domingo, 23 de septiembre de 2012

La entrega del testigo.


Ayer por fin mi hija hizo realidad un sueño.

Llevaba insistiendo más de dos años en la cuestión y a mí me daba una pereza inmensa acceder a sus deseos. Me costaba mucho simplemente la idea, pero su insistencia ha podido más que mi acomodo.

Llevaba más de veinte años sin escalar, tiempo más que suficiente para que los músculos y los huesos se olvidasen de determinadas posturas y tensiones. Por no hablar de que la cabeza no ha estado en los últimos años precisamente centrada en esas cuestiones.

Pero doña erre que erre al final se salió con la suya y después de unos días de teórica tanto de cabuyería como de técnica general, el sábado asaltamos nuestra primera vía juntos.

Había valorado seriamente la opción de un rocódromo, que ofrece toda la seguridad necesaria y que se adapta perfectamente a las necesidades iniciales del aprendizaje, pero aquello carecía de algo fundamental. Por un lado no es roca de verdad y a la intemperie, con lo que ya hablamos de un sucedáneo, pero además le falta algo importantísimo, la aproximación a la vía. Ese ir y venir cargado con los trastos y resollando por las pendientes.

No es lo mismo ir con el coche hasta un rocódromo que ir hasta un macizo montañoso, andar hasta la vía, encontrarla, adaptarse a la climatología, etc.

Yo aprendí en La Pedriza y por entonces no existían los rocódromos, con lo que pensé que quizá no era mala idea empezar de igual forma, sin por ello despreciar para futuras ocasiones utilizar ese recurso.

Y el sábado tempranito (como manda la tradición de salir al monte) nos encaminamos a Canto Cochino. Allí tras un frugal desayuno de bollito y Cola-Cao emprendimos la marcha hacia la vía.

A mi se me había olvidado lo que pesa el material, pero a pesar de todo lo llevamos con suficiente dignidad. Cierto que no era una distancia muy larga, pero la pendiente era curiosa.

Llegamos a pie de vía y no noté en mi hija ni un asomo de temor, estaba absolutamente tranquila y empezamos a decorarnos con los adornos propios de la suerte.

Miré a la instigadora del embrollo y le di un único consejo: "fíjate bien en lo que yo haga mal para no repetirlo"

Empecé a subir para equipar asegurado por mi santa (también era la primera vez que hacíamos algo de esto juntos) y he de decir que para mí fue maravilloso el reencuentro con la roca. Las sensaciones fueron tan agradables como siempre. A los primeros titubeantes pasos recuperé de golpe el interés por el asunto. Mis dedos recuperaron la sensibilidad para encontrar presas donde no las hay y mis pies volvieron a sostenerme con una seguridad que a veces no tengo en el suelo plano. Recuperé el equilibro que creía perdido, me sentí como antaño libre.

Una vez equipada la pared le tocó a ella. Primeramente se encordó con uno de los nudos que ya había aprendido. Se echó a la roca sin dudarlo. Tras unas primeras dudas en cuanto a las posibilidades físicas de la adherencia, le cogió el punto a los pies de gato y con un estilo más que correcto se hizo su primer largo. Sus manos buscaban los resaltes tal como me había visto hacer a mí y sus pies se colocaban tal y como yo le había explicado. Siguió la teoría literalmente y le puso su puntito de elegancia.

Para finalizar también la tercera de la cordada hizo los honores y después de recoger los trastos nos bajamos contentos y orgullosos a comer, que bien nos lo habíamos ganado.

Una jornada verdaderamente especial para mi. Pocas veces tiene uno la oportunidad de cumplir el sueño de un hijo. Y por qué no decirlo, también el mío. Hace muchos años pensaba que si alguna vez tenía un hijo haríamos esto juntos. Tiempo después ni me lo planteaba, pero ahora creo que no me hubiese perdonado nunca no haberlo hecho.

Y hoy escribiendo esto, veo las fotos y la veo alejándose pared arriba, como un símbolo de su progresiva madurez, como una señal de que cualquier día emprenderá su propio camino, Y me da un poco de vértigo. Pero hoy por hoy todavía estamos atados por la misma cuerda.

Y una vez abierto el melón no queda más que ir complicando las cosas. Como la vida misma.

viernes, 7 de septiembre de 2012

He venido a hablar de mi libro.

Vaya rato bueno que he pasado hoy. He tenido la fortuna de reencontrar a un viejísimo amigo a quien tenía por imposible recuperar desde hace un montón de años.

Aclaro que se trata de uno de esos amigos de papel, un libro. No es frecuente, pero con algunos libros he establecido una relación tan potente que no sería descabellado que la tratase un profesional.

