miércoles, 30 de mayo de 2012

Logopedas.


Os ruego que observéis atentamente la imagen que encabeza el post. Supongo que la mayoría veis a un grupo de gente que lo pasa bien. Otros veréis a un afortunado varón rodeado de agraciadas señoritas. Algunos veréis en la imagen simplemente un momento de juerga.

Yo no veo nada de eso, o veo todo a la vez y no me importa porque veo algo mucho más importante. Yo veo un grupo de profesionales como la copa de un pino. Veo a los responsables de que yo hoy pueda hacer lo mismo que ellos. Puedo trabajar, puedo comunicarme, puedo ir de juerga con mis amigos, puedo pasarlo bien. Quizá lo único que no está a mi alcance es poder ir de mojitos rodeado de tan interesante compañía como la que rodea al suertudo caballero de la foto.

Dicho caballero tengo el honor de decir que es mi amigo. Nos conocimos hace muchos años y la vida nos separó como luego nos ha vuelto a juntar. Pero esta vez el destino me ponía en sus manos para que me devolviese la voz.

Gracias a mi amigo y a todas esas encantadoras mujeres que le rodean yo he recuperado mi voz que había perdido por los efectos colaterales de una cirugía salvadora, pero un poquito canalla

Ellos han hecho día a día con mucha paciencia que yo fuese recobrando al menos parte de lo que fue un chorro de voz y que hoy no pasa de reguerillo, pero que me permite hacer una vida normal.

Han sido pacientes, amables, cariñosos y sobre todo muy profesionales. Les he visto tratar a personas mayores con una dedicación y un amor muy por encima de lo que ningún sueldo puede pagar. Su implicación con cada paciente va muy por encima de una cuestión clínica, se dejan la piel en arrastrarnos hacia un futuro mejor para cada uno de nosotros.

Muchas veces pensamos que los profesionales de la sanidad pública tienden a insensibilizarse, que llega un momento que tienen que hacerse una coraza para defenderse del dolor que les rodea. En el caso de éste servicio puedo decir que trabajan sin red, que se entregan sin medida y que esa entrega los pacientes la recibimos como un estímulo difícil de sustituir.

No doy sus nombres porque no les he pedido permiso, pero ellos ya saben cómo se llaman. Bastante es que les he robado esta foto para tener un recuerdo de ellos y compartirlo con mis amigos que leen estos desbarros que escribo. Diré nada más que trabajan (o estudian) en la cada vez más mermada de medios Sanidad Pública (así, con mayúsculas) y que engrandecen con su actitud a un sistema que a algunos nos ha salvado la vida.

Os lo debo chicos. Gracias de verdad. Sabéis que en este humilde paciente tenéis un amigo, un esclavo, un siervo (que diría el gran López-Vázquez). Ahora he de seguir por mi cuenta, sin vuestra ayuda. Aunque os parezca mentira voy a echar de menos esas tardes de martes y jueves donde entre ejercicios de pataké pataká echábamos esas risas que también deberían de estar prescritas como terapia.

El sistema no juega a vuestro favor, sabéis que tenéis cosas y personas en contra, pero también tenéis que saber que en cada uno de nosotros que sale adelante hay algo de vosotros que nos acompañará siempre.

Y ahí queda la foto, como testimonio. No están todos, faltan algunas caras que también me han ayudado estos meses. Y sirva de aviso, todo aquel que se encuentre a estos individuos en algún local tomando mojitos, ha de saber que se encuentra ante unos grandes profesionales y unas excelentes personas. Que lo menos que puede hacer es invitarles a lo que quieran y que si alguna vez cae en sus manos, que se deje llevar. Estará lo más cerca posible que se puede de solucionar su problema. Son muy buenos.


Gracias de verdad. Besos a ellas y a ti amigo mio un abrazo muy fuerte. Hasta pronto.

lunes, 21 de mayo de 2012

La fotografía, espejo de la realidad.




Un buen amigo periodista, escritor y fotógrafo (comunicador omnímodo), está desde hace tiempo en campaña de reivindicación de la autoría de las imágenes. Es cierto que cada vez con más frecuencia se omite en los medios al autor de la fotografía, cosa impensable con el autor de los textos. Y la fotografía también tiene un autor. Y es un trabajo más que hay que respetar.

