jueves, 12 de julio de 2012

Hasta la victoria, SIEMPRE

Dando una vuelta por éste páramo cultural y veraniego, me encuentro con una rara avis. Una librería instalada en un quiosco que bien podría vender churros o camarones, da un respiro entre tanto espacio para el ocio evasivo. La susodicha librería está regentada por un republicano que tiene a gala serlo (no es raro, las pequeñas librerías no suelen ser muy de derechas). Tiene colgadas dos camisetas que vende, además de un montón de libros con biografías de gente del palo y de relatos históricos. Una de las camisetas es morada, con una estrella ribeteada con bandera tricolor, la otra tiene en el centro una silueta de la famosa foto del Che con la frase “hasta la victoria, SIEMPRE” rodeándola con diferentes juegos de caracteres.

Y es esa frase la que me ha llamado la atención. No por nueva, por supuesto. Esa frase, que ya conocimos los de mi generación hace una pila de años, quizá no se interpreta hoy como antes. Probablemente hoy se puede leer como algo mucho más pasivo de lo que quiere decir, o sea esperar a la victoria. Y nunca quiso decir eso. Se trata de luchar hasta la victoria. Siempre.

Y en estos momentos en que el gobierno sencillamente se equivoca apaleando a los funcionarios en el sentido económico de la palabra y a los mineros en el más literal de los sentidos, es necesario retomar aquella frase.

No podemos permanecer más tiempo impasibles a lo que sucede cada día. No podemos pensar que no somos mineros o que no somos funcionarios, no se trata de otros colectivos. Nos están atacando a todos nosotros.

La prima de riesgo continúa su ascenso imparable y si era eso lo que trataban de evitar no ha funcionado. La bolsa baja también sin parar. El paro también sube. Puestas así las cosas ¿de qué sirve todo lo que se está haciendo?

Van mermando la capacidad adquisitiva de los pocos sectores que mantienen el consumo. Hasta la patronal está en contra de la subida del IVA.

Y mientras paz social.

Hoy de forma espontánea se ha tirado a la calle un escaso grupo de funcionarios en Madrid a cortar la Castellana.

Afortunadamente miles de personas se manifestaron junto a los mineros.

No podemos asumir más palos en el lomo. No hay que dar nada por perdido, ni por supuesto admitir ninguna derrota.

Ellos pueden hacer leyes, nosotros podemos hacer huelgas. Pero no huelgas de un día que sirven únicamente para que perdamos más salario, si no una huelga general salvaje indefinida hasta que se apeen del burro.

Y si a Europa, a los E.E.U.U. y a las agencias de calificación no les gusta, pues que les vayan dando porque parece que lo que se ha hecho hasta ahora tampoco les gusta y ha sido todo a nuestra costa.

Los políticos no se recortan a sí mismos los sueldos, la banca no ceja en su empeño de quedarse con todo el botín (graciosa frasecilla para aliviar la tensión) y mientras más vueltas de tuerca.

A sí que por mi parte volvamos a las trincheras. Luchemos mientras tengamos algo que defender. Sé que las fuerzas van faltando, pero si aflojamos ahora será el momento en que no quedemos ninguno para pagar el paro de los que ya no pueden defender su empleo. Por ellos precisamente no podemos ser cobardes. Por los parados, por los mineros, por la sanidad, por la educación, por nuestros mayores, por nuestros hijos: HASTA LA VICTORIA, SIEMPRE.

martes, 10 de julio de 2012

España cañí.

No puedo más con esta España casposa, machista y anclada en los más antihigiénicos y oscuros costumbrismos sociales y políticos.

Desde que la semana pasada la gloriosa Selección Española ganase de forma parece que heroica el trofeo europeo de turno, me he desenvuelto en el ambiente alemán que me rodea sin más sobresaltos que el hecho de que en el buffet del hotel den jamón de pata negra o no, lo que viene marcando el diferencial de los días destacables de los que no lo son tanto. Y mientras, sol, hamaca, tranquilidad, más sol, viento frío y mar más o menos embravecido. Como os podéis imaginar mi mente ha cabalgado por la playa de lado a lado arrastrada miserablemente por mis pies que parecen no poder estar quietos, pero sin trabajar. He visto puestas de sol magníficas (aquí son a diario) y he trabajado sin pausa para conseguir el estado de imbecilidad propio de quien no tiene ni pasado ni futuro, tratando de olvidar todo lo relativo al trabajo, a la salud, a la enfermedad, incluso a la riqueza y a la pobreza.

