miércoles, 26 de junio de 2013

De mi pasado y presente scout.

Alguna vez fui muchacho.

Así comienza el libro “Escultismo para muchachos”, que fue en otro tiempo para mí un manual de estilo y que aún hoy permanece en mi memoria y rige mis actos.

Durante mi infancia y mi juventud estuve vinculado al escultismo de forma activa, fui educado en unos valores de respeto a la naturaleza, de espíritu de equipo, de colaboración, de liderazgo, de lucha por un mundo mejor, etc.

En aquellos tiempos no se habían inventado la mayoría de esos conceptos, pero ya nos los enseñaban. Hoy el inexorable paso del tiempo puede haber dejado los escritos de su fundador, Baden Powell, en un lugar comprometido en cuanto a las formas, pero el fondo, sigue intacto.

No hay que olvidar que el fundador del movimiento era un militar, que utilizó los medios de que disponía para tratar de orientar a una juventud que en aquel momento parecía carecer de valores. Puede engañarnos el uso de un uniforme como algo militarista, pero desde luego no era así. Era un concepto mucho más igualitario. Se trataba de que todos los miembros de la asociación estuviesen igualados en cuanto a su procedencia social y que no hubiese distinciones por unas ropas mejores que otras. Además otorgaba un sentimiento de pertenencia y servía para trabajar el respeto a los símbolos y el reconocimiento al esfuerzo a través de las insignias de progresión.

Fui completamente feliz dentro de ese movimiento, aprendí cosas que luego me han sido muy útiles en la vida, desde unos simples nudos, pasando por lo básico de los primeros auxilios hasta construir una emisora de radio. Y sobre todo fue donde comencé a salir al monte, lo que fue un detonante de la pasión de mi vida. Nunca agradeceré bastante a quienes me ayudaron en mi formación su esfuerzo y dedicación. Tuve la suerte de topar con gente maravillosa con la que aún mantengo contacto aunque sea a través de las redes sociales, pero la dispersión geográfica que hemos sufrido nos impide vernos cara a cara tan a menudo como desearíamos.

Cuando me tocó pasar de disfrutar del movimiento a entregar más de mi mismo, me tocaba ser pastor y no oveja (scouter en el argot) comenzó lo que para mi gusto ha sido una descafeinización del mismo y que para mi gusto le ha robado parte de su identidad.

Empezó la cosa por tratar de eliminar el uniforme, siguió por borrar la mayor parte de las tradiciones y acabó por arremeter contra el método mismo. Al menos así fue en el grupo al que yo pertenecía.

La vida me fue apartando de la actividad scout entre otras cosas porque mi dedicación a la montaña, los estudios, el trabajo y todo lo demás no me dejaban tiempo. Y además tenía el sentimiento de pertenecer a una parte antigua de la asociación que ya no tenía cabida en la misma.

Mi grupo scout con aquellas metamorfosis dejó de existir, cuando tenía una tradición de las más antiguas de mi ciudad, tiempo después tratamos de reactivarlo pero fue imposible.

Seguí por mi cuenta sintiéndome scout, y sigo aún teniendo en mi ideario aquellas cosas que aprendí desde niño.

Con el tiempo irrumpió en mi vida mi hija, para la que quiero la mejor educación. En algún momento pensé en inscribirla en algún grupo para que disfrutase tanto como mi mujer y yo lo hicimos en nuestra juventud. No en vano nos conocimos también en un grupo scout.

Ante la imposibilidad de encontrar algo similar a lo que conocí he tratado de transmitirle yo mismo los valores que tanto aprecio y que se entrelazan indisolublemente con los valores del alpinismo, disciplina que me sirve de guía para irla llevando a un ideario que creo aún funciona.

Como ya tiene doce años y bastante criterio, le he rescatado de la estantería un polvoriento ejemplar de “Escultismo para muchachos” y allí anda leyéndolo. Con las correspondientes salvedades que el tiempo ha marcado, creo que sigue siendo un manual de vida muy interesante.

