jueves, 7 de noviembre de 2013

Elegir camino en la vida.


En estos tiempos convulsos en los que el sistema educativo está en el centro de todas las miradas, echo la vista atrás y compruebo que ciertamente las cosas se vienen haciendo mal desde hace muchos años.

Sobre todo debido a la temprana edad a la que nos tocó decidir entre ciencias y letras. Algo que resultaba mucho más importante de lo que a nuestra edad podíamos suponer. Era una decisión que iba a marcar el resto de nuestra vida profesional y en aquellos momentos nos guiábamos por instintos mucho más básicos que la construcción de un futuro laboral y vital.

En mi caso la opción fueron las ciencias, por una falta de apego al esfuerzo tremenda. Yo no he tenido nunca facilidad para la memorización de fechas y lugares, algo que resultaba en aquellos momentos fundamental a la hora de estudiar humanidades. Sin embargo las ciencias me permitían, a base de razonamiento, llegar a resultados aceptables con menos horas de estudio. Con las explicaciones de la clase era suficiente para ir pasando. Con esa situación, la elección era muy sencilla de tomar, aunque me llevase a un error irreparable en un futuro.

Después del BUP y el COU estudié informática, algo que odiaba por haber visto a mi padre sufrir la misma profesión durante muchos años. Mientras que sus compañeros tenían un horario normal, mi padre siempre andaba enredado entre las garras de aquellas máquinas infernales cuyo comportamiento no parecía responder a las espectativas nunca. Pero por algún motivo yo acabé también en la misma maraña.

Me gusta mucho mi profesión, decir lo contrario sería mentir, pero más allá de las incomodidades de tener que mantener vivo un ser inanimado durante 24 horas al día, mientras que los demás solamente disfrutan de un turno de trabajo limitado, he de decir que claramente me equivoqué.

Un buen día te das cuenta de que realmente te gustan más las humanidades que las ciencias. Que el placer de la lectura no te lo da la resolución de un problema matemático por complejo que sea. Y viendo los tiempos actuales puede uno comprobar como la ausencia de corrientes filosóficas que orienten nuestros pasos, dejan a la ciencia en pura tecnología.

Ya nos lo decían en aquellas clases de filosofía del instituto, la filosofía abría el paso a la ciencia y si ella no tendría futuro. Y lo hemos comprobado a conciencia. Hemos sustituido la filosofía por la economía. La ciencia está condicionada por los costes económicos y al exclusivo servicio del poder. Son escasos los héroes de la ciencia que saben dar visiones nuevas sobre nuestro mundo. Cada vez hacemos las cosas más deprisa, pero no sabemos hacer cosas nuevas. En eso ha quedado la investigación, en ayudar a rentabilizar.

Y ahora nuestros políticos pretenden sacar la filosofía del sistema educativo, probablemente en un nuevo intento de alejar las conciencias y la crítica. Se trata de crear ciudadanos (o quizá súbditos) que produzcan, pero que no se paren a pensar demasiado.

Y es el momento en el que yo pienso que quizá debí estudiar filosofía y no informática, porque me da mucho más gustirrinín el pensamiento que la acción.

Claro, que pueden ser cosas de la edad.

Y hoy que conmemoramos el centenario de Albert Camus, quiero reivindicar que algo que parece inútil, pero que ha sido y será el motor del mundo. El pensamiento.


jueves, 12 de septiembre de 2013

Kantauri.




Kantauri, o si lo preferís Cantábrico. Para la mayoría un mar, como otro cualquiera. Para mí un espacio sentimental. Ahora le estoy mirando, tiene un color azul intenso, esta mañana sin embargo era enteramente de plata por efecto del reflejo del sol. De plata como la sardina o el pargo. Para mis ojos es el lugar perfecto de descanso.

