martes, 29 de enero de 2013

La burrada del día.

En estos tiempos que corren de corrupción e incompetencia por parte de los políticos que nos gobiernan (incluyo tanto a los del partido que ostenta el poder y a los de la oposición, ya que para mí al haber sido elegidos y sentarse en el parlamento, todos forman parte del ente que decide), se alzan voces pidiendo que los que se sientan en el hemiciclo tengan mayor formación.
Se pide que su currículum sea homologable al de cualquier dirigente de la empresa. Que tengan estudios superiores, que hablen idiomas, que aporten experiencia previa. Se pide en definitiva que se trate de evitar el sonrojo que nos produce cada vez que mandamos a nuestros representantes al extranjero y les vemos reeditar “cateto a babor”.
Ya duele que a estas alturas tengan que esperar a ocupar la Moncloa para darse cuenta de que necesitan un nivel un poco decente de inglés, que no basta con la meritocracia ejercida dentro del partido para comunicarse con el exterior. Están tan sumidos en su propia dinámica interna de partido que no son conscientes de que hay vida más allá de la puerta de sus sedes, con lo que el día que toman el poder se encuentran con que no tienen herramientas comunicativas.
Y en la primera cumbre internacional a la que asisten, se quedan desarbolados. Perdidos. Viendo cómo el resto de sus colegas conversa sin necesidad de la incómoda presencia del intérprete. Ven cómo el resto puede mantener la intimidad de la conversación y ellos mientras necesitan tener un extraño presente dando fe de que son unos verdaderos gañanes que no saben ni inglés.
En lo referente a la formación todos nuestros presidentes son o han sido abogados, salvo uno que era ingeniero (Calvo-Sotelo). En ese punto cumplen el deseo que se expresa en la calle de que tengan una licenciatura, pero no así en el de la experiencia laboral. Cada vez más, los políticos acceden a los cargos de responsabilidad por haber medrado en el partido de forma adecuada, no por ofrecer una experiencia privada o pública que vaya a enriquecer el desarrollo de su cargo. Es al revés, el desarrollo de su cargo deberá enriquecerles a ellos.
Y en el capítulo de idiomas, lo dicho. El Presidente del Gobierno ignora las lenguas cooficiales del Estado, desconoce el alemán que le facilitaría el contacto con quien nos financia y su nivel de inglés también es muy limitado, impidiéndole hacer un aparte con ningún político extranjero, salvo que el interpelado sepa español.
Y a la gente le da por subirse por las paredes y clamar en el desierto pidiendo que el próximo Presidente del Gobierno y sus secuaces tengan más formación y más experiencia antes de acceder a sus cargos (la batalla de los actuales la damos siempre por perdida).
Mi propuesta va más allá. A estos merluzos que vienen ocupando los sillones azules del Congreso los vota alguien. Es más, alguien vota también al resto. No podemos llamarnos a andanas una vez que los hemos elegido. No vale decir ahora que no tienen formación y que hay que limitar el acceso por razones de sapiencia. A quienes les votaron no les importó. Y ahora ya no tiene remedio. Por eso mi burrada de hoy es pedir que se limite el acceso a las urnas a las personas sin criterio. Que no haya posibilidad de que alguien elija mal, que nadie pueda votar a otro que no lo merezca, que cuando hagamos el casting, lo hagamos entre los que sí sabemos elegir.
Claro que se me preguntará ¿y quién pone los baremos, quién selecciona los que sí y los que no? Pues yo mismo. Me comprometo a hacer yo mismo la criba. Nada más necesitaré saber a quién han votado en las elecciones anteriores. Es más, únicamente necesitaré saber si votaron. Si lo hicieron ya eligieron mal. Y no les dejaré reincidir, que de aquellos polvos, estos lodos. Palabra.

domingo, 16 de diciembre de 2012

A tomar por saco los palos del sombrajo.


Hoy he estado de manifestación por Madrid. Y se me han roto algunos esquemas, o de forma más castiza se me han caído los palos del sombrajo. Algunos al menos.

En primer lugar, aquello de que los jóvenes son pasivos y no se mueven. Entre un montón de gente, poca había más mayor que yo. Cierto que el mundo de la sanidad, puramente vocacional, es caladero de gente comprometida, pero lo importante es que la mayoría era gente joven. Probablemente médicos del MIR, enfermeras y auxiliares, que en general son jóvenes, pero sea como fuere ahí estaban.

