ir pendiente, si no de uno más de nosotros. Estuvo tranquila en los pasos en que algunos adultos hacían aspavientos, preocupada cuando yo hacía volatines en la pista de patinaje, divertida con las bromas, participativa en las conversaciones pero sin salir del espacio que por edad le toca. Después de comer, ella (y yo) teníamos frío, con lo que nos adelantamos en la salida a los demás. Y estuvimos un rato solos andando. Me fue comentando durante ese rato sus impresiones sobre lo acontecido en el día, se preocupaba de que yo fuese andando por el sol para que recuperase calor, me gastaba bromas, éramos cómplices.

Luego, todos agrupados otra vez después de un rato buscando truchas juntos, ella seguía caminando a mi lado. No hubo quejas de la distancia, ni del frío, ni de nada. Disfrutó de verdad. Y todo ello me recordó cuando yo a su edad compartía jornadas montañeras con gente bastante mayor que yo y que me enseñó tanto. Yo tuve más suerte que ella, porque mis compañeros eran gente con una experiencia muchísimo más valiosa que la mía, pero a cambio yo tengo el compromiso de entregarle lo que se y lo que me enseñaron, que fue mucho. Además si en algo cuenta el orgullo que siente el que enseña, en mi caso estoy convencido de que nadie habrá más henchido que yo ante semejante alumno.

Ya no se conforma con ir y venir, pregunta acerca de las cuestiones técnicas. Se informa de las cimas de los alrededores. Y ya hace peticiones de los sitios a los que quiere subir. Es mucho comparado con lo que he visto en los últimos años en los adultos.

Y no es pasión de padre, de verdad que es buena compañera para la montaña. A poco que aprenda bien algunas técnicas y gane un poco de autonomía no habrá quien la eche el guante. He visto bastantes aprendices de brujo y esta apunta maneras.

Y con ella, con mi santa y con mis amigos disfruté de un domingo en el que brillaron por igual el sol y el frío. Un domingo en el que descubrí por primera vez en mi hija el primer rasgo de lo que siempre he deseado ver, como cuando un escultor empieza a ver la obra en la piedra que va cincelando. No quiero atar su futuro a mis deseos, pero si quiero disfrutar junto a ella de lo que para mi es el centro de mi vida. Que elija la profesión que quiera, que haga con su vida lo que le de la gana, pero que no pierda el gusto de sacar a paseo a su padre con una mochila a la espalda.

La montaña para algunos de nosotros es tan importante como pueda serlo nuestra profesión, e incluso tanto como nuestra religión o en su caso el esquema moral que cada uno tenga. Nos ha hecho ser como somos, nos ha forjado el carácter y la voluntad. Y además, como si fuera una tarta de cumpleaños, nos ha puesto por encima esos adornos tan bonitos y tan dulces que son los amigos. Amigos que sin la montaña probablemente no tendríamos. Todo ello forma una unidad indisoluble.

Y mi hija ya es una de las guindas de la tarta.

martes, 6 de marzo de 2012

Cosas de niños de casi cincuenta.