Cada cual tiene su preferencia, porque en esto del mar juega mucho el sentimiento, cada uno tiene sus vivencias localizadas en algún punto. Yo por mi parte tengo la suerte de conocer diferentes mares, todos bellos, todos grandes y todos salados. Pero mi mar me parece el más bravo, el más duro. Parecen corroborarlo los marineros que se han visto en diferentes aguas. Excluyamos claro está lugares como el Cabo de Hornos y otros de legendaria dureza. Pero en los mares que rodean nuestras costas, para mí éste es el campeón.

Cuando tengo oportunidad paseo por sus orillas y dejo que su olor a salitre profundo entre por todos mis poros. Es además frío, lo que le hace más interesante. Sabe gritar como nadie cuando hay galerna, no he visto olas que cubran faros a menudo. He visto olas cubrir la isla de Mouro con su faro a pesar de que se encuentra dentro de la bahía, donde sus efectos son más tenues.

Y me gusta también cuando está sereno. Es como un animal fiero que de repente se deja acariciar y te mira de reojo como diciendo ¡cuidado!

El Cantábrico, como todo el mundo sabe va desde Galicia hasta la costa Vasco-Francesa, pero mi vivencia intensa con el va desde Santander hasta San Juan de Luz. Conozco bien el resto de la costa, pero es esa parte la que más me ha marcado. He presenciado muchas veces sus enfados, a veces con efectos devastadores. He visto sus mareas vivas, que se comen playas enteras y luego parecen querer escapar con el botín dejando sin agua la bahía. También he leído mucha literatura respecto a él, en particular las obras de Pereda, que hablan de aquellos marineros que llamaban a la voz de "Galerna" por los pueblos alumbrándose con una lámpara de aceite a sus compañeros para proteger a los barcos o para rescatar a otros.

También la pintura se ha hecho eco de esa dureza de mi mar con obras de gran belleza como "Jesús y adentro" que pinta una trainera intentando embocar el puerto en medio de un oleaje feroz, o muchos del costumbrista Riancho o los hermanos Zubiaurre. En general cuadros oscuros, como de invierno.

Y es que el cantábrico es al invierno como el frío. En verano es luminoso, más sereno, pero es en invierno cuando se muestra en su máximo esplendor. Y a mí, que me gusta especialmente el invierno, mi mar me acompaña mucho.

Otros mares son como de verano, sus playas aparecen en invierno tristes sin el bullicio estival. Parece como que entrasen en depresión. Quizá por eso me gustan menos. En invierno somos más propensos a la introspección, estamos más orientados hacia el interior de nosotros mismos, pero eso no debe inducir a la tristeza. Por eso busco mi mar cada vez que puedo en invierno, porque está más vivo que en verano. Porque solo mirarle siento que mis pulmones se hinchan, que me azota el viento en la cara con esas gotitas de agua que trae dentro y que se te clavan en el rostro.

Y me transmite fuerza, pasión. No es una visión romántica al uso, es como cuando un rival en un deporte es más fuerte que tu y por ello le respetas. Es el reconocimiento a la fuerza de la naturaleza, que me gusta sentir

Y desde dentro le llamo Kantauri porque hace años que arraigó ese nombre en mi corazón.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Otra vez el gato.


El gato se ha vuelto a subir a la colina.

Ayer hubo fiesta en el pueblo y el gato dejó marcas de sus patas por todas partes. Subió, bajó, anduvo  por todos los rincones  y tuvo un día maravilloso.

El bullicio no le hizo daño, al contrario, le trajo aroma de vida. La vida lleva a la muerte y la muerte se lleva a la vida, pero el gato está centrado en la vida, necesita alegría y diversión y la tuvo a raudales.

Dsfrutó con su familia gatuna y luego por la noche, como siempre, habló con la luna. La luna no le habla en su idioma, le habla a base de guiños y de destellos, pero saben comunicarse. El gato le habla con sus ojos, cada vez más cansados, pero cada vez más ávidos de vida.

La noche le sigue fascinando al gato. La necesita como las plantas a la luz del día. Y la noche en su colina sigue siendo su reino.