También ha habido hoy para mí un cambio importante en el escenario. Una manifestación de miles de personas (no sé cuántos miles, pero mucha gente) y ni una bandera de sindicatos ni partidos políticos. Una iniciativa puramente profesional y social. Me he sentido cómodo como nunca. No he tenido la sensación de estar haciéndole el caldo gordo con mi presencia a ningún chupasangres de la política institucional (incluyo sindicatos).

Ha sido a ratos emocionante, a pesar de que uno no anda con muchas esperanzas puestas en la utilidad de la protesta, pero era mi obligación asistir.

Nuestra maltrecha sanidad pública me ha sacado dos veces del agujero. Primero de una dolencia cardiaca y luego de un cáncer. Palabras mayores, oiga. Y aquí estoy vivito y coleando gracias a que el sistema y los profesionales estaban ahí. Dando sin medida. Luchando sin mirar el precio de las balas. Si se hubiesen andado con contemplaciones de hacer primero las pruebas más baratas, a lo peor hoy había un manifestante menos en la calle.

Y yo quiero las mismas oportunidades para mi hija. Y para su compañero de clase, que además es búlgaro, pero vive aquí y es nuestro amigo y sus padres trabajan todos los días, como yo.

Y me he sentido pequeñito y a la vez orgulloso rodeado de miles de profesionales, que como los que se encargaron de mi caso luchan día a día contra la enfermedad y contra el sistema, que nunca les ayudó.

El sistema es imperfecto. Estoy de acuerdo en que hay que gestionarlo mejor. Pero esa es la obligación que no saben cumplir estos políticos incapaces, que son los que meten la mano en el cajón y luego señalan a los que trabajan como responsables de las telarañas de la caja.

Si el coste de un paciente es x, no comprendo que con una gestión privada que mantenga las condiciones de la atención y las condiciones laborales pueda mejorar, dando además dividendos (lo que es imprescindible cuando hablamos de gestión privada).

Y si se compromete la calidad de la atención, o el profesional que se tiene que pasar doce horas conmigo encerrado en el quirófano está mal pagado o en condiciones peores aún que las actuales (que ya de por sí no son buenas), ya me dirán ustedes con que ánimo me dejo yo sajar. Y si alguien conoce otra incógnita de la ecuación, que me lo haga saber.

Hoy he estado rodeado de médicos que saltaban, bailaban, gritaban y que habrán en algunos casos estado de guardia toda la noche. Ya no tienen nada que ver con aquel estereotipo que teníamos del médico como un señor mayor con su carterita. Nada que ver con ese médico (si se le puede seguir llamando así) que por un puñado de euros se presta a capitanear un servicio de emergencia en el Madrid Arena a la edad de 77 años.

Los que de una forma u otra hemos estado en activo en dispositivos de emergencias sanitarias sabemos el desgaste físico que supone. Sabemos que había que ir descansado y que volvías molido. Y eso si las cosas no pintaban mal. Si había “movida”, te temblaban las cachas al acabar. Y resulta que este señor se mete en el baile a sus años. Y sin contrato. De palabra y apretón de mano, como los ganaderos. Y se lleva a su hijo a que le eche una manita, a pesar de sus incompatibilidades laborales. Si lo hace un Juan Nadie, lo enchironan preventivamente, fijo.

Afortunadamente se extingue esa raza. Hoy los médicos (y el resto del personal sanitario) son en general otra cosa. Desde luego que los hay que sacan rendimiento a sus clínicas privadas, eso me parece lícito. El que quiera que las pague. Pero la dignidad de nuestros centros públicos estará a salvo mientras los profesionales que hoy han salido a la calle sigan luchando. Y ello desde luego les está suponiendo un coste económico altísimo. Además de sufrir los recortes como el resto de los funcionarios tienen que soportar los gastos de la huelga. Son gente solidaria, por encima de cualquier ideología política. De hecho siempre fueron los médicos de entre los científicos los que tenían una visión más humanística del mundo.

Y en esas me he vuelto a casa deseando escribir otra vez para darles las gracias, para decirles que me tienen ahí. Desde los jefes de servicio hasta el personal auxiliar de administración, o de limpieza. A todas y cada una de las caras que me encuentro cuando voy a mis revisiones. A quienes me hicieron seguir adelante.