Mi amigo nos regalaba a través de su muro de Facebook al menos una foto diaria, bien de flores (de las que debe tener una magnífica y preciosa colección) o de sugerentes imágenes que desataban los comentarios de los que las recibíamos. Pues bien, ha tenido que dejar de hacernos tan bonito obsequio porque, a pesar de sus advertencias, alguien se dedicaba a utilizarlas para otros fines sin su expreso consentimiento. Una pena.

Yo no soy más que un humilde aficionado, a la búsqueda de un estilo personal y tratando de comunicar lo que interpreto de la realidad, pero le entiendo perfectamente, no me gustaría que alguien se aproveche sin más de mi esfuerzo.

Ayer reflexionando sobre el tema me puse a revisar un libro que se llama “Un día en la vida de España”, resultado de repartir a cien de los principales reporteros del mundo por nuestra geografía y reunir sus trabajos para mostrar nuestra rutina. El “experimento” se realizó en el año 1.987, en el que no se atisbaba siquiera la fotografía digital, pero la técnica fotográfica estaba en su pleno apogeo con una interconexión entre la fotografía artística y la de reportaje altísima. Ya los reporteros no se conformaban con presentar una imagen del suceso, había que dar un punto de vista diferente y el lenguaje fotográfico se había enriquecido muchísimo. Tanto que hoy por hoy aquellas imágenes probablemente han perdido fuerza en cuanto a lo que mostraban, pero el formato en el que lo hacían tiene toda su fuerza expresiva intacta.

En aquellos tiempos nos quejábamos de que la fotografía estaba considerada algo así como un arte menor, devaluada frente a otras técnicas plásticas como la pintura o la escultura. Aún así empezaban a tener auge las galerías dedicadas casi exclusivamente a los fotógrafos de éxito del momento . Hoy las circunstancias parecen haber ido a peor y en parte puede que tenga la culpa el hecho de que la tecnología parece una vez más habernos arrollado.

Si antes el ver una cámara réflex colgada de un cuello, en general, era señal de que la cabeza que iba por encima sabía de qué se trataba una cámara oscura, sabía diferenciar entre distintos tipos de película, sabía probablemente los intríngulis del laboratorio, en definitiva, sabía de fotografía, hoy no podemos hacer el mismo supuesto.

Respecto de los tiempos pasados, hoy la fotografía resulta mucho más precisa. Las cámaras son mucho más cercanas al usuario. Desde las integradas en los móviles, pasando por las compactas con todo tipo de automatismos como el reconocimiento facial, ajustes perfectos de luz, enfoques matriciales, hasta las réflex que pueden usarse de modo convencional o con diferentes programas adaptados a cada situación que hacen que el fotógrafo se convierta en un simple “encuadrador”.

Pero si consideramos todo lo anterior como puras técnicas (que lo son), hemos de juzgar la evolución por los resultados. Y ahí ya la cosa cambia. Hace años la cantidad de cámaras que andaban por la calle era mucho menor que hoy y sin embargo los resultados eran mucho mejores. Entre toda la cantidad de megabytes que se utilizan en el mundo para almacenar las imágenes que vamos generando, es difícil salvar la cuarta parte. Porque como en todo lo que sea arte hay mucha patraña.

La popularización de la fotografía ha hecho, en mi opinión, que esta se banalice. La gente cree que hacer una fotografía es simplemente apretar un botón y que si una imagen es mejor que otra es simplemente porque está hecha con una cámara más cara. Y esto lleva a la falta de respeto hacia un proceso creativo que tiene mucho de técnica y por supuesto de sensibilidad y de gusto.

Si a todo esto sumamos que en internet corre esa especie de “todo gratis”, estamos perdidos los que ponemos alguna foto en éste medio.

En cualquier caso, los que aprendimos a hacer fotos con aquellos carretes de blanco y negro, pasando horas con la luz roja o amarillo limón del laboratorio, seguiremos desafiando al siglo XXI con nuestras cámaras. Y tratando de contar la realidad según la vemos a través de nuestros objetivos. Porque la fotografía no está ni en una película ni en un sensor CMOS, está en nuestro cerebro y en nuestro corazón. Por eso duele tanto cuando nos las roban.