Y el gato no tiene mucho más que contar, ha estado con su familia y con sus amigos, lo ha pasado bien y todo eso son cosas del corazón, que se comparten y no se cuentan porque la verdadera felicidad no puede expresarse con palabras, porque lo que pertenece al mundo del corazón es un misterio hasta para el que lo siente.

Y como dice la canción vamos bajando la cuesta que arriba en mi calle se acabó la fiesta. Pero es una cuesta abajo que nos lleva de nuevo a la rutina. Y no es peyorativo, en ciertos momentos la rutina es lo que ansiamos. Después de tantas banderas de papel verdes rojas y blanquillas va empezando a apetecer el cuartel de invierno. Y el gato espera zurrarle duro este año al General Invierno, que ya está bien de tonterías.

viernes, 16 de agosto de 2013

Delicias ferroviarias.

Soy un enamorado de los viajes en tren, me parecen una oportunidad única para ver el paisaje, disfrutar de la compañía de ocasionales compañeros de viaje, etc.
Y ayer, después de una estancia en Santiago de Compostela maravillosa, en la que Galicia me mostró su mejor cara, gentes amables, gastronomía basada en el buen producto (y en enormes cantidades), rincones de la ciudad inolvidables, tomé mi tren de vuelta a Madrid.

El tren partía a las 16:05 de Santiago y llegó puntualmente a las 16:00. Tras pasar el control de acceso, me situé calculando la distancia a la que caería mi vagón (coche 4). El tren paró y yo había acertado con la posición, de modo que la puerta quedaba justo a la altura de mi naricilla. Eso no fue impedimento para que el resto del pasaje del tren me arrollase y entrase antes que yo. Me extrañó que tanta gente fuese a caber en el vagón, pero es que el personal, en vez de recorrer el andén hasta su puerta, prefiere entrar por la que le pilla más a mano y bloquear con personal y bultos (valga la redundancia) los pasillos del convoy.

Tras una lucha desigual, llegué a mi asiento (8D, ventanilla) y me encontré a un tipo (en adelante tipo) sentado en él. El tipo tenía unos treinta años, gordito y de talla media. Estaba plácidamente dormido y me vi obligado a despertarle, cosa que me violentó muchísimo. Le hice ver que estaba en mi sitio, a lo que me respondió que daba lo mismo, que si quería podía sentarme en su sitio (pasillo, claro). Le dije que no, que yo prefería sentarme en mi sitio, a lo que volvió a argumentar que la cosa carecía de importancia y que me sentase en su sitio. Estupefacto por el descaro, le dije en un tono sarcástico que al ser los billetes nominales si había un accidente era un lío con los cadáveres, cosa que en el trayecto en cuestión a día de hoy tiene su predicamento. El tipo rezongando se cambió de asiento, lógicamente sin dejarme pasar, con lo que tuve que hacer gala de mi agilidad. Una vez sentados, el tipo me dice que cómo se yo cual es el 8C (el suyo) y cual es el 8D. Le dije que era simple, que la secuencia lógica de asientos es A, B, C D y no A, B, D, C. Además de que la cartelería del tren claramente indica la ventanilla en el 8D. Le dije que no obstante cuando pasase el revisor podía preguntarle. Y ahí acabó la controversia y empezó la tortura.

El tipo como digo era gordito (sin llegar a gordo), pero se sentó como un flan mal cuajado, de forma que sus mórbidas chichas se extendieron hacia todos los puntos cardinales, de forma que yo (que no soy excesivamente corpulento), apoyado contra la pared del tren no podía evitar el contacto con su humanidad, lo que me proporcionaba un calor extra nada deseable, además de una sensación de asco irremediable. En un alarde de flexibilidad además abrió sus piernas en un ángulo de 180 grados, que ya hubiese querido la Paulova una apertura semejante, con lo que invadía además mi espacio a la altura de las piernas, dejándome encajado literalmente.