Que no voy a quedarme callado mientras nos perforan el sistema para extraer su petroleo.
Hay una sociedad que funciona aparte de la corrupción, aparte de los Lasquetti, de los Viñals, de los que van a sacar tajada y se olvidan de los códigos deontológicos y de todas aquellas cosas tan románticas en las que algunos aún creemos.

Gracias a todos los trabajadores de la Sanidad Pública (siempre con mayúsculas).

jueves, 15 de noviembre de 2012

Escapar.

Estoy un poquito bajo de ánimos. Después de una jornada de huelga general me suele pasar. Las declaraciones de unos y otros políticos después del día de ayer, me ponen al borde de la náusea. Me hacen aborrecer el hecho de haber seguido la huelga. Por otra parte mis principios me impedían no hacerlo. Es un crucigrama sin respuesta.

Y en ese estado de ánimo me doy cuenta de que llevo un montón de años subiendo una cuesta . Una cuesta que no lleva a ninguna cima, que me he convertido en una réplica de aquel Sísifo, aunque yo no llego al final de la cuesta y bajo para volver a subir. Simplemente no paro de subir.

En parte la culpa la tiene este Madrid que me vio nacer hace algunos añitos. Siempre he identificado en mi recuerdo esta ciudad con el esfuerzo. Nunca me resultó amable. Desde pequeño recuerdo el frío, el calor, la contaminación. Para ir al monte hay que recorrer una larga distancia en tren o autobús. El mar es un cuadro en la pared. Los amigos huyen los fines de semana y te dejan solo. Estás rodeado de cines, teatros, salas de música y otros espectáculos que se empecinan en programar cosas que no me gustan, para que el aburrimiento sea completo.

En verano todo el mundo huye a su pueblo, menos los que somos de este, que nos tenemos que fastidiar porque nuestra condición capitalina nos ata al asfalto. En invierno frío, lluvia, oscuridad y soledad.

Y hoy una bocanada de aire fresco entra en mi cabeza de forma inexplicable. De repente estoy apoyado en el murete que rodea la ermita de San Juan de Gaztelugatxe.
El mar infinito ante mis ojos está un poquito revuelto, pero sin exagerar. Solo un poco de movimiento para que se vea que está vivo. Un par de barcos faenando en el horizonte rompen esa línea que une cielo y tierra. Es temprano y todavía no hay turistas (yo no me considero como tal). Se oyen los chillidos de las gaviotas y el rumor profundo del mar. A veces el aire llega a mover un poquito la campana de la ermita y suena tímidamente, como un suspiro ahogado.

Siento un poco de frio, la brisa del mar con su humedad siempre me da escalofríos. El sol asoma por el Este blanqueando las rocas de la costa. La bola de luz poco a poco va ocupando su sitio en el cielo después de salir de su escondrijo nocturno. Porque en Gaztelugatxe al sol por la noche lo guardan dentro del mar, hasta que a su hora en punto todas las mañanas lo vuelven a sacar del mar para que alumbre durante el día. Todo muy práctico.

Me muevo un poco hacia la izquierda para ver mejor la costa de Bakio y noto el borde del murete frío y húmedo. Se me clavan sus bordes irregulares. Al rato ya estoy cómodo otra vez. Pasa por delante una barca pequeña. El ruido de su motor me llega entrecortado por el rumor de las olas. El pescador, en pie, no pierde la vista del sol. Navega hacia el Este, rumbo directo al sol, como buscando el calor. Como si pretendiese agarrarse a un rayo y subir hasta el cielo.

Aquí mismo he estado otras veces con mi familia, con amigos, siempre contento. Es un sitio mágico. De repente noto como si no existiese la gravedad, como si flotase. Abro los brazos y me parece que estoy volando. Empiezo a ver el mar correr debajo de mí, como si volase pegado a él en un helicóptero. Ya no tengo frio. Respiro profundo hinchando a tope los pulmones ……

Y de repente huele a contaminación. No puede ser. Abro los ojos y compruebo con horror que sigo con los pies atornillados en Madrid. Se me está clavando el borde de la mesa en los brazos mientras tecleo y el rumor del mar son los coches que circulan a toda velocidad por la M-30. Ya no tengo frio porque han encendido la calefacción de mi oficina y el paisaje y las gaviotas no sé de dónde demonios han salido, pero al menos durante un rato he sido feliz.

Y eso es lo que nos queda, soñar. Al menos hasta que podamos escapar otra vez y creernos que somos felices porque estamos lejos. Luego volveremos otra vez a la rutina hasta que tengamos una nueva oportunidad de fuga.