Pero hoy a la hora de comer me han dado un estacazo en los dientes para recordarme que estoy fuera de sitio, que mi lugar no está ni aquí ni en unos mil kilómetros a la redonda, y me explico. Estaba yo tan tranquilo con mi querida familia comiendo cosas ricas propias del entorno, cuando se nos ha sentado en la mesa contigua una vocinglera familia compuesta por padre, madre, hijo e hija. Vamos, el ideal de pareja con su parejita. O para ser más exactos el padre con el hijo y la hija con la madre. Y la distinción es porque el padre y el hijo vestían camiseta de la selección. La madre y la hija atuendo playero bastardo sin marca ni equipo.

Han sido recibidos con gran alborozo por el camarero que inmediatamente ha hecho el sondeo futbolístico obligatorio “y de qué equipo zon uztedé” a lo que ha contestado el niño que “primero del madrí y luego del recre”. El padre se ha apresurado a puntualizar que “del madrí, del glorioso”.

Por supuesto el camarero se ha alegrado mucho de la respuesta y le ha dicho que “muy bien, como debe de zé. Aquí lo que no queremo e a lo der barza”.

(Discúlpese la torpe transcripción, pero trato de ser fiel a la fonética).

Y el asunto (trivial e insignificante) me devuelve a la España de pan y toros, de pandereta y faralaes. Que nos den por saco a los que no nos gusta el fútbol. Que nos den por saco a los que con nuestros impuestos pagamos a los nenes que luego tratan de escamotear impuestos de sus henchidas nóminas por jugar en la selección de nuestro país. Que nos den por saco a los que sostenemos el sistema. Mientras tanto gloria a los defraudadores, a los beneficiados, a los subvencionados, a los sinvergüenzas y a los incultos, pues de ellos será el reino de los borbones.

Nos duele mucho el país, porque está muy enfermo. Y por ello deberíamos estar curándole, para que no duela, pero mientras dejamos que unos malos curanderos agraven la enfermedad con sus técnicas contrarias al sentido común. Les dejamos que amputen los miembros sanos y que permitan que los gangrenados sigan pudríendose, poniendo en peligro la integridad de todo nuestro cuerpo y por tanto de nuestra vida.

Dejamos que nos sigan recortando derechos y nos penalicen por haber hecho las cosas bien. Los que hemos pagado siempre debemos de pagar más para subvencionar a los que no pagaron nunca y se gastaron lo que no tenían. Dejamos que nos atonten con el fútbol como para seguir dando la matraca con la camiseta de la selección una semana después de haber ganado el torneo. Ahí está el problema. Puedo entender que sirva de escape y de alegría un triunfo deportivo, pero no puedo comprender que se pueda seguir indefinidamente distraído con esa cuestión.

Simplemente recordaré a tanto patriota como parece andar suelto por ahí que la patria es algo más que una camiseta o una bandera, y que la patria se hace todos los días. Trabajando, esforzándose, con orgullo no de unos colores si no de un trabajo bien hecho, y de una colectividad que respeta al resto. Y en el respeto va no robar, no zafarse de las obligaciones y proteger los derechos de todos.

Y que el partido lo ganaron los que lo jugaron. Y que por jugarlo ganaron lo que ganaron (económicamente hablando). Y que los impuestos que deberían de pagar están tratando de escamotearlos. Y que son un hatajo de golfos. Aunque ganaran el partido.

Y que Haimar Zubeldia va el sexto en el tour. Y que a nadie le importa, porque ya no tenemos a nadie que vaya a por el primer puesto. Y que cuando hemos tenido a alguien luchando por el primero puesto iba hasta las cejas de sustancias prohibidas, pero eso no cuenta, no hay que ser mal español.

