martes, 17 de enero de 2012

Retorcer las palabras.

Estoy un poco ñoño. Sirva de aviso a todos aquellos que se enfrenten a estas letras. Hoy me han dado los resultados de la última revisión y afortunadamente todo sigue en perfecto estado de revista. No es para ponerse tontín, pero no puedo evitar que se me reblandezca un poco el ánimo, de alegría, pero al fin y al cabo me toca el corazoncito.
Y eso que si hoy he de destacar algo del día, aparte de la buena noticia de estar vivo y sano, es una humorada del lenguaje que me ha tenido entretenido toda la tarde como un imbécil (literal).
Esta mañana mi hechicero favorito al darme la buena nueva de los resultados, me aconseja que me aleje del estrés (muy de agradecer) y que haga ejercicio. Hasta ahí el autor de estas tonterías entiende el mensaje y lo comparte. Hablamos de la conveniencia de unos u otros deportes y convenimos en que ya que las montañas están ahí lo mejor será subirlas. Da gusto tener consejeros de la salud que compartan las aficiones. Pero ¡ay! A continuación me recomienda que no coja peso. De momento no objeto nada. Acabamos la cita, nos despedimos efusivamente quizá víctimas del secuestro emocional típico de las situaciones de euforia y de las prisas que impone el sistema de salud y al salir de la consulta empiezo a rumiar la cuestión. Si yo estoy curado qué diablos me impedirá coger peso. ¿Acaso será por las cicatrices internas?. ¿Me estarán ocultando algo?. Y así toda la dichosa tarde.
Después de mi sesión de logopedia llego a casa y no puedo más. Le espeto a mi galeno doméstico la inquietante pregunta. ¿Por qué demontre no me deja coger peso este hombre si yo estoy bien?.
Parece que mi duda es un tanto inexplicable para mi contertulia y empezamos un estúpido diálogo de besugos en el que se entremezclan argumentos sobre lo saludable que resulta no coger peso, lo bueno que es el ejercicio, preguntas por mi parte que nadie parece comprender, pero todo envuelto en una falta de argumentación lógica para mi que me va preocupando cada vez más. No entiendo nada de lo que me cuentan y cada vez estoy más seguro de que se me oculta alguna razón terrible para no explicarme las cosas con claridad.
Y de repente se hace la luz. No estamos hablando de cargar más o menos bolsas de la compra, ni de que la mochila tenga que ser de supervivencia o para resistir un asedio napoleónico. Estamos hablando de algo mucho más prosaico. Estamos hablando de no engordar.
Y esta estupidez me ha tenido preocupado toda una tarde. Un malentendido fruto de la perversión del lenguaje que tendrá mucha gracia para los filólogos, pero que a mi casi me cuesta el buen humor. Lo peor es que además ahora puedo cargar con las bolsas de la compra. Y nadie me va a llevar la mochila. Y que ya vale de comer lo que me de la gana y hay que controlar la comida.
Y no obstante yo me alegro mucho. Porque supone poner el marchamo final a ese régimen de funcionamiento que llamamos “vida normal”.
Y me pongo un disco que me dio el otro día mi amigo Pedro. Alina, de Arvo Pärt, todo un descubrimiento que nos hacen desde las tierras de Voralberg, región de ese país al que tan buenos ratos debo y que sigue siendo un pozo de sorpresas musicales.
Y me pongo ñoño.
Y miro a mi hija y soy feliz.

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