Yo por mi parte sigo siendo scout, más concretamente me considero un rover en el exilio. Aquel lema de “Siempre Listos Para Servir” sigue siendo mi referente. Junto con la frase que abría el libro de oro del grupo al que pertenecí desde niño y a la que ya hice referencia en un post de este blog, “Que convenzas con amor y arrastres con tu ejemplo”, son además de la ley scout y la promesa los mástiles que soportan el tinglado de mi vida.

Espero que me perdonéis éste ataque de nostalgia, pero fue una época tan bonita …

miércoles, 29 de mayo de 2013

De crónicas, vedettes y sentimientos.



Tengo un carácter insufrible. No ha hecho más que comenzar el serial anual del Himalaya y ya me he calentado.

A causa de la muerte de Juanjo Garra, se están vertiendo en el estercolero periodístico los primeros detritus informativos. O no exactamente informativos, más bien “desinformativos”.

Nada nuevo, hacen igual con la política, con la religión, con el deporte en general y con todo aquello sobre lo que escriben. Han convertido los medios en centros de opinión, casi siempre poco cualificada. Y no me molesta cuando se trata de columnas de opinión, logicamente, si no cuando se trata de artículos en los que se pretende relatar un suceso.

La comparativa nos vuelve a traer a la cabeza una vez más aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Leo compulsivamente todo lo referente al mundo de la montaña, desde hace muchos años. Tantos como para poder enfrentar los recuerdos de hace más de treinta años y he visto evolucionar la información desde el relato épico de los hechos hasta la más pura opinión desinformada.

Volviendo la vista atrás me encuentro que en “mis tiempos” (entrecomillado porque los actuales también son míos y a pesar de la baja actividad sigo vivo en lo que a la montaña se refiere), el montañero más famoso era César Pérez de Tudela, funcionario del Cuerpo Nacional de Policía (entonces no se llamaba así) y lo resalto no como un demérito, si no todo lo contrario. A pesar de que la policía en aquellos años de uniforme gris no era muy popular, este hombre se alzó como el paladín de los montañeros ibéricos.

Ganó el concurso Un Millón Para el Mejor, lo que en esos años de un canal y medio de televisión significaba ser conocido por el total de la audiencia. Su aceptación popular era inversamente proporcional a la que obtenía entre el mundo de la montaña (que entonces no era nada profesional).

Este buen señor a la vez que se hacía presente en diferentes programas de radio y televisión y que parecía ser la única voz autorizada, era expulsado de su propio club de montaña y consiguió el raro honor de tener prohibida la entrada en la Federación Española de Montañismo (entonces llamada así). En ambos casos debido a su comportamiento poco ético.

Algunos os preguntaréis por qué no se supo nada de esto en su tiempo. La respuesta es sencilla. Los casos vergonzosos y vergonzantes se lavaban en casa, no se aireaban y además no había nada que ganar en sacar el ventilador de la caca más que ensuciar el buen nombre del montañismo, cosa que ni en su club ni en la Federación estaban dispuestos a consentir.

Todo esto lo conozco de primera mano y no me lo han contado terceras personas.

Sumemos al bagaje del susodicho que arrastraba la fama de ser poco fino y de tener por costumbre asistir a los entierros de sus compañeros de cordada. Incluida su entonces esposa.

En mi recuerdo queda su protagonismo del rescate de Gervasio Lastra y de Arrabal en el Naranjo de Bulnes, que quedaron atrapados a escasos metros del final de la vía que hacían en la cara oeste y en el que participaron muchos más montañeros, pero que este hombre decidió arrogarse en exclusiva.

Dicho rescate se relató en los medios con profusión, con las carencias comunicativas de la época que hacían que las noticias y las crónicas se publicasen un día o dos después del suceso. Aquello tuvo a todo el país pendiente de la vida de esos dos escaladores, de los cuales uno, Arrabal, falleció finalmente a pesar de los cuidados de su compañero.