Y que si yo tuviese un hijo y una hija y fuese un fan de la selección, antes que comprar una camiseta para mi hijo y otra para mí, compraría una para mi hijo y otra para mi hija. O quizá sea que es verdad que ellas son más inteligentes. Aunque sea otro lugar común que aborrezco.

Nos han colocado la veneración al triunfo y no al trabajo. Vale el que gana (gane como gane) y no el que ha hecho todo lo posible por jugar bien. Da igual el camino si se logra el triunfo.

Yo mientras tanto voy a buscar los arreos para empezar a compartir los rudimentos de la escalada con mi hija éste otoño. Afortunadamente el material de montaña no tiene colores de equipo ni de selección. Si acaso, buscaré que tenga la bandera pirata. O como poco una cola de ballena.

domingo, 10 de junio de 2012

Vergüenza.

Hoy me invade un sentimiento de vergüenza.

Hace muchos años yo era lo que entonces se llamaba un entusiasta “europeísta”, un convencido de que el camino, el verdadero futuro estaba en integrarnos en aquel selecto club formado por franceses, italianos, alemanes, etc. Han pasado unos pocos lustros y quizá hoy podría pensar que se ha demostrado que estaba en lo cierto, dado que una vez más nuestra salvación parece estar en que la vieja Europa nos financie nuestros desastres.

Pero empiezo a verlo al revés. Quizá hubiera sido mejor no contar con la ayuda exterior de nadie y que nosotros mismos pagásemos con sangre, sudor y lágrimas los desmanes de aquellos que nos han puesto en la situación de necesitar limosna para salir del atolladero. Limosna que nos va a costar la honra y la hacienda claro está, aunque quizá el personal se esté pensando que estos miles de millones que nos van a inyectar vienen “de gratis”.

Probablemente era mejor someterse a una catarsis completa y que la situación se desbocase hasta el punto de que el pueblo tomase las riendas del asunto haciendo alguna que otra ejecución pública en plaza mayor de banqueros y otros estafadores. A lo mejor si el tornillo hubiese apretado lo suficiente la gente espabilaba un poquito.

Y ahora mi entonces amada Europa va a prestarnos el dinerito. Más concretamente se lo va a prestar a los bancos. Una vez demostrado que nuestro sistema bancario no es tan infalible como se decía, que los gestores de nuestros bancos han sido cuando menos ineficientes (o corruptos), lo que se va a hacer es financiar a aquellos que estrangulan a las familias dejándolas en la calle si es necesario. O sea, como siempre castigo a los buenos y premio a los malos. Reparto de sanciones entre los que han trabajado bien y medallas a los no participantes.

Una pena. La situación nos deja claro que la incompetencia no la tenemos en exclusiva. Nuestros próceres económicos europeos también parecen estar mirando a otro lado. Ni siquiera nos queda la esperanza de que con la intervención se nos obligue a una gestión mejor, a un sistema más equilibrado y justo. Todo lo contrario, más de lo mismo y dinero para los de siempre.

Se nos insiste por activa y por pasiva en que la cuenta no la pagaremos en derechos los ciudadanos. Que el dinero va a los bancos y serán los bancos quienes lo tengan que pagar ¿entonces por qué el dinero se le concede al Estado? La respuesta la tendremos pronto, por desgracia.

Y mientras todo este follón de números y declaraciones no está ni a medio digerir el presidente de este país que no he elegido (ni el presidente ni el país) pierde el culo a coger un avión para que todo el mundo pueda ver por televisión cómo gastamos el dinero que con tanta urgencia necesitábamos. Allí estaba, en la tribuna del campo de fútbol, junto al heredero de la corona que no he elegido (ni la corona ni el heredero, ni a la madre que lo parió). Haciendo ostentación de su pasión futblolera, de evidente buen humor.

Si yo le pido a alguien dinero porque lo necesito de verdad, evitaría que me viesen al día siguiente acudiendo a un campo de fútbol. Evitaría también parecer feliz y despreocupado. Evitaría viajes innecesarios. Ni aunque pudiera permitírmelo. Es una cuestión estética, pero también ética.