Hace cuarenta años compartíamos pupitre. El otro día compartimos un cocido. Fantástico. Fantástico el cocido y fantástico el rato que pasamos.
Está bien que de vez en cuando el pasado de una patada a la puerta de la normalidad y okupe el presente, así, de golpe y porrazo. Tras décadas de olvido una ráfaga de viento quitó el polvo a los recuerdos y volvieron a brillar los rostros de los compañeros, las portadas de los libros, los juegos y aquel proceso de aprendizaje que empezaba a ponerse en marcha.
A Karlos le había visto ya antes, ya habíamos iniciado la recuperación de los recuerdos, pero ciertamente fue con Gonzalo con quien la maquinaria se puso definitivamente en marcha. Quizá Karlos ha necesitado más espacio para los nuevos conocimientos y ha tenido que tirar lastres que no eran útiles mientras que Gonzalo y yo nos hemos ido apañando con menos espacio, lo cierto es que parece que nos acordamos de más cosas. No es importante, desde luego. Lo importante es el espíritu con el que se recuerdan las cosas, no la claridad de las imágenes.
Todo empezó en un aula que albergaba a unos cuarenta arrapiezos con todo su futuro por delante. Verdaderos diamantes verdaderamente en bruto. Y el primer joyero encargado de tallarlos se llamó Juan Bonet. Nuestro primer profesor. Como ninguno teníamos experiencia anterior en el colegio (salvo los que pasamos por párvulos, que entonces no era obligatorio), no podíamos comparar, pero la cosa empezó amena.
Recuerdo algunos detalles significativos de aquel curso. En cuanto hacía buen tiempo nuestro profesor nos sacaba a la calle. Quiero recordar que éramos cuarenta y no había profesores de apoyo ni auxiliares para control de la manada, ni perros pastores. Una de las veces nos llevó andando desde el colegio hasta el Cementerio Civil (y vuelta) donde pudimos ver las tumbas de Pío Baroja, de Pablo Iglesias, etc. Al volver a casa yo lo conté con toda la naturalidad. Naturalidad que faltaba en los adultos a la hora de encajar el asunto (era el año 68, creo). En otra ocasión nos llevó a visitar a unos gitanos que estaban acampados en unos terrenos relativamente próximos al colegio. Ellos nos contaron sus costumbres mientras nosotros abríamos los ojos con absoluta falta de prejuicios. Y yo al volver a casa lo expliqué de nuevo con la misma naturalidad de la otra vez.
Si permanecíamos en el aula hacíamos ejercicios de lectura de un libro de cuentos que aún conservo, y sobre todo cantábamos. Por si alguien se acuerda pongo abajo un link a una página web que contiene la canción traducida del Tío Pep que nos enseñó aquel buen maestro orgulloso de su lengua materna. Era valenciano.
Me viene también a la cabeza un compañero más que no estaba matriculado. Se llamaba Alfonso. Era un vecino algo mayor que nosotros que no iba al colegio porque tenía síndrome de Down. Entonces las cosas eran así. Me parece estar viéndole, armado siempre de un rastrillo de plástico que usaba como herramienta multiuso y que una vez acabó haciendo trizas un disco que estábamos escuchando en uno de aquellos pickup “portátiles” de la época. Alfonso aparecía de vez en cuando en la puerta de clase y Don Juan le hacía sentarse con nosotros a compartir nuestra clase. Se sumaba también a nuestros juegos en el recreo y a la salida del cole. Como uno más. Años después han hecho algo así de forma oficial y le han llamado integración.
Y en esas condiciones empezó nuestro aprendizaje en aquel colegio. Muchos años después al encontrarme con distintos compañeros de esos años, aunque sea fugazmente, he podido comprobar que los niveles académicos alcanzados han sido heterogéneos, pero en general se había conseguido el objetivo que yo me he marcado para con mi hija. Formar personas. Y además buenas personas. No es poco.
Mis padres habían elegido ese colegio por proximidad y porque alguien se lo había recomendado. Tiempo después supe que aquel centro tenía un ideario y que estaba basado en los preceptos que sentó en su día la Institución Libre de Enseñanza.
Lo cierto es que con profesores mejores y peores el tiempo fue transcurriendo y dejando un recuerdo maravilloso de aquellos años absolutamente felices entre rodillas llenas de costras, amistad y descubrimientos.
¡Qué bonito está siendo recordarlo! Gracias amigos por hacerme revivir tan buenos momentos.

Otro día le daremos un repasito a los personajes que formaron el cuento, que no tienen desperdicio.

Link para la canción del Tío Pep:

http://www.comarcarural.com/valencia/musica/eltiopep.htm

jueves, 1 de marzo de 2012

De Silvio a Milanés y tiro porque me toca.