El libro en cuestión es “Hielo, nieve y roca” de mi referente, que lo es sobre todo por esta obra, Gaston Rebuffat. Un libro que para los montañeros y aspirantes de mi generación supuso un antes y un después. Todos babeábamos sobre aquellas imágenes de los Alpes, aquellas fotos de Gaston de pié erguido sobre bellísimas agujas de una belleza extraordinaria.

Además de ser un manual de alpinismo conciso, claro y suficiente, tiene la gran virtud de hacer ver al lector una serie de códigos morales y de conducta en la montaña que los actuales manuales, mucho más profusos, no tienen a bien referir.

Este libro es para mí mucho más que un libro. Realmente es un amigo. En muchas ocasiones que me enfrenté a pasos complicados que no intuía como resolver, encontraba en el recuerdo de su lectura la solución para seguir adelante. Ha sido de verdad una guía útil, y esto es mucho decir cuando se trata de momentos complicados.

Lo tuve en mis manos muchas veces, lo consulté hasta la saciedad, lo leí de arriba abajo innumerables veces. En ocasiones buscando una información concreta, pero con mayor frecuencia por el puro deleite de leerlo y como detonador de recuerdos de vías realizadas. Aún así nunca le tuve en casa. Siempre fué de prestado, bien de un amigo, del club de montaña, etc.

Hoy he resuelto ese vacío en mi biblioteca y el ejemplar de la obra editada en 1975 ocupa el lugar que le corresponde. La cosa se ha consumado de una forma muy romántica, gracias a la combinación de una librería de viejo de las clásicas, de las de tienda pequeña y librero necesitado de corte de pelo y de internet. Llevo muchas librerías de “libro usado y descatalogado” visitadas buscándole. Había hecho búsquedas en internet en las que lo había encontrado en francés y en inglés, pero yo quería el ejemplar de siempre, el de la editorial RM del 75. Y al final lo encontré.

Ayer no podía creer que en una pequeña librería de Madrid estaba esperando a que alguien lo adoptase uno de aquellos libros. Mi querida cómplice vital, esposa y amiga llamó inmediatamente para confirmarlo y así era. Como hoy no trabajaba, esta misma mañana se ha personado en aquel orfanato literario y lo hemos adoptado, por supuesto.

He llegado a casa y he comido apresuradamente para poder después dedicarme tranquilamente a pasear por sus páginas. Y creedme, no me ha defraudado. Por un momento he vuelto a tener catorce años y me he olvidado de mis limitaciones físicas, he vuelto a soñar con aquellas paredes imposibles, he vuelto a meterme en aquellos pantalones bávaros y aquel jersey azul con dibujos blancos. Ha vuelto el olor de las cuerdas, el tintineo del material sobre la roca.

Todo esto a pocos días de volver a una pared para entregarle el testigo de éste vicio maligno a mi propia hija. Quizá sea insensato, pero yo he sido muy feliz con estas tonterías y ella que lo sabe lleva dos años dándome una tabarra importante para que la inicie en las artes de la escalada. Ha supuesto un acicate y un impulso para enfrentar la empresa con más ilusión si cabe.

Hay un detalle en el libro y es que aparte de estar escrito por uno de los mejores alpinistas (título hoy desprestigiado frente a los himalayistas, pero que antaño suponía una etiqueta de calidad), además está lógicamente traducido a nuestra lengua por un traductor y dicha traducción está revisada por otro grande de este deporte, José Manuel Anglada, el cual no necesita presentación para cualquiera que sepa algo de estas cuestiones.

Hoy por hoy es difícil, muy complicado, encontrar un libro técnico que esté bien traducido y cuya traducción esté revisada además por un especialista en la materia. Si sumamos que en su día un libro de montaña de aquel precio era absolutamente minoritario da como resultado que teníamos en las manos una obra cuidada desde su génesis hasta que llegaba a nosotros. Sin pensar en los costes ni en los beneficios. Simplemente se hacía bien y se pagaba por lo que costaba hacerlo.

Y ahora pasaré buenos ratos volviendo a repasar técnicas que hoy son obsoletas, pero que complementan en algún caso a las actuales y otras que siguen inalterables. Admiraré de nuevo las fotografías en las que la cuerda cuelga vertical, paralela completamente a la pared. Fotos en las que de forma aparentemente mágica Gaston se adhiere a la roca o al hielo. Repasaré aquellos nudos que aprendí a hacer con los ojos cerrados, incluso con las manos a la espalda para ganar destreza. Veré las diferentes formas de asirme a la roca para superar las grietas, chimeneas, bavaresas. Todo ello como cuando tenía catorce años, pero más viejo, menos intrépido y junto a mi hija, que tiene el doble de flexibilidad de la que yo tuve y algo que yo aún no he perdido. Necesita subir. Y eso es lo único que cuenta.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

La soberbia de los próceres.

No me tengo por una de las peores personas que conozco. Aún así, desde luego que tengo mis zonas de sombra. Supongo que como todo el mundo, alguna vez, he deseado perder de vista a alguien.