Y me da igual si el presidente y los principitos viajan con dinero propio, o lo que sería peor público. Hablamos de asistir a un partido que ni siquiera es una final. Hablamos de que nos puede ver cualquiera.

No sé que puede pensar un alemán que vea estas escenas. Quizá pueda pensar lo mismo que dicen pensar algunos que critican el PER, las comunidades autónomas eternamente subvencionadas, etc. Ven la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio.

Y lo que me da todavía más vergüenza es que a la gente le da lo mismo. Mucha gente con dificultades económicas casi insalvables no ha dejado de comprarse su camiseta oficial de la selección (vayan ustedes y vean los precios). Desde por la mañana ya andaban dando la matraca con las vuvucelas, atronando. Orgullosos de su selección. Sin pizquita de sensación de ridículo. Completamente ajenos a que estamos viviendo de la caridad de los demás paises. Sin calibrar el gasto que significa toda la parafernalia futbolera.

Y muchos de ellos con chanclas ¡Qué horterada!

miércoles, 30 de mayo de 2012

Logopedas.


Os ruego que observéis atentamente la imagen que encabeza el post. Supongo que la mayoría veis a un grupo de gente que lo pasa bien. Otros veréis a un afortunado varón rodeado de agraciadas señoritas. Algunos veréis en la imagen simplemente un momento de juerga.

Yo no veo nada de eso, o veo todo a la vez y no me importa porque veo algo mucho más importante. Yo veo un grupo de profesionales como la copa de un pino. Veo a los responsables de que yo hoy pueda hacer lo mismo que ellos. Puedo trabajar, puedo comunicarme, puedo ir de juerga con mis amigos, puedo pasarlo bien. Quizá lo único que no está a mi alcance es poder ir de mojitos rodeado de tan interesante compañía como la que rodea al suertudo caballero de la foto.

Dicho caballero tengo el honor de decir que es mi amigo. Nos conocimos hace muchos años y la vida nos separó como luego nos ha vuelto a juntar. Pero esta vez el destino me ponía en sus manos para que me devolviese la voz.

Gracias a mi amigo y a todas esas encantadoras mujeres que le rodean yo he recuperado mi voz que había perdido por los efectos colaterales de una cirugía salvadora, pero un poquito canalla

Ellos han hecho día a día con mucha paciencia que yo fuese recobrando al menos parte de lo que fue un chorro de voz y que hoy no pasa de reguerillo, pero que me permite hacer una vida normal.

Han sido pacientes, amables, cariñosos y sobre todo muy profesionales. Les he visto tratar a personas mayores con una dedicación y un amor muy por encima de lo que ningún sueldo puede pagar. Su implicación con cada paciente va muy por encima de una cuestión clínica, se dejan la piel en arrastrarnos hacia un futuro mejor para cada uno de nosotros.

Muchas veces pensamos que los profesionales de la sanidad pública tienden a insensibilizarse, que llega un momento que tienen que hacerse una coraza para defenderse del dolor que les rodea. En el caso de éste servicio puedo decir que trabajan sin red, que se entregan sin medida y que esa entrega los pacientes la recibimos como un estímulo difícil de sustituir.

No doy sus nombres porque no les he pedido permiso, pero ellos ya saben cómo se llaman. Bastante es que les he robado esta foto para tener un recuerdo de ellos y compartirlo con mis amigos que leen estos desbarros que escribo. Diré nada más que trabajan (o estudian) en la cada vez más mermada de medios Sanidad Pública (así, con mayúsculas) y que engrandecen con su actitud a un sistema que a algunos nos ha salvado la vida.

Os lo debo chicos. Gracias de verdad. Sabéis que en este humilde paciente tenéis un amigo, un esclavo, un siervo (que diría el gran López-Vázquez). Ahora he de seguir por mi cuenta, sin vuestra ayuda. Aunque os parezca mentira voy a echar de menos esas tardes de martes y jueves donde entre ejercicios de pataké pataká echábamos esas risas que también deberían de estar prescritas como terapia.