Años más tarde, ya en los ochenta, fallecían dos montañeros en Peña Vieja (Picos de Europa). Los medios de entonces y la climatología llevaron a la muerte a aquellos dos amigos. Sin saber si estaban con vida o no los servicios de rescate de la Cruz Roja (entonces la Guardia Civil no tenía las actuales unidades de rescate), capitaneados por el mismo Gervasio Lastra que sobrevivió a aquella aventura en el Naranjo, trataban de llegar al lugar de la pared en que se encontraban los accidentados. Se sabía que llevaban varios días colgados, con lo que las esperanzas de vida eran mínimas, pero eso no limitó los esfuerzos ni los riesgos en los rescatadores. En pleno fragor de la acción de rescate aparece mi querido Pérez de Tudela con un helicóptero fletado por José María García (no recuerdo en que emisora de radio trabajaba en ese momento) y se dedicó a hacer reconocimientos aéreos por su cuenta, poniendo en riesgo las acciones de rescate que ya estaban en marcha.

Los rescatadores llegaron hasta los cuerpos de los accidentados y comprobaron que ya estaban sin vida. Eso no impidió a Pérez de Tudela decir por la radio (yo lo escuché en directo) a las familias de los montañeros que les prometía devolverlos con vida. Todo por la audiencia.

No contento con la cagada, se dedicó a criticar a los rescatadores (a lo mejor para tapar en lo posible su error), por un asunto que tiene miga. Les censuraba cortar las cuerdas y dejar caer los cuerpos para rescatarlos. Téngase en cuenta que bajarlos de otra forma hubiese puesto en riesgo las vidas de los vivos y que la otra opción era dejarlos hasta encontrar mejores condiciones climáticas a merced de las rapaces y a la vista de los siguientes escaladores.

Todo esto lo cuento para que se vea como en el primer hecho en el que un señor que la cagó a fondo (y no entraré en los detalles del primer rescate por respeto a vivos y muertos), las informaciones fueron sobre los hechos y punto, sin entrar en valoraciones por parte de nadie, pero ya en el segundo rescate contaban las audiencias y primaba el espectáculo.

En los últimos años hemos asistido a multitud de casos en los que se ha informado a fondo sobre cada muerto, con detalles escabrosos y sin reparar en el drama humano que supone para las familias de los fallecidos y para los que participan en un rescate.

Para quien no ha participado en un rescate fallido, no es fácil hacerle entender lo que uno siente cuando se vuelve a casa cansado, triste y fracasado, pensando siempre que quizá de otra forma las cosas hubieran tenido otro final. No le apetece a uno otra cosa que refugiarse en los amigos vivos y llorar a los muertos. No está uno generalmente para declaraciones. Salvo que uno sea una “vedette”, claro. Actualmente me sorprende como a pie de vía, o a los dos días del suceso, parece que no hay otra cosa mejor que hacer que dedicarse a hacer declaraciones, contradeclaraciones y emitir justificaciones que no son para nada necesarias.

Y me calienta mucho que la prensa sólo se acuerde de nosotros para hacer ver que estamos locos, que nos jugamos la vida. Y no todos funcionamos igual.

Para mí, y para otros muchos, la montaña es la vida. Y la prudencia y las medidas de seguridad me hacen creer que no corro riesgos excesivos, de hecho aquí estamos sin un accidente desde hace más de treinta años de montaña. Es mucho más probable que me reviente los cuernos con el coche de camino al trabajo que en la montaña.

Si alguien ajeno a nuestro mundillo quiere una visión menos torticera de lo que es un rescate y de lo que puede sentir un rescatador cuando no llega a tiempo, recomiendo vivamente el reportaje “Pura Vida”, presente en Youtube.

Yo por mi parte, esta tarde he estado haciendo la revisión del material que todos debemos hacer, comprobando cada mosquetón, cada empotrador, cada cinta. Repasando la cuerda metro a metro. Y también repasando la memoria, bit a bit, comprobando que si soy y he sido feliz ha sido muchas veces gracias a la montaña. Y que no me la van a amargar.

martes, 14 de mayo de 2013

La mirada miope.