Siempre me pasa lo mismo. Empiezo escuchando a Silvio Rodríguez y acabo sujetando la lágrima con Pablo Milanés. Y es que las canciones siempre nos traen detrás recuerdos, amigos, sensaciones y estados de ánimo. Y me pasa porque detrás de la canción que pego por ahí abajo está un amigo que fue compañero de pateos montañeros. El buen Luigi. Era (o es) chileno-español-italiano, por eso lo de Luigi, porque su nombre era Luis. Tenía tras de sí una historia terrible, que a los dieciséis años de edad no pude digerir completamente y creo que me marcó para siempre. Había nacido en Chile hijo de un español que no comulgaba con el régimen al uso y tuvo que salir por patas para poder seguir siendo libre (ya se nos olvida, pero aquí pasaban esas cosas). Y eligió Chile, donde conoció a una italiana con la que se casó. Tuvieron dos hijos, Federico y Luis. Formaban una familia normal. Años después un golpe militar que acababa con las ilusiones políticas honestas de un mundo mejor, acabó también con esa familia. El paraíso de libertad se tornó esta vez en el último trayecto del viaje. Mi amigo Luigi me contaba como delante de él y de su hermano aquellos militares acabaron con sus padres y de cómo les hicieron presenciar todas aquellas atrocidades para que aprendiesen lo que les pasaba a los filocomunistas. Después paradójicamente su viaje en busca de la libertad lo hicieron de vuelta aquí, donde la familia de su padre los recogió. Luigi era un buen muchacho, incapaz de una acción violenta. Siempre pendiente de los demás, a pesar de su propia fragilidad. Poco tiempo después cambió de colegio y perdimos el contacto, pero su historia viene conmigo desde entonces. Y se lo agradezco, porque me hizo ver como alguien puede superar algo tan terrible a base de darse a los demás, quizá en una huida de sí mismo y de su pasado. Pero no he superado aquella cuestión. Y cada vez que oigo esta canción se me ponen los pelos de punta y la rabia acaba con mi cansancio y con mi acomodo. Y empiezo a ver los recortes de derechos, las injusticias de la “justicia” y me pongo de mala leche. Porque hay muchas maneras de acabar con la libertad y de asfixiar a una sociedad. No solo con un fusil. Con todo lo que han dado otros por la libertad, los que no luchamos por nuestros derechos no merecemos nada.

viernes, 24 de febrero de 2012

Andoni.

Chiquitero de pro, socarrón, amable, camarero de los que dignifican su profesión, vizcaíno de los que da gusto tratar, hombre justo y cabal. Así recordaré siempre a Andoni.

Nuestro Andoni, el que desde el otro lado de la barra estaba siempre con nosotros.

Hoy mientras comía con unos amigos del cole me han llamado para darme la noticia. Y desde luego me ha dejado tocado. Lo esperaba, pero no por ello ha dejado de impactarme.

No es que tuviese con él una relación muy continuada, pero cada vez que nos veíamos disfrutábamos del bello arte de lanzarnos pullas mutuamente, siempre dentro del respeto y de la estricta broma blanca. Él siempre tenía balas en la recámara para acabar friéndome a frases con doble sentido llenas de humor. Hemos compartido barra cada uno desde un lado y también en alguna ocasión juntos tomando algo.

No estoy muy lúcido (ni lucido) para escribir nada que merezca la pena ser leído, pero necesito poner negro sobre blanco que me parece injusto que nos lo hayan arrebatado así.

Andoni y yo hemos compartido algo que nunca hubiésemos deseado. Hemos tenido exactamente la misma enfermedad. Yo he podido superar el cáncer de esófago, pero a él se lo ha llevado por delante. Y eso me crea cierto sentimiento no se si de culpabilidad, de vergüenza o simplemente de tristeza, pero lo cierto es que empaña mi alegría de estar vivo el que un amigo muera de lo mismo de lo que yo me he librado.

Y de verdad que no es por el “me podía haber pasado a mí”. En este momento no me siento bien precisamente porque sé que soy un privilegiado y a un amigo le ha faltado la suerte que yo he tenido.

No nos habíamos acostumbrado a entrar en Kupela y que no estuviese allí, como esperándonos, con su eterna sonrisa. Siempre le vi de buen humor, hasta cuando no hace mucho tuvo una parálisis facial que le torció el gesto y de la que él era el primero en hacer bromas. Ahora pasará el tiempo y aquella barra no volverá a ser la misma, porque en su ausencia teníamos siempre la esperanza de su vuelta, pero ahora no va a ser posible.

Desde que supe que estaba enfermo no he vuelto a verle. Y casi lo prefiero, tengo el recuerdo del amigo jovial que siempre tenía una broma preparada. Incluso me cuesta precisar el recuerdo de nuestro último encuentro. La memoria juega estas malas pasadas.