El sistema no juega a vuestro favor, sabéis que tenéis cosas y personas en contra, pero también tenéis que saber que en cada uno de nosotros que sale adelante hay algo de vosotros que nos acompañará siempre.

Y ahí queda la foto, como testimonio. No están todos, faltan algunas caras que también me han ayudado estos meses. Y sirva de aviso, todo aquel que se encuentre a estos individuos en algún local tomando mojitos, ha de saber que se encuentra ante unos grandes profesionales y unas excelentes personas. Que lo menos que puede hacer es invitarles a lo que quieran y que si alguna vez cae en sus manos, que se deje llevar. Estará lo más cerca posible que se puede de solucionar su problema. Son muy buenos.


Gracias de verdad. Besos a ellas y a ti amigo mio un abrazo muy fuerte. Hasta pronto.

lunes, 21 de mayo de 2012

La fotografía, espejo de la realidad.




Un buen amigo periodista, escritor y fotógrafo (comunicador omnímodo), está desde hace tiempo en campaña de reivindicación de la autoría de las imágenes. Es cierto que cada vez con más frecuencia se omite en los medios al autor de la fotografía, cosa impensable con el autor de los textos. Y la fotografía también tiene un autor. Y es un trabajo más que hay que respetar.

Mi amigo nos regalaba a través de su muro de Facebook al menos una foto diaria, bien de flores (de las que debe tener una magnífica y preciosa colección) o de sugerentes imágenes que desataban los comentarios de los que las recibíamos. Pues bien, ha tenido que dejar de hacernos tan bonito obsequio porque, a pesar de sus advertencias, alguien se dedicaba a utilizarlas para otros fines sin su expreso consentimiento. Una pena.

Yo no soy más que un humilde aficionado, a la búsqueda de un estilo personal y tratando de comunicar lo que interpreto de la realidad, pero le entiendo perfectamente, no me gustaría que alguien se aproveche sin más de mi esfuerzo.

Ayer reflexionando sobre el tema me puse a revisar un libro que se llama “Un día en la vida de España”, resultado de repartir a cien de los principales reporteros del mundo por nuestra geografía y reunir sus trabajos para mostrar nuestra rutina. El “experimento” se realizó en el año 1.987, en el que no se atisbaba siquiera la fotografía digital, pero la técnica fotográfica estaba en su pleno apogeo con una interconexión entre la fotografía artística y la de reportaje altísima. Ya los reporteros no se conformaban con presentar una imagen del suceso, había que dar un punto de vista diferente y el lenguaje fotográfico se había enriquecido muchísimo. Tanto que hoy por hoy aquellas imágenes probablemente han perdido fuerza en cuanto a lo que mostraban, pero el formato en el que lo hacían tiene toda su fuerza expresiva intacta.

En aquellos tiempos nos quejábamos de que la fotografía estaba considerada algo así como un arte menor, devaluada frente a otras técnicas plásticas como la pintura o la escultura. Aún así empezaban a tener auge las galerías dedicadas casi exclusivamente a los fotógrafos de éxito del momento . Hoy las circunstancias parecen haber ido a peor y en parte puede que tenga la culpa el hecho de que la tecnología parece una vez más habernos arrollado.

Si antes el ver una cámara réflex colgada de un cuello, en general, era señal de que la cabeza que iba por encima sabía de qué se trataba una cámara oscura, sabía diferenciar entre distintos tipos de película, sabía probablemente los intríngulis del laboratorio, en definitiva, sabía de fotografía, hoy no podemos hacer el mismo supuesto.

Respecto de los tiempos pasados, hoy la fotografía resulta mucho más precisa. Las cámaras son mucho más cercanas al usuario. Desde las integradas en los móviles, pasando por las compactas con todo tipo de automatismos como el reconocimiento facial, ajustes perfectos de luz, enfoques matriciales, hasta las réflex que pueden usarse de modo convencional o con diferentes programas adaptados a cada situación que hacen que el fotógrafo se convierta en un simple “encuadrador”.