Y nos vamos haciendo cada vez más viejos. Y escapamos cada vez más despacio. Hasta que un día tenemos la oportunidad de no volver.

Mientras tanto nos consolamos pensando que millones de turistas vienen a nuestra ciudad cada año desde todos los paises.

Algo tendrá.

viernes, 19 de octubre de 2012

Mi tío Vicente.

Los días lluviosos me hacen propenso a la nostalgia. Parece que me esponjan por dentro y me dejan liberar los recuerdos. Y hoy me estoy acordando de que hay un personaje al que le debo unas líneas hace tiempo.

Paseábamos por el Viejo Puerto de Marsella, entre los vendedores ambulantes de ostras y los argelinos que vendían artesanía. Era verano, hacía calor y la sed apretaba. Mi padre propuso ir a tomar un refresco al café en el que otras veces habíamos hecho lo propio. Pero él dijo que no. Así que terminamos de dar nuestro paseo, nos montamos en el coche y nos fuimos a un cafetín distante del centro donde tomamos el aperitivo.

Al día siguiente el periódico en primera página relataba el tiroteo que se había producido en el café donde no tomamos el refresco. Él lo cogió y sin pararse en las noticias se fue derecho a los resultados de las carreras de caballos. No parecía necesitar la información que sobre el suceso aportaba la prensa. Quizá porque tenía otra más directa.

Él trabajaba en el puerto. Era el responsable del tráfico de mercancías. Nos llevó a visitar muchos barcos donde éramos recibidos con fiestas como si fuéramos personas importantes. Recuerdo especialmente un barco ruso en el que nos organizaron todo un festival folk con grandes dosis de vodka a las que no tuve acceso por mi corta edad. Pude conocer desde pequeño el funcionamiento de aquellas ciudades flotantes y me envolvió toda la magia de la mar y de los navegantes. Además por supuesto del misterio que destilaba todo lo referente al puerto comercial de Marsella durante los años 60 y 70.

Él para mí era el tío Vicente, casado con una tía de mi padre y que nos recibía los veranos en su casa de la ciudad portuaria más novelera de la época. Sin embargo para sus vecinos era Vincent, aunque en sus ambientes de ocio era conocido como Vincenzo. Cada vez que entrábamos en un restaurante italiano, en una tienda de pasta fresca o en uno de aquellos clubes de petanca, muy franceses pero plagados de italianos, era recibido a la italiana. Nunca por cierto le cobraron las consumiciones en aquellos negocios, aunque él siempre insistía en pagar, pero no se lo consentían.

Con él conocí al gran Calanotti, conocido como “el rey de la petanca” en toda Francia. Le frecuentábamos en los clubes de petanca, donde se jugaba una especie de liga nacional. Nadie habrá podido tener mejor maestro en el deporte de las bolitas de metal. Me contaba pacientemente como debía flexionar las piernas para tirar y me corregía las jugadas. Todo un honor desaprovechado por mi escasa facultad para ese juego.

El tío Vicente no solo tenía un presente inquietante y misterioso, además su pasado era de película. Hablaba español con absoluta corrección y con un acento andaluz cerrado. Había aprendido de pequeño a hablarlo gracias a unos gitanos que vivían cerca de su casa en su Sicilia natal. Por supuesto hablaba italiano, francés y algo de alemán.

El italiano lo aprendió en casa, lógicamente, el francés lo aprendió en la que al final fue su patria de adopción, y el alemán en el campo de concentración.
En la segunda guerra mundial, fue apresado por luchar con los partisanos en Italia y enviado a un campo de concentración alemán. Estando preso se ganó la confianza del jefe del mismo gracias a su buen dominio del español. El oficial alemán no hablaba ni italiano, pero si español, con lo que el bueno de Vincenzo le resultaba aparentemente útil para comunicarse con los prisioneros. El tiempo fue haciendo el resto y el bueno de mi tío consiguió entrar y salir del campo conduciendo camiones que llevaban y traían cosas de necesidad. Hasta que un día hizo el viaje de ida y no el de vuelta y salió por la puerta principal del campo de concentración con un camión lleno de prisioneros que nunca volvieron a apresar.

Posteriormente acabó fijando su residencia en Marsella. Allí entre luces y sombras transcurrió el resto de su vida.