lunes, 16 de abril de 2012

Má vlast


De siempre he sentido una fascinación especial por todos aquellos sentimientos y movimientos creativos alrededor del concepto de patria. Aquellos intelectuales que a finales del siglo diecinueve y principios del veinte tanto le dieron vueltas al asunto nos legaron obras muy sentidas y en algunos casos indispensables en su género.
Concretamente Smetana con sus poemas sinfónicos bajo el título “Mi Patria” y sobre todo el archiconocido “El Moldava” nos dejó una música irrepetible. Tanto me gustaba y me gusta, que en mi primera visita a Praga lo primero que hice fue sentarme en una pequeña terraza que existe en una casa, que colgada sobre el río ofrece una vista privilegiada del Puente de Carlos, quizá la vista más famosa del río y desde luego bellísima. Allí, con una inevitable cerveza checa me puse en la cabeza a sonar la música de Smetana y por un rato traté de entender el sentimiento del autor frente al río que le inspiró tan patriótica partitura. Nada, fue inútil una vez más.
La música me encanta, la vista era bucólica, incluso la cerveza estaba muy buena, pero está claro que mi interés en todo lo que se refiere a las patrias es una especie de prueba de superación de un trauma que no se me va a pasar.
Y es que uno no ha creído nunca en la patria, ni en la propia ni en la de los demás. Una cosa es que pueda apoyar hasta el último momento a un pueblo a conseguir su deseo de ser nación. No es que crea en la autodeterminación si no que creo que si un pueblo puede elegir democráticamente el modelo de farolas que pone en sus calles ¿por qué no ha de poder elegir su adscripción territorial?
Pero no es para mi. Me parece bien que cada uno pueda adorar el ídolo que le parezca oportuno, pero más allá de las conveniencias económicas coyunturales, de los momentos políticos concretos, las patrias a mi no me dicen nada. No creo que el azar de nacer en un lugar o en otro pueda determinar el sentimiento hacia un país, y mucho menos que le confiera ventajas objetivas sobre los demás.
Muchas veces me he cuestionado la cosa, y es que siempre he tenido cerca gente que ha hecho apología de su patria (distintas patrias, entiéndase). Y llego siempre a la conclusión de que no tengo capacidad de sentir patriotismo. Como otros no lloran o son incapaces de decir que quieren. Yo no puedo. Para colmo la que me toca no me gusta.
Y la revisión nuevamente de lo patriótico me viene por el post del buen Servio, que a partir de un inquietante cuadro de un hombre subido a una montaña sobre un mar de niebla, me recuerda que sí al menos he sentido siempre un territorio como mio, la montaña.
Y lo bello es que esa, mi patria, está en cada sitio que hay una montaña, no tiene fronteras, no tiene idiomas. Está en cada pico que subo, en cada valle que recorro. Y además sé que la comparto con otra mucha gente que ha hecho de la montaña su patria. Es un sentimiento muy de la gente de montaña no tener un gran apego a las banderas, quizá porque marcan fronteras, y eso en sí mismo es una limitación.
Supongo que si yo hubiese tenido alguna gracia creativa la hubiese hecho valer para explicar el sentimiento del sol abrasador al caminar sobre la nieve, del frío intenso en la noche helada en una pared, de la lluvia azotando el rostro en mitad de una escalada o también de la tormenta en el valle vista desde un pico a través de un mar de nubes, mientras se obtiene la recompensa del sol a cambio del esfuerzo de la ascensión.
En definitiva la fuerza de la naturaleza ante la debilidad del hombre, pero que a la vez nos hace sentir poderosos. Como si estuviésemos desafiando a los dioses con nuestra presencia, como si fuésemos inmortales. Con el corazón repiqueteando por el esfuerzo y la cabeza emborrachada por la euforia del objetivo conseguido.
Tiene mi patria además otras ventajas y es que no compite con otras patrias. No es mejor que ninguna y nadie puede atraparla dentro de unas fronteras. Es libre y no tiene gobierno. Todos sus ciudadanos podemos dejar de serlo y volver otra vez.Y no cobra impuestos.


Nota: "Adorna" el texto una foto de mi hija y yo mismo cuando aún cantaba arias de Verdi, en la parte de mi patria que cae en los Alpes.

viernes, 6 de abril de 2012

Con las narices hinchadas.

Me hierve la sangre. Mira que me lo he intentado tomar con calma, pero no puede ser.
De siempre me he declarado católico, hasta ahora, pero me lo estoy pensando. Mi amigo Pedro dice que soy casi más calvinista que luterano a estas alturas, aunque creo que si la cosa sigue así se va a quedar corto.
Cada vez que llega la dichosa Semana Santa nos pasan por la nariz los diferentes atentados contra la salud y el buen gusto que recorren como una epidemia nuestra (nunca mejor dicho) piel de toro.