Pero si consideramos todo lo anterior como puras técnicas (que lo son), hemos de juzgar la evolución por los resultados. Y ahí ya la cosa cambia. Hace años la cantidad de cámaras que andaban por la calle era mucho menor que hoy y sin embargo los resultados eran mucho mejores. Entre toda la cantidad de megabytes que se utilizan en el mundo para almacenar las imágenes que vamos generando, es difícil salvar la cuarta parte. Porque como en todo lo que sea arte hay mucha patraña.

La popularización de la fotografía ha hecho, en mi opinión, que esta se banalice. La gente cree que hacer una fotografía es simplemente apretar un botón y que si una imagen es mejor que otra es simplemente porque está hecha con una cámara más cara. Y esto lleva a la falta de respeto hacia un proceso creativo que tiene mucho de técnica y por supuesto de sensibilidad y de gusto.

Si a todo esto sumamos que en internet corre esa especie de “todo gratis”, estamos perdidos los que ponemos alguna foto en éste medio.

En cualquier caso, los que aprendimos a hacer fotos con aquellos carretes de blanco y negro, pasando horas con la luz roja o amarillo limón del laboratorio, seguiremos desafiando al siglo XXI con nuestras cámaras. Y tratando de contar la realidad según la vemos a través de nuestros objetivos. Porque la fotografía no está ni en una película ni en un sensor CMOS, está en nuestro cerebro y en nuestro corazón. Por eso duele tanto cuando nos las roban.

lunes, 16 de abril de 2012

Má vlast


De siempre he sentido una fascinación especial por todos aquellos sentimientos y movimientos creativos alrededor del concepto de patria. Aquellos intelectuales que a finales del siglo diecinueve y principios del veinte tanto le dieron vueltas al asunto nos legaron obras muy sentidas y en algunos casos indispensables en su género.
Concretamente Smetana con sus poemas sinfónicos bajo el título “Mi Patria” y sobre todo el archiconocido “El Moldava” nos dejó una música irrepetible. Tanto me gustaba y me gusta, que en mi primera visita a Praga lo primero que hice fue sentarme en una pequeña terraza que existe en una casa, que colgada sobre el río ofrece una vista privilegiada del Puente de Carlos, quizá la vista más famosa del río y desde luego bellísima. Allí, con una inevitable cerveza checa me puse en la cabeza a sonar la música de Smetana y por un rato traté de entender el sentimiento del autor frente al río que le inspiró tan patriótica partitura. Nada, fue inútil una vez más.
La música me encanta, la vista era bucólica, incluso la cerveza estaba muy buena, pero está claro que mi interés en todo lo que se refiere a las patrias es una especie de prueba de superación de un trauma que no se me va a pasar.
Y es que uno no ha creído nunca en la patria, ni en la propia ni en la de los demás. Una cosa es que pueda apoyar hasta el último momento a un pueblo a conseguir su deseo de ser nación. No es que crea en la autodeterminación si no que creo que si un pueblo puede elegir democráticamente el modelo de farolas que pone en sus calles ¿por qué no ha de poder elegir su adscripción territorial?
Pero no es para mi. Me parece bien que cada uno pueda adorar el ídolo que le parezca oportuno, pero más allá de las conveniencias económicas coyunturales, de los momentos políticos concretos, las patrias a mi no me dicen nada. No creo que el azar de nacer en un lugar o en otro pueda determinar el sentimiento hacia un país, y mucho menos que le confiera ventajas objetivas sobre los demás.
Muchas veces me he cuestionado la cosa, y es que siempre he tenido cerca gente que ha hecho apología de su patria (distintas patrias, entiéndase). Y llego siempre a la conclusión de que no tengo capacidad de sentir patriotismo. Como otros no lloran o son incapaces de decir que quieren. Yo no puedo. Para colmo la que me toca no me gusta.
Y la revisión nuevamente de lo patriótico me viene por el post del buen Servio, que a partir de un inquietante cuadro de un hombre subido a una montaña sobre un mar de niebla, me recuerda que sí al menos he sentido siempre un territorio como mio, la montaña.
Y lo bello es que esa, mi patria, está en cada sitio que hay una montaña, no tiene fronteras, no tiene idiomas. Está en cada pico que subo, en cada valle que recorro. Y además sé que la comparto con otra mucha gente que ha hecho de la montaña su patria. Es un sentimiento muy de la gente de montaña no tener un gran apego a las banderas, quizá porque marcan fronteras, y eso en sí mismo es una limitación.
Supongo que si yo hubiese tenido alguna gracia creativa la hubiese hecho valer para explicar el sentimiento del sol abrasador al caminar sobre la nieve, del frío intenso en la noche helada en una pared, de la lluvia azotando el rostro en mitad de una escalada o también de la tormenta en el valle vista desde un pico a través de un mar de nubes, mientras se obtiene la recompensa del sol a cambio del esfuerzo de la ascensión.
En definitiva la fuerza de la naturaleza ante la debilidad del hombre, pero que a la vez nos hace sentir poderosos. Como si estuviésemos desafiando a los dioses con nuestra presencia, como si fuésemos inmortales. Con el corazón repiqueteando por el esfuerzo y la cabeza emborrachada por la euforia del objetivo conseguido.
Tiene mi patria además otras ventajas y es que no compite con otras patrias. No es mejor que ninguna y nadie puede atraparla dentro de unas fronteras. Es libre y no tiene gobierno. Todos sus ciudadanos podemos dejar de serlo y volver otra vez.Y no cobra impuestos.