Desde hace muchos años soy un gran aficionado a la fotografía. Después de mucho tiempo de hacer fotos de diferente temática uno, cuando de verdad siente la necesidad de crecer artísticamente, empieza a buscar un punto de vista nuevo, propio. Tratamos de crear un lenguaje que provoque en aquellos que ven nuestra obra una reacción. Tratamos de comunicar algo a través de las imágenes.

Nunca fui muy aficionado al retoque de laboratorio, con lo que tampoco me atrae demasiado el trabajo de ordenador para alterar lo que la cámara captó.

Esa búsqueda y los condicionantes que cada uno arrastramos me llevaron a encontrar mi punto de vista de las cosas en la mirada miope. Harto de oír que los árboles no nos dejan ver el bosque yo desde hace tiempo me centré en los árboles, dejando la visión del bosque a los demás.

Traducido a un ejemplo básico, si pensamos en una preciosa iglesia gótica la reacción inmediata es hacer una fotografía de su aspecto general, desde arriba hasta abajo. Buscaremos un encuadre correcto y aplicando la técnica fotográfica obtendremos una imagen correcta. Pero vulgar.

Si pensamos en las cosas que nos evocan el pasado, en general no son grandes imágenes. Se reducen a un olor, a una textura, a una selección concreta de una imagen global.

Uno recordará de la iglesia de su pueblo el olor de la tarima, la textura de la piedra o el reflejo del sol del atardecer dando colores a sus paredes. La imagen completa de la iglesia quedará para la página web del ayuntamiento que la mostrará orgulloso, pero eso no moverá ninguna emoción.

Y por ahí han ido mis intereses durante mucho tiempo. He despreciado la visión global del artista, de la gran obra, para centrarme en la obra del artesano. En la pequeña parte en la que podemos ver la huella dejada por la mano del autor. En una pintura por ejemplo, si la vemos de lejos veremos la belleza de la obra, pero si nos acercamos mucho podremos ver los trazos del pincel, lo que nos acerca más al mágico momento en que fue creada. Estamos casi viendo la mano del pintor al trazar.

Y esa es para mi la mirada miope, un mundo que yo mismo me he construido en mi fotografía y que me ha llevado a contemplar la vida con la misma óptica.

Poco a poco he ido aprendiendo a mirar los gestos pequeños de las personas, a observar sus pequeños tics mientras hablan. Me voy olvidando de su discurso y estoy más preocupado por escrutar su gestualidad en busca de la verdad o la mentira. Me da igual acerca de qué, sólo quiero saber si mienten, si están cómodos, si están solos. Necesito el sentimiento, me sobra lo demás.

Hoy he tenido el gran placer de despedir a una compañera que se jubilaba. Ha sido en una fiesta organizada para la ocasión. Allí estábamos alrededor de cuarenta personas. La mayoría llevamos más de veinte años compartiendo espacio laboral, con lo que nos conocemos bastante.

Y ha sido un día importante para los gestos. Para los que se han producido y para los que no se han dejado ver. Tan importante es lo que se dice como lo que se calla y en el lenguaje no verbal pasa lo mismo.

Mi compañera se va de la empresa por la puerta grande, después de muchos años de profesionalidad absoluta y de un comportamiento ejemplar. Yo la echaré de menos y no he podido callármelo, he necesitado decírselo. Acompañado eso sí de gestos nerviosos que delataban la tensión emocional.

Algunos gestos de otras personas me han llamado la atención por lo insólitos, otros por lo inapropiados y otros por lo emotivos.

Y sobre todo me han llamado la atención los gestos que no han hecho las personas que no han estado. Podrán decir lo que quieran, pero sus gestos no han arropado a nuestra compañera.

martes, 2 de abril de 2013

Ciudades del corazón.