Desde los “empalaos”, los “picaos”, los que pasean sus otrora siempre calzados pies por el asfalto, los de las cadenas en los tobillos, los que se desuellan las rodillas, los que se flagelan de mil formas distintas, hasta los militares de un estado laico metidos a músico de procesión o a custodio de paso, pasando por las señoras de peineta anual renovable, me tienen contento con el mal gusto que destila la cuestión.

Y no me vale lo de la expresión cultural, lo de la tradición y lo del reclamo turístico. Como digo soy católico, y como tal no me explico el culto a lo tenebroso, la apología de la muerte por sí misma, el aprovechar la cuestión para turismo ni todo el circo que nos montan.

Mientras la Iglesia oficial nos habla de recogimiento y nos llama a la austeridad toda nuestra Andalucía se coge una cogorza en la “madrugá” entre raciones de jamón que darían envidia al peor de los borrachos. No anda lejos la austera Castilla, con sus procesiones silenciosas y de estética oscurantista, rodeadas eso sí de un montón de bares abiertos.

Y mientras ese Jesús que muere por nosotros para darnos un mensaje de esperanza y de vida (lo que parece olvidar esa Iglesia que continuamente acusa y condena), ese Jesús que muere para resucitar el domingo, es ignorado por todos ellos. Aquí cada uno tiene “su” Cristo y “su” Virgen, despreciando al del resto. Adoran a la talla y obvian lo que representa. Por eso uno se va haciendo cada vez más luterano, casi calvinista, casi ateo. Porque con la que está cayendo a veces me pregunto con verdadera angustia dónde está el Dios que permite determinadas cosas, y mirando a “su pueblo” entiendo que debe andar de incógnito en una tabernita cualquiera poniéndose tibio de manzanilla y gritando “Macarena … Guapa”, porque si de verdad es el Consejero Delegado o el Gerente de nuestro mundito, de verdad que la está cagando y es mejor que beba para olvidar. Y que se jubile. Y que haga un ERE, que tiene un consejo de administración para echarlo a la calle y unos socios que tienen intereses fuera de la empresa.

viernes, 23 de marzo de 2012

Una instantánea en el recuerdo.


Me voy a permitir, no sé si a mi pesar, un pequeño ejercicio de exhibicionismo de mis recuerdos.

Guardo con mucho cariño una foto de cuando no tenía barba, es decir de los quince años, ya que a los dieciséis decidí no afeitarme y he seguido hasta ahora fiel a mi precepto, salvo una vez a los veinte. El intento fue fallido y automáticamente deje de nuevo crecer el camuflaje facial. Pero no es mi barba el objeto del post.

Como digo, tenía quince años, una edad en la que no había límites. Mi cuerpo funcionaba en la montaña como un reloj suizo. A pesar de que aún me quedaban por delante unos años para consolidar mi mecanismo, la respuesta al esfuerzo era fantástica. Tengo un recuerdo maravilloso de aquellos años. Y esta foto es el centro de muchos de ellos. Está hecha en la cima del Naranjo de Bulnes, que por entonces (y aún hoy) era una de mis obsesiones montañeras. La montaña perfecta para escalar, inaccesible para los no escaladores, un mito de la época.

Falta en la foto el que la hace, Luis. Los demás son Milli, Jesús, Lali y un servidor.

Aquellos días en los Picos fueron una delicia. Pude compartirlos con aquellos compañeros que además lo eran de cordada (una de tres y otra de dos, por supuesto), y con otra gente que poblaba el Campamento Nacional de Montaña en el que se celebraba el 75 aniversario de la primera escalada al Naranjo. Corría (que se las pelaba) el año 1.979. Pude andar junto a Teógenes Díaz en una marcha por el Cares, compartir con montañeros que han escrito las primeras páginas de la escalada en España. Pude preguntar en las tertulias nocturnas mis dudas a Jordi Pons, a Miguel Ángel García Gallego. Pude comer un “bollo preñao” con Jerónimo López. En fin, que pude entablar cierta amistad con gente a la que luego frecuentaría más adelante.

Aprendí mucho en aquellos años. Disfruté más aún. Y para que quede constancia de aquella época he pensado compartir la susodicha foto que he guardado desde entonces con mucho cariño. Tengo otras fotos de otras escaladas (pocas a decir verdad), pero no sabría decir por qué a esta le tengo un cariño especial.

Y como entonces la mayoría de los que echáis un vistazo a éste post no me conocías, he decidido dejárosla ver. Pero solo un poquito.

martes, 20 de marzo de 2012

Un nuevo colega para la montaña.