Dicho sentimiento lo he expresado con un ¡piérdete!, ¡vete a la mierda! o incluso ¡muérete!. Ciertamente que he tratado siempre de que lo que pasaba por la cabeza no pasara por la boca. A veces la intención no ha sido suficiente y he acabado exclamando esas cosas, que no están bien, pero desahogan.

Entiendo que no es bonito, que no se debe de hacer, pero entiendo también que no debe de constituir delito desear que alguien desaparezca, incluso que se muera.

Otra cosa sería decir ¡te voy a matar! Eso ni en broma. Ahí ya pesa la violencia y la amenaza y eso es intolerable. Aunque se diga sin intención de cumplimiento. No se puede.

Nuestra Presidenta comunitaria y lideresa indiscutible exigía ayer al fiscal y al juez que actúen de oficio en el caso de las frases proferidas por alumnos y profesores en la ceremonia de apertura de curso universitario.

Y en esa acción se denota la soberbia de los políticos que están cada vez más lejos de sus representados (incluso de los que les votaron). Porque si ciertamente gritaron “Esperanza muérete” y no me parece que eso esté bien, ni siquiera que solucione nada, creo que no habrá juez sensato que pueda identificar a quienes lo dijeron e imputarles ningún delito o falta.

Se trata de una cuestión de manejo del lenguaje, pero la expresión de un deseo no puede confundirse con una amenaza. Hay que saber leer y escuchar.

Por otra parte hay algo que a nadie parece extrañar y es que la señora Aguirre (la ira de Dios), no se persona en una comisaría ni en un juzgado a poner una denuncia. Simplemente exige al fiscal y al juez que actúen de oficio. Vamos, como un ciudadano cualquiera.

Yo también pediría al juez y al fiscal que actuasen de oficio ante los atropellos que todos sufrimos a manos de estos políticos, pero me temo que no me harían caso.

Yo también exigiría que el fiscal y el juez obligasen a todos los políticos que se lo han llevado calentito a que devolviesen el dinero, pero me temo que no me harían caso.

Yo también instaría al juez y al fiscal a que acabasen con el tráfico de influencias (véase alquiler de edificio en calle Albarracín), pero me temo que no me harían caso.

Yo también le diría al fiscal y al juez que investigasen la privatización de lo que hasta ahora era de todos y que hoy gestionan unos particulares obteniendo magros beneficios de lo que eran nuestro sistema de enseñanza o de salud, pero me temo que no me harían caso.

Y la pequeña diferencia está en que lo que molesta a Doña Esperanza no es para mí constitutivo de falta o delito, mientras que lo que yo les pediría que investigasen si lo es.

Y los políticos (al menos los de relumbrón) ahí están, exigiendo, imponiendo, ahogándonos cada día un poquito más. Mientras nosotros doblamos la cerviz y vamos dejando que nos sangren viendo a la vez cómo ellos no se aplican el cuento que nos leen a los demás.

Va siendo hora de que paremos los pies a esta gente y les recordemos que están para servir a la ciudadanía y no a sus intereses.

Basta ya de privilegios insultantes y de injerencias en los demás estamentos. No puede ser que un día el Ministro del Interior ordene detenciones, al día siguiente obligue a los ciudadanos a interponer denuncias y ahora una Presidenta de Comunidad exija que se busque a los sospechosos habituales. Ni el uno es el Zar de todas las Rusias, ni la otra es el comisario de Casablanca.

Hasta que no se ponga cada uno en su sitio no hay solución.


viernes, 24 de agosto de 2012

Tormenta sentimental.

Los sentimientos se mezclan y dejan a veces una sensación difícil de explicar. No sabemos si estamos tristes, asustados, felices, esperanzados o todo a la vez.

El martes el corazón de un amigo dejó de latir. Así, de buenas a primeras alguien a quien quieres deja de estar ahí. Y no tiene vuelta de hoja. Piensas en todo lo compartido, lo bueno, lo malo. Piensas que ya no podrás mandarle la felicitación de Navidad con las bromas habituales, que su sonrisa se irá desdibujando en la memoria hasta perder los rasgos de su rostro, hasta que sea un recuerdo lejano. A pesar de que el afecto quede intacto durante el resto de tu vida.

Por desgracia ya me ha pasado unas cuantas veces. Para vuestro aburrimiento, éste blog es testigo de ello. Pero esta vez me ha tocado más fuerte. Esta vez he sentido rabia.

Rabia porque Pepe había luchado como un león contra la diálisis, contra su sobrepeso, contra su corazón, contra todo. Y había luchado con buen humor, con determinación. Y da mucha rabia que un amigo haga esfuerzos que al final no sirvan para nada. No es justo.