Hay ciudades que se te agarran al corazón. Unas de forma explicable por su belleza, otras por sus gentes, incluso por sus comercios. Hay otras cuyo encanto escapa a la razón.
Una de esas incógnitas geográficas para mí es Coimbra. La conocí hace casi veinte años, cuando en nuestro país comenzábamos a levantar el vuelo después de muchos años de miseria física e intelectual.

Fue un viaje en el que recorrimos Portugal de norte a sur, simplemente parándonos en aquellos lugares que nos llamaban la atención. Coimbra era un destino que habíamos seleccionado a priori llamados por su renombrada universidad.

Nos encontramos con una ciudad, que siendo bella no es excesivamente llamativa. Es pequeña y su encanto reside en esa decadencia que casi todo aquel que ha visitado Lisboa ha reconocido en la ciudad. Pero en este caso elevada al cubo.

Sus calles, su comercio, su gente. Todo parece transportarnos a muchos años atrás. Estéticamente puede resultar complicado de ver, pero al rato te acostumbras y empiezas a descubrir un mundo mejor. Un mundo en el que se ha desterrado a la prisa, en el que la conversación alrededor de un café (¡qué café!) toma una importancia que aquí ya no concedemos.

La visita por los lugares más relevantes nos va situando en esta ciudad que se agrupa en las faldas de una colina y que es coronada por su universidad. Todo un símbolo.

Pero quizá la mejor explicación de por qué esta maravillosa ciudad me tiene enamorado sea que tiene música propia. De entre todas las versiones del fado que se producen en el país vecino, es la de Coimbra la más lírica. Es la excelencia dentro del género. El fado de Coimbra se distingue en seguida porque es el único que se ha de cantar con capa. Y únicamente los estudiantes o antiguos alumnos de la Universidad de Coimbra pueden cantarlo (en teoría). La capa es para la universidad de Coimbra lo que al resto es la toga. En toda la ciudad se respira un ambiente universitario en cierto modo parecido al de Salamanca. Una ciudad vieja con moradores bastante vetustos que se ve regenerada cada año con las correspondientes levas de carne de cañón de las diferentes facultades.

Y no puede ser lo mismo estudiar en Coimbra que estudiar en otra ciudad. Como no es lo mismo Salamanca que Huelva. Aunque las universidades más modernas estén mejor dotadas de medios, es claro que cuando uno se dispone a estudiar en lugar con tanto poso intelectual, no se encuentra en la misma disposición.

En aquella primera visita nos alojamos en un hotel que está cerca del centro pero al otro lado del río, la Quinta das lágrimas, espacio en cuyos jardines transcurrieron los amores de Pedro e Inés, una especie de Romeo y Julieta a la portuguesa. En dicho hotel existe además un restaurante que se cuenta entre los mejores del país, ambos espacios merecen una visita.

Y el derroche de melancolía y decadencia produjeron un estado de bajas defensas anímicas que desencadenaron en un enamoramiento de la ciudad que no se ha disuelto.

De vez en cuando vuelve a la cabeza el fado cantado por antiguos estudiantes que se agrupan en una asociación cultural para la conservación del mismo, cantado con la pasión del amateur y la dignidad del profesional.

Curiosamente a pesar de lo viejo, nada es cutre en Coimbra. Es auténtico. Su comercio, sus cafés, su gente. No se disfrazan de ropas caras. Sus peinados son extremadamente sencillos. De verdad que llama la atención por su simplicidad. Pero llevan la frente muy alta porque se saben poseedores de una de las universidades más antiguas del mundo. Saben que su ciudad es un templo del conocimiento y sienten un orgullo que les alimenta el ego suficientemente para no necesitar más adornos.

Y uno a veces quisiera ser portugués y de Coimbra. Y respiro cada día esperando una Revolución de los Claveles. Pobre iluso.

Y como muestra, aquí queda una versión de un fado cantada por José Afonso, natural de la ciudad y el mismo que cantó aquel Grándola que fue el chupinazo de un cambio de verdad.

Saudades de Coimbra José Afonso

Y otro muy bien cantado y con imágenes de la Coimbra actual.