Cubría el tipo sus vergüenzas con una camiseta blanca lisa y un pantalón corto hasta la rodilla que dejaba sus regordetas y peludas extremidades inferiores al descubierto, lo que al contacto daba más repelús. Sin embargo lo más destacable en el era un olor agrio a vino mal metabolizado que generaba un ambiente como de bodega cutre.

En cuanto a los complementos lucía en la muñeca izquierda una cintita a modo de pulsera con estampado rojigualda a modo de marchamo, que parecía que iba a cortar la circulación de su abultada muñeca. No pude evitar la comparación mental con la divisa de los astados.

Encajado en mi posición pensaba que seis horas de viaje así iban a ser memorables, pero el cuadro flamenco estaba por completar. La mala fortuna y el imbécil del diseñador se habían confabulado para que cayese en uno de esos corralitos de cuatro asientos enfrentados dos a dos, en vez de la tradicional disposición en fila, tan útil.

El espacio entre una fila de asientos y la otra es exiguo, con lo que el juego de piernas hacia adelante iba a tener su importancia.

En esas llegaron los ocupantes de los asientos de enfrente, una pareja de tórtolos (en adelante tórtola y tórtolo), que venían con atuendo de peregrino derrotado, a saber sucio y maloliente. Cuando uno llega por primera vez a un sitio la primera impresión es importante, uno trata de exhibir sus buenos modales y saluda. Pero eso no ocurrió, el tórtolo trató de acomodar los bultos en el portaequipajes mientras sostenía en su mano derecha la garrota de palo retorcido que tanto predicamento tiene entre la masa peregrina y que yo no entenderé nunca para qué sirve. La maniobra se concluyó con cuatro estacazos sobre mi cabeza en la que pude probar la dureza del cerezo (al menos de cerca me pareció cerezo). Eso si, tras entregarme cada tarjeta de visita el tórtolo se disculpaba, pero no cejó en su empeño de castigarme hasta que concluyó la colocación de los bultos. Como compensación, al sentarse me pisó otras cuatro veces, eso sí con las correspondientes cuatro disculpas. Calzaba unas botas Asolo semirígidas, impropias para la aventura compostelana, ante las que mis pobres náuticos veraniegos no pudieron presentar batalla, llegando la ofensa hasta mis deditos.

Con este plan empezaba el viaje. Sépase que el olor a sudor y a pies de los tórtolos hacían de propelente del olor a vinacho del tipo, con lo que pensé que se podría envasar la fragancia y venderla bajo la denominación Abrótano Macho (pour homme), tan de moda en otros tiempos. Yo, a causa de una comida opípara, era víctima de una aerofagia puntito dolorosa, y pensé en colaborar en la construcción del hábitat que tan gentilmente habían construído mis compañeros de viaje dando salida a la misma por el conducto ordinario, pero preferí dejar las cosas en el estado en que estaban y apreté las tuercas para evitar fugas más tóxicas. Pero he de reconocer que se me pasó por la cabeza.

En un momento dado del viaje los tórtolos se acercaron a la cafetería a por su provisión de patatas fritas y doritos, que al llegar a sus asientos desparramaron por el suelo. Ignoro si era la forma de sustitución del clásico ¿gustas?, pero como yo no soy propenso a comer cosas del suelo, decliné por la tácita la invitación.

Los ácaros de la moqueta estaban, supongo, de fiesta mayor con el festín, pero no había acabado ahí su dieta. Para complementarla con proteína, el tipo, que calzaba malolientes alpargatas de suela de esparto sin encajar en el talón, cruzó sus piernas, poniendo una de ellas en paralelo al suelo, lo que le permitía mientras jugaba con su móvil, rascar el sucio talón, arrancando con la uña lascas del callo blancas y negras que con gran alborozo del colectivo ácaro, caían al suelo entre gritos de otra, otra, otra, como si de un concierto de Bisbal se tratase. Cierto que lo de los gritos me lo imaginé, el resto por desgracia es real. Además la maniobra se desarrollaba a escasos milímetros de mi rodilla. Excuso explicar la impresión que me produjo.