No conozco a su familia, pero si sé que somos muchos los amigos que le vamos a echar en falta. Quiero por eso compartir mi sentimiento con vosotros, porque los que le habéis conocido seguro, que igual que yo, os vais a sentir huérfanos de Andoni.

martes, 17 de enero de 2012

Retorcer las palabras.

Estoy un poco ñoño. Sirva de aviso a todos aquellos que se enfrenten a estas letras. Hoy me han dado los resultados de la última revisión y afortunadamente todo sigue en perfecto estado de revista. No es para ponerse tontín, pero no puedo evitar que se me reblandezca un poco el ánimo, de alegría, pero al fin y al cabo me toca el corazoncito.
Y eso que si hoy he de destacar algo del día, aparte de la buena noticia de estar vivo y sano, es una humorada del lenguaje que me ha tenido entretenido toda la tarde como un imbécil (literal).
Esta mañana mi hechicero favorito al darme la buena nueva de los resultados, me aconseja que me aleje del estrés (muy de agradecer) y que haga ejercicio. Hasta ahí el autor de estas tonterías entiende el mensaje y lo comparte. Hablamos de la conveniencia de unos u otros deportes y convenimos en que ya que las montañas están ahí lo mejor será subirlas. Da gusto tener consejeros de la salud que compartan las aficiones. Pero ¡ay! A continuación me recomienda que no coja peso. De momento no objeto nada. Acabamos la cita, nos despedimos efusivamente quizá víctimas del secuestro emocional típico de las situaciones de euforia y de las prisas que impone el sistema de salud y al salir de la consulta empiezo a rumiar la cuestión. Si yo estoy curado qué diablos me impedirá coger peso. ¿Acaso será por las cicatrices internas?. ¿Me estarán ocultando algo?. Y así toda la dichosa tarde.
Después de mi sesión de logopedia llego a casa y no puedo más. Le espeto a mi galeno doméstico la inquietante pregunta. ¿Por qué demontre no me deja coger peso este hombre si yo estoy bien?.
Parece que mi duda es un tanto inexplicable para mi contertulia y empezamos un estúpido diálogo de besugos en el que se entremezclan argumentos sobre lo saludable que resulta no coger peso, lo bueno que es el ejercicio, preguntas por mi parte que nadie parece comprender, pero todo envuelto en una falta de argumentación lógica para mi que me va preocupando cada vez más. No entiendo nada de lo que me cuentan y cada vez estoy más seguro de que se me oculta alguna razón terrible para no explicarme las cosas con claridad.
Y de repente se hace la luz. No estamos hablando de cargar más o menos bolsas de la compra, ni de que la mochila tenga que ser de supervivencia o para resistir un asedio napoleónico. Estamos hablando de algo mucho más prosaico. Estamos hablando de no engordar.
Y esta estupidez me ha tenido preocupado toda una tarde. Un malentendido fruto de la perversión del lenguaje que tendrá mucha gracia para los filólogos, pero que a mi casi me cuesta el buen humor. Lo peor es que además ahora puedo cargar con las bolsas de la compra. Y nadie me va a llevar la mochila. Y que ya vale de comer lo que me de la gana y hay que controlar la comida.
Y no obstante yo me alegro mucho. Porque supone poner el marchamo final a ese régimen de funcionamiento que llamamos “vida normal”.
Y me pongo un disco que me dio el otro día mi amigo Pedro. Alina, de Arvo Pärt, todo un descubrimiento que nos hacen desde las tierras de Voralberg, región de ese país al que tan buenos ratos debo y que sigue siendo un pozo de sorpresas musicales.
Y me pongo ñoño.
Y miro a mi hija y soy feliz.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Pequeños gestos.