Nota: "Adorna" el texto una foto de mi hija y yo mismo cuando aún cantaba arias de Verdi, en la parte de mi patria que cae en los Alpes.

viernes, 6 de abril de 2012

Con las narices hinchadas.

Me hierve la sangre. Mira que me lo he intentado tomar con calma, pero no puede ser.
De siempre me he declarado católico, hasta ahora, pero me lo estoy pensando. Mi amigo Pedro dice que soy casi más calvinista que luterano a estas alturas, aunque creo que si la cosa sigue así se va a quedar corto.
Cada vez que llega la dichosa Semana Santa nos pasan por la nariz los diferentes atentados contra la salud y el buen gusto que recorren como una epidemia nuestra (nunca mejor dicho) piel de toro.

Desde los “empalaos”, los “picaos”, los que pasean sus otrora siempre calzados pies por el asfalto, los de las cadenas en los tobillos, los que se desuellan las rodillas, los que se flagelan de mil formas distintas, hasta los militares de un estado laico metidos a músico de procesión o a custodio de paso, pasando por las señoras de peineta anual renovable, me tienen contento con el mal gusto que destila la cuestión.

Y no me vale lo de la expresión cultural, lo de la tradición y lo del reclamo turístico. Como digo soy católico, y como tal no me explico el culto a lo tenebroso, la apología de la muerte por sí misma, el aprovechar la cuestión para turismo ni todo el circo que nos montan.

Mientras la Iglesia oficial nos habla de recogimiento y nos llama a la austeridad toda nuestra Andalucía se coge una cogorza en la “madrugá” entre raciones de jamón que darían envidia al peor de los borrachos. No anda lejos la austera Castilla, con sus procesiones silenciosas y de estética oscurantista, rodeadas eso sí de un montón de bares abiertos.

Y mientras ese Jesús que muere por nosotros para darnos un mensaje de esperanza y de vida (lo que parece olvidar esa Iglesia que continuamente acusa y condena), ese Jesús que muere para resucitar el domingo, es ignorado por todos ellos. Aquí cada uno tiene “su” Cristo y “su” Virgen, despreciando al del resto. Adoran a la talla y obvian lo que representa. Por eso uno se va haciendo cada vez más luterano, casi calvinista, casi ateo. Porque con la que está cayendo a veces me pregunto con verdadera angustia dónde está el Dios que permite determinadas cosas, y mirando a “su pueblo” entiendo que debe andar de incógnito en una tabernita cualquiera poniéndose tibio de manzanilla y gritando “Macarena … Guapa”, porque si de verdad es el Consejero Delegado o el Gerente de nuestro mundito, de verdad que la está cagando y es mejor que beba para olvidar. Y que se jubile. Y que haga un ERE, que tiene un consejo de administración para echarlo a la calle y unos socios que tienen intereses fuera de la empresa.