Renfe, que está siempre pensando en el viajero, nos proporcionó una distracción añadida. Antes de Zamora el tren se detuvo en tierra de nadie y empezaron a pasar los minutos. De repente pararon la máquina del tren con lo que dejamos de disfrutar del aire acondicionado. Como experimento puede ser interesante parar un tren en agosto al sol en mitad de ningún sitio para ver hasta dónde son capaces de rendir las glándulas sudoríparas de los viajeros, pero como objeto de la investigación no es agradable sufrirlo. Además el experimento disparó definitivamente la producción de hedores insoportables para el ser humano.

Y estaba yo, en mi corralito de cuatro viajeros, pensando que aquello se parecía más que a un tren a un transporte de ganado porcino o al arca de Noé, donde cada bicho hacía su gracia, cuando nos avisan transcurrida media hora de experimento, que el tren está parado por causas ajenas a Renfe, que en un túnel se ha metido gente y que hay que esperar a que los desaloje la fuerza pública.

Como la cosa se ponía fea y tenía el sentido del tacto, el de la vista y el del olfato comprometidos seriamente, decidí que ya que esperaba que la cosa no llegara al gusto, al menos debía poner a salvo el del oído, porque los tórtolos desde que se sentaron se pusieron en modo mimitos y no decían más que sandeces en voz más que alta, con lo que me calcé los cascos y me puse a revisar la biblioteca musical de mi móvil.

Por su parte el tipo, indolente, se había dormido, casi sobre mí, dejando descolgar su mandíbula quedando con la boca abierta, lo que le alejaba definitivamente del canon estético griego. Diré en su favor que no le vi colgar babas.

De repente noto un revuelo entre los tórtolos. Parecían celebrar la película que empezaba. La celebraban además con evidente júbilo. Pensé que en gente de veintitantos años la alegría vendría dada por la proyección de una película de Tarantino o de Kubrik (siempre he tenido a la gente joven por cinéfila, con mucha más cultura del género que yo), pero para mi sorpresa se trataba de Oz, de Walt Disney Productions, lo que ya dejaba el nivel intelectual de mi círculo inmediato lejos del nivel de las tertulias del Gijón o del Pombo.

Y con esta compañía y estas alegrías sonó en la megafonía que llegábamos a Madrid-Chamartín y que permaneciésemos sentados en nuestros asientos hasta la parada completa del tren. Consigna secreta que en realidad quiere decir "levántense inmediatamente y bloqueen el pasillo con sus equipajes". Tras la locución se produjo una nueva exhibición de modales en la que entre gruñidos porcinos mis queridos compañeros competían por ser los primeros en echar sus bultos al pasillo. Yo observaba la maniobra entre indiferente y atemorizado, ya que no quería volver a probar la dureza del cerezo. Pero esta vez me libré. Esperé tranquilamente a que se vaciase el vagón y bajé con mi maletita tan tranquilo. De hecho fui haciendo tiempo porque el resto del pasaje de forma corporativa había atascado la escalera de subida al vestííbulo ya que en vez de hacer cola pacientemente se ve que es más divertido colapsarla.

De repente me invadió un sentimiento casi de tristeza. No había tenido la cortesía de agradecer a mis compañeros de viaje las deliciosas horas que me habían hecho pasar. Soy un gañán.

Recuerdo los viajes en esos trenes de recorrido interminable que cruzan Europa de lado a lado, el expreso del Danubio por ejemplo que parte de Serbia y llega hasta Suiza, donde pude compartir viaje con gente que juega con otras normas, es otra liga.

En fin, Marca España de nuevo, aunque eso no ensombrece lo que sí es Marca España de verdad, el buen trato que he recibido en una de las ciudades más universales donde nadie es extranjero y los nativos están educados en la acogida. Gente agradable, simpática y eficiente.

miércoles, 17 de julio de 2013

Reflexiones para el día del Carmen.