Se abren las puertas del metro y entran ellos dos. Él con la mirada altiva, casi agresiva, mira a su alrededor como quien busca pelea. Tiene un aspecto duro, de pocos amigos. Ella tiene un aspecto tremendamente frágil, aparentemente no ve y parece tener dificultades para moverse. Su vestimenta es excesivamente infantil para la edad que aparenta.
Se sientan. Él vuelve a mirar, pero esta vez buscando nuestros ojos. Los demás miramos hacia abajo. No hay preguntas.
Ella se mueve insegura, se sienta como si lo hiciese sobre un polvorín, no da la sensación de descansar.
Él la coloca la ropa, con un ademán que contrasta con su aparente fiereza. Sus ojos la miran a ella y su mirada se vuelve tierna de golpe. No son los mismos ojos que nos miraban a nosotros.
Ella busca con su mano la de él, hasta que se unen.
Durante todo el trayecto él la coloca continuamente la ropa, estirando de aquí, recogiendo de allá. También la coloca el pelo. Como yo hacía con mi hija cuando era muy pequeña, como hacía mi hija con sus muñecas. Hablan. Él la sonríe continuamente, aunque ella no le vea. Ella también sonríe, aunque su gesto sea difícil de comprender.
Se levantan. Él la sujeta y la hace asirse a la barra vertical, preocupado por su estabilidad. El metro no está diseñado para quienes tienen problemas motrices.
Él nos vuelve a mirar a todos. Su mirada vuelve a tornarse dura, inquisitiva.
Se abren las puertas, yo también me bajo.
Se van por otro camino. Él lleva una cesta de navidad en la mano, de esas que dan en las empresas y una bolsa llena de ropa. Ella lleva la mano de su padre.
Ambos tienen un aspecto muy humilde. Pienso en su Navidad. Probablemente tengan muchos motivos para sentirse mal, para sentirse maltratados por la suerte. Pero poca gente podrá disfrutar de tanto amor como ellos parecen compartir.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Sylvie Vartan y la lavanda

Dice siempre mi amigo Pedro que todos tenemos un punto hortera escondido, por más que queramos tener gustos refinados y pretendamos atesorar un bagaje cultural mediano.
Y desde luego que tiene razón. Hoy enredando con esa caja mágica de música que es spotify he vuelto a mi infancia gracias a la música de Francia de los 60.
Verano siempre, la Provenza, viajes con la familia en un volkswagen escarabajo (diferentes años, diferentes modelos, pero siempre un escarabajo). Viajes interminables desde Marsella por la Costa Azul hasta llegar a los Alpes.
Viajes maravillosos que dejaron grabada en la retina de aquel niño pequeñito los inmensos campos de lavanda, las playas, los acantilados, los pueblecitos, los paletos de Francia que eran mucho más elegantes que los paletos de España, otras ropas, otros modos.
Y en aquellos viajes sonaba siempre la radio, que nos regalaba los oídos con canciones de Gilbert Becaud, Georges Brassens, Sylvie Vartan … Sobre todo Sylvie Vartan.
Y hoy enredando, enredando he encontrado de nuevo a Sylvie Vartan, y al poner la primera canción se me ha llenado la habitación de olor a lavanda. Por un momento he vuelto atrás más de cuarenta años y he vuelto a mirar por la ventanilla trasera (qué adecuado lo de ventanilla) de aquellos escarabajos de mi niñez y ha vuelto a pasar delante de mí todo aquel paisaje.
No se si añoro el paisaje, o realmente lo que quiero es volver a aquellos años en los que no había planteamientos, no tenía ideología, no había sufrimiento más allá del deseo frustrado de un juguete o de un capricho cualquiera no concedido.
Lo cierto es que al volver a escuchar la música de aquellos estíos gabachos me siento de nuevo libre. Y no cuestiono la calidad de la música, no me lo planteo. Simplemente evoca y quizá sea lo único que importa.
Largos veranos, largos viajes en tren hasta Marsella, largos viajes hasta los Alpes, largas caminatas y las primeras miradas golosas a aquellas montañas que entonces eran tan lejanas y que hoy siguen siendo tan inalcanzables. Y Les Calanques de mi buen Rebuffat.
Vuelven de golpe aquellos sentimientos, aquellas sensaciones. Es increíble, aún en ésta era digital, que seamos capaces de guardar desde la sensación de calor hasta los olores, las imágenes y podamos a golpe de recuerdo ponerlos otra vez en primer plano.
En fin, que aquí estoy escuchando esa música que conocí siendo un niño pequeño y que sólo tuve ocasión de escuchar de nuevo muchos años después, porque en nuestra España era muy dificil encontrar un disco de Brassens, o de Vartan, menos aún encontrar una emisora de radio que los programase. Después mis gustos fueron por otros caminos, pero hoy al tocar la tecla del recuerdo escucho con verdadero gusto y emoción aquellas viejas canciones.