Coimbra Cidades dos amores

jueves, 21 de febrero de 2013

Sentimiento inexplicable.

Hoy necesito escribir para no decir nada.

Hay días que el corazón está arrugado, como reseco. Días en los que uno necesita expresar que no puede expresar nada. O más exactamente uno quisiera poder expresar algo para aliviar el sentimiento.

Hoy estoy así. Necesito compartir lo que no es pena, ni miedo, ni dolor, ni soledad. Es un estado vacío, en el que no hay nada que decir, pero necesito contarlo. Es la misma sensación de necesitar un amigo al lado para estar callados, largo tiempo. Sin mirarse, sin tocarse, pero sentir la cercanía.

Y no hay una música que pueda poner banda sonora al asunto. Solo el silencio. Y empiezo a juntar palabras intentando transmitir algo que no es transmisible. Es algo que ni siquiera se siente. Es el vacío mismo.

Lo más parecido a esta sensación lo he sentido al terminar de subir alguna cumbre complicada, o que me ha costado mucho esfuerzo. Llegabas arriba, soltabas los arreos y te sentabas al borde de la llantina. No es una sensación agradable, ni mucho menos. Pero es un momento en el que te pones delante de ti mismo completamente desnudo, sin maquillaje.

Y consciente de las propias miserias y de los cadáveres que voy dejando por el camino me enfrento a mi persona para poder seguir riendo al día siguiente. Me enfrento y me miro de arriba abajo casi con desprecio. De una forma altiva, como exigiendo una respuesta a la pregunta que no me sé hacer.

Pasa el tiempo y poco a poco lo que parece una herida se irá cerrando, o a base de verla me parecerá más pequeña. Dejará de sangrar porque cicatrizará, o a lo mejor porque se vaya gastando la sangre. La herida irá pasando y con ella el tiempo. Y con el tiempo las oportunidades de disfrutar de la vida y los amigos.

Y como la vida manda y no puedo pensar esto que escribo sentado como me gustaría sobre una roca viendo amanecer desde una montaña, me tengo que conformar con imaginarme a mí mismo en cualquiera de esas cimas del pasado para dar sentido a esta sinrazón sentimental.

No es nostalgia tampoco, no le busquéis un nombre a lo que no siento. Es simplemente un estado de ausencia infinita. Quizá es el alma que huye de la rutina, quizá es un aviso de que estoy en la reserva de combustible anímico.

Probaremos lo de siempre. Respirar profundamente, mirar hacia adelante y coger los remos con decisión. Al fin y al cabo nadie nos dijo que todo iba a ser fácil. Habrá que remar fuerte hasta que vuelva a salir el sol. Como siempre.

Y el sol siempre sale, aunque solo sea un ratito entre las nubes.

martes, 29 de enero de 2013

La burrada del día.