De siempre me ha llamado la atención la gente de la mar. Y por aproximación siempre he asociado a los marineros y pescadores al norte. Pero desde hace tres años que frecuento la Costa de la Luz he aprendido que es algo universal. Aquí también la cofradía de pescadores se engalana con su estandarte por estas fechas. Y también los pescadores lo celebran en los restaurantes locales. Y sacan sus barcos adornados con banderitas para celebrar la fiesta. Y cuándo voy del hotel al pueblo por las tardes me encuentro en un mirador sentado a un hombre enjuto, con pantalones azules y camisa a cuadros, tocado con una boina. Y pienso que igual podría sentarse en Lekeitio, en Ondárroa o aquí en Conil, porque su vivencia y su vestimenta no difieren de los de allí.

Y me enternece mucho el cariño que ponen en su fiesta. Precisamente porque son pobres. Y tienen esa pobreza limpia y luchadora que les hace grandes. Porque hay mucho de mentira en la pobreza del sur. Porque pelear para pescar en una almadraba no es cuestión para alfeñiques. Porque salir con el barco a pescar el bocinegro, el borriquete o la urta no es diferente de pescar la merluza o el rodaballo.

Cada vez me gusta más ver cómo existe igualdad en los oficios, independientemente de dónde se ejecuten. También aquí se trabajan las huertas, con cariño y dan unos tomates dulces como los de cuando éramos niños. Todo nos iguala como trabajadores, seamos de donde sea. Y eso me hace ser cada vez más anarquísta y más internacionalista. Porque mientras los pescadores madrugan y se hacen a la mar haga el tiempo que haga para volver a veces con las manos casi vacías, los políticos que les van arruinando la vida poco a poco con sus leyes que estrangulan al oficio, además se llenan los bolsillos con el dinero de todos. Y no pasa nada.

Nos están engañando desde hace muchos años a todos, trabajadores, pequeños empresarios (que no dejan de ser trabajadores). Sólo se libran la banca y las grandes empresas. Que teniendo los índices de paro que tenemos (general y juvenil) seamos el cuarto país con los sueldos más altos para los banqueros en Europa me parece una broma macabra.

Que los sueldos sean casi de beneficencia, que las prestaciones sociales desaparezcan, que el ministro de educación (así, con minúsculas) sea abucheado en cada comparecencia, que el gobierno (y el principal partido de la oposición) estén algo más que bajo sospecha, que la casa real (también con minúsculas) sea abucheada también en cada aparición no parece inquietar a nuestros políticos. Al contrario, pactos y buenas palabras y para disimular una amenaza de moción de censura que no puede prosperar. Un circo.

Y mientras el mundo entero se ríe del papelón que estamos haciendo.

Vergonzoso que todo esto pase en un país con un potencial natural tan grande como el nuestro. Tenemos buen clima, grandes atractivos turísticos, recursos naturales inmensos. Pero hemos elegido ser casposos, atraer un turismo de botellón. Hemos decidido no invertir en investigación, preferimos dotar a las universidades extranjeras de gente preparadísima con el dinero de todos. Les preparamos y luego les mandamos a la mierda, con lo que perdemos dinero al menos dos veces. Parece que el ministro del ramo se lo ha tomado en serio y ha decidido no formar a la gente. Así por lo menos se evita un gasto. Un drama.

Y de todo esto tenemos la culpa todos por no ponernos enfrente de ellos y cantarles las cuarenta.

Y ese hombre enjuto, con pantalones azules y camisa a cuadros, tocado con una boina que veo por las tardes seguirá mirando al mar, y se lo ha ganado después de toda una vida dando el callo. Eso sí, algún ministro aprovechará su distracción para robarle la cartera.

P.D. Al ser domingo el día de la foto mi amigo anónimo había cambiado su atuendo habitual por pantalón de tergal gris y camisa de rayita fina. Eso sí, la boina, la misma,

sábado, 13 de julio de 2013

Un nuevo sitio.