Siempre con sombrero, tanto en invierno como en verano, siempre con una media sonrisa. Nunca serio y nunca riendo a carcajadas. Junto a él descubrí en aquellos años 60 que había otras razas. Marsella en aquellos años estaba llena de negros, chinos y gente de todas partes del mundo que en nuestro Madrid no se veían salvo en las huchas del Domund. Me descubrió la mar, los barcos, las carreras de caballos, la petanca. Me enseñó toda la Costa Azul, la Provenza, me llevó a los Alpes. Trató de enseñarme francés e italiano. Me abrió los ojos a unos mundos que nunca hubiese pensado que existían.

Quizá mi falta de imaginación se deba a haber conocido a personas como mi tío Vicente a temprana edad, que con su realidad eclipsaban a cualquier personaje de ficción.

Murió en un hospital por causas naturales. Dejó tras de sí un montón de sombras, casi más que luces, pero para mí en aquellos años era algo más que un ídolo. Y le agradezco cuanto de corazón hizo por mí.

La mala educación.

Cada vez estoy más asqueado de este país. Vamos sumando a un presente abominable una falta absoluta de futuro. Estamos quemando la madera del barco para avanzar hacia la tormenta. Cada día que pasa vamos asegurando nuestro propio naufragio.
Tenemos una sociedad absolutamente desestructurada. El sistema no es capaz de dar respuesta a los problemas de las personas que lo conforman ¿Y si el sistema no puede atender a quienes lo crearon, para qué sirve?

Estoy absolutamente indignado con el rumbo que toma la educación. Si alguna probabilidad hemos tenido alguna vez de dejar de ser un almacén de caspa, ha sido a base de formar a las generaciones jóvenes. Por supuesto no hablo exclusivamente de una formación técnica, si no de formación en el más amplio sentido del término. Muy al contrario, en medio de una situación de emergencia no se nos ocurre otra cosa que mermar los ya de por sí escasos recursos educativos para seguir manteniendo a la banca y a los políticos.

Y vamos obteniendo unos resultados contundentes. Nuestros estudiantes están cada vez peor formados comparativamente al resto de Europa. Vamos rodeándoles de paro, de una situación sin salida y luego nos permitimos criticarles sin piedad, como si por el hecho de ser jóvenes fueran esencialmente malos.

Aún así, los jóvenes en los que más dinero invertimos, los universitarios, encuentran su única salida en abandonar su casa y marchar al extranjero. Y así nuestros admirados alemanes se benefician del dinero (escaso ó no) que hemos invertido en la educación de esta generación y por la patilla se llevan los resultados de los esfuerzos de muchos contribuyentes.

Es patético que quienes nos sangran económicamente nos expolien además de nuestra gente mejor formada. Pero así se escribe la historia de este país.

No soy especialmente afecto a los sentimientos patrióticos, pero en este caso se trata de defender el bien común de la sociedad a la que, a mi pesar casi siempre, pertenezco. Si estoy obligado a tributar en una comunidad determinada, no puedo dejar de criticar lo que se hace con mi dinero.

Y nos están robando, pero no sólo el dinero. Nos están robando el futuro, nos están cercenando el cuerpo por la parte sana. Están creando un vacío imposible de rellenar. Cuando nuestros jóvenes tengan su casa en Munich y sus hijos hablen alemán, mandaremos a los de Españoles por el Mundo a preguntarles si volverán a España. Y ellos educadamente dirán que de vacaciones a ver a la familia. Por no mandar a la mierda al reportero, claro.

Estos días en los que por primera vez (al menos para mi conocimiento) se ha producido una huelga de padres en la enseñanza, mi reflexión va para un sistema en el que cada vez creo menos. Un sistema que no nos protege. Hemos creado un monstruo que nos está devorando. Y vamos necesitando una buena revolución.

domingo, 23 de septiembre de 2012

La entrega del testigo.


Ayer por fin mi hija hizo realidad un sueño.

Llevaba insistiendo más de dos años en la cuestión y a mí me daba una pereza inmensa acceder a sus deseos. Me costaba mucho simplemente la idea, pero su insistencia ha podido más que mi acomodo.

Llevaba más de veinte años sin escalar, tiempo más que suficiente para que los músculos y los huesos se olvidasen de determinadas posturas y tensiones. Por no hablar de que la cabeza no ha estado en los últimos años precisamente centrada en esas cuestiones.

Pero doña erre que erre al final se salió con la suya y después de unos días de teórica tanto de cabuyería como de técnica general, el sábado asaltamos nuestra primera vía juntos.