En estos tiempos que corren de corrupción e incompetencia por parte de los políticos que nos gobiernan (incluyo tanto a los del partido que ostenta el poder y a los de la oposición, ya que para mí al haber sido elegidos y sentarse en el parlamento, todos forman parte del ente que decide), se alzan voces pidiendo que los que se sientan en el hemiciclo tengan mayor formación.
Se pide que su currículum sea homologable al de cualquier dirigente de la empresa. Que tengan estudios superiores, que hablen idiomas, que aporten experiencia previa. Se pide en definitiva que se trate de evitar el sonrojo que nos produce cada vez que mandamos a nuestros representantes al extranjero y les vemos reeditar “cateto a babor”.
Ya duele que a estas alturas tengan que esperar a ocupar la Moncloa para darse cuenta de que necesitan un nivel un poco decente de inglés, que no basta con la meritocracia ejercida dentro del partido para comunicarse con el exterior. Están tan sumidos en su propia dinámica interna de partido que no son conscientes de que hay vida más allá de la puerta de sus sedes, con lo que el día que toman el poder se encuentran con que no tienen herramientas comunicativas.
Y en la primera cumbre internacional a la que asisten, se quedan desarbolados. Perdidos. Viendo cómo el resto de sus colegas conversa sin necesidad de la incómoda presencia del intérprete. Ven cómo el resto puede mantener la intimidad de la conversación y ellos mientras necesitan tener un extraño presente dando fe de que son unos verdaderos gañanes que no saben ni inglés.
En lo referente a la formación todos nuestros presidentes son o han sido abogados, salvo uno que era ingeniero (Calvo-Sotelo). En ese punto cumplen el deseo que se expresa en la calle de que tengan una licenciatura, pero no así en el de la experiencia laboral. Cada vez más, los políticos acceden a los cargos de responsabilidad por haber medrado en el partido de forma adecuada, no por ofrecer una experiencia privada o pública que vaya a enriquecer el desarrollo de su cargo. Es al revés, el desarrollo de su cargo deberá enriquecerles a ellos.
Y en el capítulo de idiomas, lo dicho. El Presidente del Gobierno ignora las lenguas cooficiales del Estado, desconoce el alemán que le facilitaría el contacto con quien nos financia y su nivel de inglés también es muy limitado, impidiéndole hacer un aparte con ningún político extranjero, salvo que el interpelado sepa español.
Y a la gente le da por subirse por las paredes y clamar en el desierto pidiendo que el próximo Presidente del Gobierno y sus secuaces tengan más formación y más experiencia antes de acceder a sus cargos (la batalla de los actuales la damos siempre por perdida).
Mi propuesta va más allá. A estos merluzos que vienen ocupando los sillones azules del Congreso los vota alguien. Es más, alguien vota también al resto. No podemos llamarnos a andanas una vez que los hemos elegido. No vale decir ahora que no tienen formación y que hay que limitar el acceso por razones de sapiencia. A quienes les votaron no les importó. Y ahora ya no tiene remedio. Por eso mi burrada de hoy es pedir que se limite el acceso a las urnas a las personas sin criterio. Que no haya posibilidad de que alguien elija mal, que nadie pueda votar a otro que no lo merezca, que cuando hagamos el casting, lo hagamos entre los que sí sabemos elegir.
Claro que se me preguntará ¿y quién pone los baremos, quién selecciona los que sí y los que no? Pues yo mismo. Me comprometo a hacer yo mismo la criba. Nada más necesitaré saber a quién han votado en las elecciones anteriores. Es más, únicamente necesitaré saber si votaron. Si lo hicieron ya eligieron mal. Y no les dejaré reincidir, que de aquellos polvos, estos lodos. Palabra.

domingo, 16 de diciembre de 2012

A tomar por saco los palos del sombrajo.


Hoy he estado de manifestación por Madrid. Y se me han roto algunos esquemas, o de forma más castiza se me han caído los palos del sombrajo. Algunos al menos.

En primer lugar, aquello de que los jóvenes son pasivos y no se mueven. Entre un montón de gente, poca había más mayor que yo. Cierto que el mundo de la sanidad, puramente vocacional, es caladero de gente comprometida, pero lo importante es que la mayoría era gente joven. Probablemente médicos del MIR, enfermeras y auxiliares, que en general son jóvenes, pero sea como fuere ahí estaban.

También ha habido hoy para mí un cambio importante en el escenario. Una manifestación de miles de personas (no sé cuántos miles, pero mucha gente) y ni una bandera de sindicatos ni partidos políticos. Una iniciativa puramente profesional y social. Me he sentido cómodo como nunca. No he tenido la sensación de estar haciéndole el caldo gordo con mi presencia a ningún chupasangres de la política institucional (incluyo sindicatos).

Ha sido a ratos emocionante, a pesar de que uno no anda con muchas esperanzas puestas en la utilidad de la protesta, pero era mi obligación asistir.