Tendría que dar gracias a Dios todos los días por los amigos que tengo. Pero con frecuencia se me olvida hacerlo, debido fundamentalmente a que los tengo cada vez que quiero, no me da tiempo a echarlos en falta. Unos u otros siempre están ahí, sin darme tiempo a estar solo más allá del tiempo que yo deseo estarlo. Y el domingo ahí estuvieron otra vez, en esta ocasión andando por el monte que es nuestro medio natural de expresión, el sitio de nuestro recreo que diría la canción. Es ese lugar en el que todos nosotros somos más nosotros mismos, donde reímos con ganas y sin artificio, donde callamos sin reservas el tiempo que necesitamos sin que el silencio nos moleste.

Y entre risas y resbalones en el hielo, al que mis experimentadas posaderas volvieron una vez mas a tomar la temperatura de golpe, allí estaba un compañero de ruta especial. Alguien que estuvo toda la jornada pendiente de mí. Discreta y calladamente, pero pendiente de cada movimiento que yo hacía. Por primera vez desde que salimos juntos al monte sentí a mi hija como un compañero más, no como alguien de quien tengo que ir pendiente, si no de uno más de nosotros. Estuvo tranquila en los pasos en que algunos adultos hacían aspavientos, preocupada cuando yo hacía volatines en la pista de patinaje, divertida con las bromas, participativa en las conversaciones pero sin salir del espacio que por edad le toca. Después de comer, ella (y yo) teníamos frío, con lo que nos adelantamos en la salida a los demás. Y estuvimos un rato solos andando. Me fue comentando durante ese rato sus impresiones sobre lo acontecido en el día, se preocupaba de que yo fuese andando por el sol para que recuperase calor, me gastaba bromas, éramos cómplices.

Luego, todos agrupados otra vez después de un rato buscando truchas juntos, ella seguía caminando a mi lado. No hubo quejas de la distancia, ni del frío, ni de nada. Disfrutó de verdad. Y todo ello me recordó cuando yo a su edad compartía jornadas montañeras con gente bastante mayor que yo y que me enseñó tanto. Yo tuve más suerte que ella, porque mis compañeros eran gente con una experiencia muchísimo más valiosa que la mía, pero a cambio yo tengo el compromiso de entregarle lo que se y lo que me enseñaron, que fue mucho. Además si en algo cuenta el orgullo que siente el que enseña, en mi caso estoy convencido de que nadie habrá más henchido que yo ante semejante alumno.

Ya no se conforma con ir y venir, pregunta acerca de las cuestiones técnicas. Se informa de las cimas de los alrededores. Y ya hace peticiones de los sitios a los que quiere subir. Es mucho comparado con lo que he visto en los últimos años en los adultos.

Y no es pasión de padre, de verdad que es buena compañera para la montaña. A poco que aprenda bien algunas técnicas y gane un poco de autonomía no habrá quien la eche el guante. He visto bastantes aprendices de brujo y esta apunta maneras.

Y con ella, con mi santa y con mis amigos disfruté de un domingo en el que brillaron por igual el sol y el frío. Un domingo en el que descubrí por primera vez en mi hija el primer rasgo de lo que siempre he deseado ver, como cuando un escultor empieza a ver la obra en la piedra que va cincelando. No quiero atar su futuro a mis deseos, pero si quiero disfrutar junto a ella de lo que para mi es el centro de mi vida. Que elija la profesión que quiera, que haga con su vida lo que le de la gana, pero que no pierda el gusto de sacar a paseo a su padre con una mochila a la espalda.

La montaña para algunos de nosotros es tan importante como pueda serlo nuestra profesión, e incluso tanto como nuestra religión o en su caso el esquema moral que cada uno tenga. Nos ha hecho ser como somos, nos ha forjado el carácter y la voluntad. Y además, como si fuera una tarta de cumpleaños, nos ha puesto por encima esos adornos tan bonitos y tan dulces que son los amigos. Amigos que sin la montaña probablemente no tendríamos. Todo ello forma una unidad indisoluble.

Y mi hija ya es una de las guindas de la tarta.

martes, 6 de marzo de 2012

Cosas de niños de casi cincuenta.