Para mí las vacaciones tienen un sentido de reconexión con otros mundos, más que de desconexión con el propio. En esa reconexión, a veces aparecen nuevos puntos que esperan una reconexión futura.

Y esta vez me ha pasado con un restaurante al que tenía ganas de ir desde hace tiempo. Le dieron este año el premio Millesime junto a mis amigos de Alameda y otros restaurantes de mucho prestigio, además de recibir el año pasado el Premio Nacional de Gastronomía.
Acostumbrado a que los premios a veces son puro humo y siguen modas, no suelo hacerles caso. Pero esta vez entre los premiados estaba Gorka Txapartegi del Alameda (sito en Hondarribia de mis amores), lo cual me hizo pensar que el criterio del jurado estaría alineado con mis gustos.

Y nada más cierto. Me dispuse a visitar Aponiente, templo del plancton y las algas. Y dirán ustedes que vaya porquería comer algas y plancton, pero el juego da para mucho.

Me gusta mucho que un chef juegue conmigo a ver si le sigo la broma. Siempre en el buen sentido. Y en Aponiente derrochan talento, honestidad, humor y buen gusto. Todo esto mezclado da un restaurante en el que nada es lo que parece. El mismo juego que mantienen cocineros como Andoni Luis Adúriz en Mugaritz.

Si te presentan una ostra en su concha, te la comes y te sabe a ostra, la textura es similar y resulta que está hecha de pasta china por fuera y plancton marino por dentro te ríes. Y además está buenísima. Si te plantan delante un plato que aparentemente es panceta y te sabe a pancieta y tiene textura de panceta, pero es pulpo cortado en láminas finas untado con manteca, te sorprende.

Y un sinfín de cosas más que te van estallando en la boca llenándola de sabor marino, que te lleva de sorpresa en sorpresa conducido con maestría por un menú justo en sus proporciones y divertido hasta morír. En la sala demuestran un buen hacer en consonancia con el de la cocina, un sumiller con un conocimiento por encima de la media y que además es capaz de comunicarse en otros idiomas (no siempre ocurre en restaurantes de altos vuelos). Los marineros de la sala te explican los platos uno a uno con una complicidad extraordinaria y siempre hay alguien que hace de enlace con la cocina y que vigíla la sala con su mandil de tripulante de Aponiente.

Ha sido una experiencia como pocas he tenido en el ámbito gastronómico.
Abstenerse aquellos que sólo ven arte en un plato bien colmado de legumbres (a mí también me encantan), pero si son ustedes de aquellos que gustan de dejarse sorprender por un cocinero que además es un artista, no se lo pierdan. Aquellos que anden en un radio de 200 Km del Puerto de Santa María, desvíense, disfrutarán seguro de una comida inolvidable.

Hay que reservar porque el local es pequeño (unas diez mesas) lo que da idea de que la cosa está muy cuidada. Sólo disponen de dos menús de degustación, uno formado por once platos y otro que comprende todos los platos de la temporada.

En función de la capacidad del depósito de cada uno se puede elegir uno u otro. Tienen además (y esto me parece cada vez más importante) la precaución de preguntarte por las alergias alimentarias que puedas tener, con lo que se garantiza que no habrá un final fatal si no feliz.

En fin, que lo recomiendo sin reservas y que les agradezco profundamente el buen rato que me hicieron pasar.

Dejo este enlace a su página web.

miércoles, 26 de junio de 2013

De mi pasado y presente scout.

Alguna vez fui muchacho.

Así comienza el libro “Escultismo para muchachos”, que fue en otro tiempo para mí un manual de estilo y que aún hoy permanece en mi memoria y rige mis actos.

Durante mi infancia y mi juventud estuve vinculado al escultismo de forma activa, fui educado en unos valores de respeto a la naturaleza, de espíritu de equipo, de colaboración, de liderazgo, de lucha por un mundo mejor, etc.