Nuestra maltrecha sanidad pública me ha sacado dos veces del agujero. Primero de una dolencia cardiaca y luego de un cáncer. Palabras mayores, oiga. Y aquí estoy vivito y coleando gracias a que el sistema y los profesionales estaban ahí. Dando sin medida. Luchando sin mirar el precio de las balas. Si se hubiesen andado con contemplaciones de hacer primero las pruebas más baratas, a lo peor hoy había un manifestante menos en la calle.

Y yo quiero las mismas oportunidades para mi hija. Y para su compañero de clase, que además es búlgaro, pero vive aquí y es nuestro amigo y sus padres trabajan todos los días, como yo.

Y me he sentido pequeñito y a la vez orgulloso rodeado de miles de profesionales, que como los que se encargaron de mi caso luchan día a día contra la enfermedad y contra el sistema, que nunca les ayudó.

El sistema es imperfecto. Estoy de acuerdo en que hay que gestionarlo mejor. Pero esa es la obligación que no saben cumplir estos políticos incapaces, que son los que meten la mano en el cajón y luego señalan a los que trabajan como responsables de las telarañas de la caja.

Si el coste de un paciente es x, no comprendo que con una gestión privada que mantenga las condiciones de la atención y las condiciones laborales pueda mejorar, dando además dividendos (lo que es imprescindible cuando hablamos de gestión privada).

Y si se compromete la calidad de la atención, o el profesional que se tiene que pasar doce horas conmigo encerrado en el quirófano está mal pagado o en condiciones peores aún que las actuales (que ya de por sí no son buenas), ya me dirán ustedes con que ánimo me dejo yo sajar. Y si alguien conoce otra incógnita de la ecuación, que me lo haga saber.

Hoy he estado rodeado de médicos que saltaban, bailaban, gritaban y que habrán en algunos casos estado de guardia toda la noche. Ya no tienen nada que ver con aquel estereotipo que teníamos del médico como un señor mayor con su carterita. Nada que ver con ese médico (si se le puede seguir llamando así) que por un puñado de euros se presta a capitanear un servicio de emergencia en el Madrid Arena a la edad de 77 años.

Los que de una forma u otra hemos estado en activo en dispositivos de emergencias sanitarias sabemos el desgaste físico que supone. Sabemos que había que ir descansado y que volvías molido. Y eso si las cosas no pintaban mal. Si había “movida”, te temblaban las cachas al acabar. Y resulta que este señor se mete en el baile a sus años. Y sin contrato. De palabra y apretón de mano, como los ganaderos. Y se lleva a su hijo a que le eche una manita, a pesar de sus incompatibilidades laborales. Si lo hace un Juan Nadie, lo enchironan preventivamente, fijo.

Afortunadamente se extingue esa raza. Hoy los médicos (y el resto del personal sanitario) son en general otra cosa. Desde luego que los hay que sacan rendimiento a sus clínicas privadas, eso me parece lícito. El que quiera que las pague. Pero la dignidad de nuestros centros públicos estará a salvo mientras los profesionales que hoy han salido a la calle sigan luchando. Y ello desde luego les está suponiendo un coste económico altísimo. Además de sufrir los recortes como el resto de los funcionarios tienen que soportar los gastos de la huelga. Son gente solidaria, por encima de cualquier ideología política. De hecho siempre fueron los médicos de entre los científicos los que tenían una visión más humanística del mundo.

Y en esas me he vuelto a casa deseando escribir otra vez para darles las gracias, para decirles que me tienen ahí. Desde los jefes de servicio hasta el personal auxiliar de administración, o de limpieza. A todas y cada una de las caras que me encuentro cuando voy a mis revisiones. A quienes me hicieron seguir adelante.

Que no voy a quedarme callado mientras nos perforan el sistema para extraer su petroleo.
Hay una sociedad que funciona aparte de la corrupción, aparte de los Lasquetti, de los Viñals, de los que van a sacar tajada y se olvidan de los códigos deontológicos y de todas aquellas cosas tan románticas en las que algunos aún creemos.

Gracias a todos los trabajadores de la Sanidad Pública (siempre con mayúsculas).