Hace cuarenta años compartíamos pupitre. El otro día compartimos un cocido. Fantástico. Fantástico el cocido y fantástico el rato que pasamos.
Está bien que de vez en cuando el pasado de una patada a la puerta de la normalidad y okupe el presente, así, de golpe y porrazo. Tras décadas de olvido una ráfaga de viento quitó el polvo a los recuerdos y volvieron a brillar los rostros de los compañeros, las portadas de los libros, los juegos y aquel proceso de aprendizaje que empezaba a ponerse en marcha.
A Karlos le había visto ya antes, ya habíamos iniciado la recuperación de los recuerdos, pero ciertamente fue con Gonzalo con quien la maquinaria se puso definitivamente en marcha. Quizá Karlos ha necesitado más espacio para los nuevos conocimientos y ha tenido que tirar lastres que no eran útiles mientras que Gonzalo y yo nos hemos ido apañando con menos espacio, lo cierto es que parece que nos acordamos de más cosas. No es importante, desde luego. Lo importante es el espíritu con el que se recuerdan las cosas, no la claridad de las imágenes.
Todo empezó en un aula que albergaba a unos cuarenta arrapiezos con todo su futuro por delante. Verdaderos diamantes verdaderamente en bruto. Y el primer joyero encargado de tallarlos se llamó Juan Bonet. Nuestro primer profesor. Como ninguno teníamos experiencia anterior en el colegio (salvo los que pasamos por párvulos, que entonces no era obligatorio), no podíamos comparar, pero la cosa empezó amena.
Recuerdo algunos detalles significativos de aquel curso. En cuanto hacía buen tiempo nuestro profesor nos sacaba a la calle. Quiero recordar que éramos cuarenta y no había profesores de apoyo ni auxiliares para control de la manada, ni perros pastores. Una de las veces nos llevó andando desde el colegio hasta el Cementerio Civil (y vuelta) donde pudimos ver las tumbas de Pío Baroja, de Pablo Iglesias, etc. Al volver a casa yo lo conté con toda la naturalidad. Naturalidad que faltaba en los adultos a la hora de encajar el asunto (era el año 68, creo). En otra ocasión nos llevó a visitar a unos gitanos que estaban acampados en unos terrenos relativamente próximos al colegio. Ellos nos contaron sus costumbres mientras nosotros abríamos los ojos con absoluta falta de prejuicios. Y yo al volver a casa lo expliqué de nuevo con la misma naturalidad de la otra vez.
Si permanecíamos en el aula hacíamos ejercicios de lectura de un libro de cuentos que aún conservo, y sobre todo cantábamos. Por si alguien se acuerda pongo abajo un link a una página web que contiene la canción traducida del Tío Pep que nos enseñó aquel buen maestro orgulloso de su lengua materna. Era valenciano.
Me viene también a la cabeza un compañero más que no estaba matriculado. Se llamaba Alfonso. Era un vecino algo mayor que nosotros que no iba al colegio porque tenía síndrome de Down. Entonces las cosas eran así. Me parece estar viéndole, armado siempre de un rastrillo de plástico que usaba como herramienta multiuso y que una vez acabó haciendo trizas un disco que estábamos escuchando en uno de aquellos pickup “portátiles” de la época. Alfonso aparecía de vez en cuando en la puerta de clase y Don Juan le hacía sentarse con nosotros a compartir nuestra clase. Se sumaba también a nuestros juegos en el recreo y a la salida del cole. Como uno más. Años después han hecho algo así de forma oficial y le han llamado integración.
Y en esas condiciones empezó nuestro aprendizaje en aquel colegio. Muchos años después al encontrarme con distintos compañeros de esos años, aunque sea fugazmente, he podido comprobar que los niveles académicos alcanzados han sido heterogéneos, pero en general se había conseguido el objetivo que yo me he marcado para con mi hija. Formar personas. Y además buenas personas. No es poco.
Mis padres habían elegido ese colegio por proximidad y porque alguien se lo había recomendado. Tiempo después supe que aquel centro tenía un ideario y que estaba basado en los preceptos que sentó en su día la Institución Libre de Enseñanza.
Lo cierto es que con profesores mejores y peores el tiempo fue transcurriendo y dejando un recuerdo maravilloso de aquellos años absolutamente felices entre rodillas llenas de costras, amistad y descubrimientos.
¡Qué bonito está siendo recordarlo! Gracias amigos por hacerme revivir tan buenos momentos.

Otro día le daremos un repasito a los personajes que formaron el cuento, que no tienen desperdicio.

Link para la canción del Tío Pep:

http://www.comarcarural.com/valencia/musica/eltiopep.htm