Había valorado seriamente la opción de un rocódromo, que ofrece toda la seguridad necesaria y que se adapta perfectamente a las necesidades iniciales del aprendizaje, pero aquello carecía de algo fundamental. Por un lado no es roca de verdad y a la intemperie, con lo que ya hablamos de un sucedáneo, pero además le falta algo importantísimo, la aproximación a la vía. Ese ir y venir cargado con los trastos y resollando por las pendientes.

No es lo mismo ir con el coche hasta un rocódromo que ir hasta un macizo montañoso, andar hasta la vía, encontrarla, adaptarse a la climatología, etc.

Yo aprendí en La Pedriza y por entonces no existían los rocódromos, con lo que pensé que quizá no era mala idea empezar de igual forma, sin por ello despreciar para futuras ocasiones utilizar ese recurso.

Y el sábado tempranito (como manda la tradición de salir al monte) nos encaminamos a Canto Cochino. Allí tras un frugal desayuno de bollito y Cola-Cao emprendimos la marcha hacia la vía.

A mi se me había olvidado lo que pesa el material, pero a pesar de todo lo llevamos con suficiente dignidad. Cierto que no era una distancia muy larga, pero la pendiente era curiosa.

Llegamos a pie de vía y no noté en mi hija ni un asomo de temor, estaba absolutamente tranquila y empezamos a decorarnos con los adornos propios de la suerte.

Miré a la instigadora del embrollo y le di un único consejo: "fíjate bien en lo que yo haga mal para no repetirlo"

Empecé a subir para equipar asegurado por mi santa (también era la primera vez que hacíamos algo de esto juntos) y he de decir que para mí fue maravilloso el reencuentro con la roca. Las sensaciones fueron tan agradables como siempre. A los primeros titubeantes pasos recuperé de golpe el interés por el asunto. Mis dedos recuperaron la sensibilidad para encontrar presas donde no las hay y mis pies volvieron a sostenerme con una seguridad que a veces no tengo en el suelo plano. Recuperé el equilibro que creía perdido, me sentí como antaño libre.

Una vez equipada la pared le tocó a ella. Primeramente se encordó con uno de los nudos que ya había aprendido. Se echó a la roca sin dudarlo. Tras unas primeras dudas en cuanto a las posibilidades físicas de la adherencia, le cogió el punto a los pies de gato y con un estilo más que correcto se hizo su primer largo. Sus manos buscaban los resaltes tal como me había visto hacer a mí y sus pies se colocaban tal y como yo le había explicado. Siguió la teoría literalmente y le puso su puntito de elegancia.

Para finalizar también la tercera de la cordada hizo los honores y después de recoger los trastos nos bajamos contentos y orgullosos a comer, que bien nos lo habíamos ganado.

Una jornada verdaderamente especial para mi. Pocas veces tiene uno la oportunidad de cumplir el sueño de un hijo. Y por qué no decirlo, también el mío. Hace muchos años pensaba que si alguna vez tenía un hijo haríamos esto juntos. Tiempo después ni me lo planteaba, pero ahora creo que no me hubiese perdonado nunca no haberlo hecho.

Y hoy escribiendo esto, veo las fotos y la veo alejándose pared arriba, como un símbolo de su progresiva madurez, como una señal de que cualquier día emprenderá su propio camino, Y me da un poco de vértigo. Pero hoy por hoy todavía estamos atados por la misma cuerda.

Y una vez abierto el melón no queda más que ir complicando las cosas. Como la vida misma.

viernes, 7 de septiembre de 2012

He venido a hablar de mi libro.

Vaya rato bueno que he pasado hoy. He tenido la fortuna de reencontrar a un viejísimo amigo a quien tenía por imposible recuperar desde hace un montón de años.

Aclaro que se trata de uno de esos amigos de papel, un libro. No es frecuente, pero con algunos libros he establecido una relación tan potente que no sería descabellado que la tratase un profesional.

El libro en cuestión es “Hielo, nieve y roca” de mi referente, que lo es sobre todo por esta obra, Gaston Rebuffat. Un libro que para los montañeros y aspirantes de mi generación supuso un antes y un después. Todos babeábamos sobre aquellas imágenes de los Alpes, aquellas fotos de Gaston de pié erguido sobre bellísimas agujas de una belleza extraordinaria.