En aquellos tiempos no se habían inventado la mayoría de esos conceptos, pero ya nos los enseñaban. Hoy el inexorable paso del tiempo puede haber dejado los escritos de su fundador, Baden Powell, en un lugar comprometido en cuanto a las formas, pero el fondo, sigue intacto.

No hay que olvidar que el fundador del movimiento era un militar, que utilizó los medios de que disponía para tratar de orientar a una juventud que en aquel momento parecía carecer de valores. Puede engañarnos el uso de un uniforme como algo militarista, pero desde luego no era así. Era un concepto mucho más igualitario. Se trataba de que todos los miembros de la asociación estuviesen igualados en cuanto a su procedencia social y que no hubiese distinciones por unas ropas mejores que otras. Además otorgaba un sentimiento de pertenencia y servía para trabajar el respeto a los símbolos y el reconocimiento al esfuerzo a través de las insignias de progresión.

Fui completamente feliz dentro de ese movimiento, aprendí cosas que luego me han sido muy útiles en la vida, desde unos simples nudos, pasando por lo básico de los primeros auxilios hasta construir una emisora de radio. Y sobre todo fue donde comencé a salir al monte, lo que fue un detonante de la pasión de mi vida. Nunca agradeceré bastante a quienes me ayudaron en mi formación su esfuerzo y dedicación. Tuve la suerte de topar con gente maravillosa con la que aún mantengo contacto aunque sea a través de las redes sociales, pero la dispersión geográfica que hemos sufrido nos impide vernos cara a cara tan a menudo como desearíamos.

Cuando me tocó pasar de disfrutar del movimiento a entregar más de mi mismo, me tocaba ser pastor y no oveja (scouter en el argot) comenzó lo que para mi gusto ha sido una descafeinización del mismo y que para mi gusto le ha robado parte de su identidad.

Empezó la cosa por tratar de eliminar el uniforme, siguió por borrar la mayor parte de las tradiciones y acabó por arremeter contra el método mismo. Al menos así fue en el grupo al que yo pertenecía.

La vida me fue apartando de la actividad scout entre otras cosas porque mi dedicación a la montaña, los estudios, el trabajo y todo lo demás no me dejaban tiempo. Y además tenía el sentimiento de pertenecer a una parte antigua de la asociación que ya no tenía cabida en la misma.

Mi grupo scout con aquellas metamorfosis dejó de existir, cuando tenía una tradición de las más antiguas de mi ciudad, tiempo después tratamos de reactivarlo pero fue imposible.

Seguí por mi cuenta sintiéndome scout, y sigo aún teniendo en mi ideario aquellas cosas que aprendí desde niño.

Con el tiempo irrumpió en mi vida mi hija, para la que quiero la mejor educación. En algún momento pensé en inscribirla en algún grupo para que disfrutase tanto como mi mujer y yo lo hicimos en nuestra juventud. No en vano nos conocimos también en un grupo scout.

Ante la imposibilidad de encontrar algo similar a lo que conocí he tratado de transmitirle yo mismo los valores que tanto aprecio y que se entrelazan indisolublemente con los valores del alpinismo, disciplina que me sirve de guía para irla llevando a un ideario que creo aún funciona.

Como ya tiene doce años y bastante criterio, le he rescatado de la estantería un polvoriento ejemplar de “Escultismo para muchachos” y allí anda leyéndolo. Con las correspondientes salvedades que el tiempo ha marcado, creo que sigue siendo un manual de vida muy interesante.

Yo por mi parte sigo siendo scout, más concretamente me considero un rover en el exilio. Aquel lema de “Siempre Listos Para Servir” sigue siendo mi referente. Junto con la frase que abría el libro de oro del grupo al que pertenecí desde niño y a la que ya hice referencia en un post de este blog, “Que convenzas con amor y arrastres con tu ejemplo”, son además de la ley scout y la promesa los mástiles que soportan el tinglado de mi vida.

Espero que me perdonéis éste ataque de nostalgia, pero fue una época tan bonita …