Además de ser un manual de alpinismo conciso, claro y suficiente, tiene la gran virtud de hacer ver al lector una serie de códigos morales y de conducta en la montaña que los actuales manuales, mucho más profusos, no tienen a bien referir.

Este libro es para mí mucho más que un libro. Realmente es un amigo. En muchas ocasiones que me enfrenté a pasos complicados que no intuía como resolver, encontraba en el recuerdo de su lectura la solución para seguir adelante. Ha sido de verdad una guía útil, y esto es mucho decir cuando se trata de momentos complicados.

Lo tuve en mis manos muchas veces, lo consulté hasta la saciedad, lo leí de arriba abajo innumerables veces. En ocasiones buscando una información concreta, pero con mayor frecuencia por el puro deleite de leerlo y como detonador de recuerdos de vías realizadas. Aún así nunca le tuve en casa. Siempre fué de prestado, bien de un amigo, del club de montaña, etc.

Hoy he resuelto ese vacío en mi biblioteca y el ejemplar de la obra editada en 1975 ocupa el lugar que le corresponde. La cosa se ha consumado de una forma muy romántica, gracias a la combinación de una librería de viejo de las clásicas, de las de tienda pequeña y librero necesitado de corte de pelo y de internet. Llevo muchas librerías de “libro usado y descatalogado” visitadas buscándole. Había hecho búsquedas en internet en las que lo había encontrado en francés y en inglés, pero yo quería el ejemplar de siempre, el de la editorial RM del 75. Y al final lo encontré.

Ayer no podía creer que en una pequeña librería de Madrid estaba esperando a que alguien lo adoptase uno de aquellos libros. Mi querida cómplice vital, esposa y amiga llamó inmediatamente para confirmarlo y así era. Como hoy no trabajaba, esta misma mañana se ha personado en aquel orfanato literario y lo hemos adoptado, por supuesto.

He llegado a casa y he comido apresuradamente para poder después dedicarme tranquilamente a pasear por sus páginas. Y creedme, no me ha defraudado. Por un momento he vuelto a tener catorce años y me he olvidado de mis limitaciones físicas, he vuelto a soñar con aquellas paredes imposibles, he vuelto a meterme en aquellos pantalones bávaros y aquel jersey azul con dibujos blancos. Ha vuelto el olor de las cuerdas, el tintineo del material sobre la roca.

Todo esto a pocos días de volver a una pared para entregarle el testigo de éste vicio maligno a mi propia hija. Quizá sea insensato, pero yo he sido muy feliz con estas tonterías y ella que lo sabe lleva dos años dándome una tabarra importante para que la inicie en las artes de la escalada. Ha supuesto un acicate y un impulso para enfrentar la empresa con más ilusión si cabe.

Hay un detalle en el libro y es que aparte de estar escrito por uno de los mejores alpinistas (título hoy desprestigiado frente a los himalayistas, pero que antaño suponía una etiqueta de calidad), además está lógicamente traducido a nuestra lengua por un traductor y dicha traducción está revisada por otro grande de este deporte, José Manuel Anglada, el cual no necesita presentación para cualquiera que sepa algo de estas cuestiones.

Hoy por hoy es difícil, muy complicado, encontrar un libro técnico que esté bien traducido y cuya traducción esté revisada además por un especialista en la materia. Si sumamos que en su día un libro de montaña de aquel precio era absolutamente minoritario da como resultado que teníamos en las manos una obra cuidada desde su génesis hasta que llegaba a nosotros. Sin pensar en los costes ni en los beneficios. Simplemente se hacía bien y se pagaba por lo que costaba hacerlo.

Y ahora pasaré buenos ratos volviendo a repasar técnicas que hoy son obsoletas, pero que complementan en algún caso a las actuales y otras que siguen inalterables. Admiraré de nuevo las fotografías en las que la cuerda cuelga vertical, paralela completamente a la pared. Fotos en las que de forma aparentemente mágica Gaston se adhiere a la roca o al hielo. Repasaré aquellos nudos que aprendí a hacer con los ojos cerrados, incluso con las manos a la espalda para ganar destreza. Veré las diferentes formas de asirme a la roca para superar las grietas, chimeneas, bavaresas. Todo ello como cuando tenía catorce años, pero más viejo, menos intrépido y junto a mi hija, que tiene el doble de flexibilidad de la que yo tuve y algo que yo aún no he perdido. Necesita subir. Y eso es lo único que cuenta.