Y al mismo tiempo a través de las redes sociales me voy reencontrando con amigos que lo son y lo fueron del alma, amigos que la vida me había ido distrayendo, poco a poco. El tiempo fue poniendo entre nosotros una distancia que al reencontrarnos parece que no ha existido nunca. Porque son amigos de verdad. De los que no dejan de serlo así que pasen treinta años sin verte. El día que te reencuentras no importa el tiempo pasado, importa la alegría del reencuentro.

Por otro lado además están los que no van ni vienen. Los amigos que están. Aquellos a los que injustamente olvidamos muchas veces en la falsa seguridad de que siempre van a estar ahí. Y resultan ser los que nos dan la estabilidad, los que mantienen la melodía de la música de nuestra vida.

Y eso hace una mezcla extraña en el ánimo. Nadie puede rellenar la silueta que deja en el puzzle de la vida el amigo que desaparece, porque es una pieza única y porque el puzzle ya nunca va a estar completo. Pero encontrar las piezas que estaban ocultas en un cajón también da mucha alegría. Vuelves a recordar los buenos momentos vividos juntos. Vuelven los recuerdos de hace muchos años.

Todos tenemos varias caras en nuestras relaciones. Tenemos amigos de diferentes ámbitos según nuestra experiencia vital. Vamos cambiando de ambientes en el trabajo, en el ocio, hasta en la familia. Vamos incorporando nuevos actores a la película de la vida y otros van dejando de aparecer porque a su vez también cambian. Así, cuando de repente encontramos a un amigo de hace muchos años con el que compartimos experiencias, una especie de tela de araña inmensa empieza a moverse acercando a otros comunes conocidos al presente, devolviéndonos a la relación con un grupo humano que ha cambiado, pero que en esencia seguirá siendo el mismo.

Ya los roles no son los mismos en el grupo. Ahora todos somos amigos. Nadie tiene un papel asignado como antaño. Ahora simplemente queremos compartir de nuevo nuestras vidas. Queremos saber que nos ha pasado todo este tiempo. Queremos vivir.

Porque en el devenir del tiempo a todos se nos han ido perdiendo piezas del puzzle. Y da mucha alegría encontrarte en el cajón una pieza que creías haber perdido para siempre.

Y se mezclan la pena y la alegría. La nostalgia y la esperanza. Y te dejan en medio de una estación en la que no sabes que tren tomar. Y eso tan extraño que sientes y que no puedes definir es la vida misma. Algo tan complicado y tan bonito como vivir. Algo que los que se han ido no pueden hacer y que nosotros estamos obligados a disfrutar por ellos y por nosotros mismos. Cada día que pasa se pierde y las sonrisas que no entreguemos a los que queremos no se pueden recuperar.

Carpe Diem.



miércoles, 25 de julio de 2012

Nosotros, nuestro reflejo y nuestra sombra.


Cada vez estoy más gato.

Y el gato, que es nocturno, se ha vuelto a subir a la colina a hablar con la luna. Y la luna le dice, después de hacer callar a las estrellas, que no se preocupe, que lo de ser gato no es malo, que está bien.

Y me alegra. Porque subido en mi colina pienso mejor, pero si es por la noche hasta me divierte más.

Mi colina está verde (por eso es la mía). Abajo el mar, azul intenso, está tranquilo. Desde enfrente me miran montes más altos, más esquivos que mi colina. Probablemente montes más importantes para los demás, pero no por eso mejores para mí.

Mi colina tiene muchos árboles, llenos de pájaros que a la mañana me anuncian que se acabó lo bueno, que la noche se va.

Abajo junto al mar un montón de lucecitas anuncian vida populosa, calor humano, vecindad, cercanía. Aquí en mi colina oscuridad, naturaleza, soledad, intimidad. Cada cosa tiene su caso y su para quién.

Hoy soy más feliz que otras veces en mi colina. No sé por qué, pero así me han pintado hoy el día. Hay días que salen grises y otros que salen brillantes. Y hoy toca brillo.

Y el brillo me trae reflejos y sombras, que son cosa del día, porque hasta sombras puede dar la luna, pero no reflejos.

Y me pregunto ¿qué somos? ¿Somos nosotros mismos? ¿Somos nuestro reflejo? ¿Somos nuestra sombra?

Nosotros mismos es lo que nosotros creemos ser, la parte que vemos desde dentro. Y esa parte está manipulada por nuestra propia óptica.

Nuestro reflejo es la parte que ven los demás, y está también retocada por el ojo del que nos ve, con lo que tampoco parece fiable.

Y nuestra sombra, es lo que se recorta, lo que ocurre si no estamos. Lo que deja de ocurrir si estamos. Es lo que los demás echarán de menos si faltamos. Así que para mí somos la sombra.

Y en eso anda el gato, en que sus amigos sientan su sombra, que cuando el gato se quite del sol alguien se de cuenta de que falta su silueta. En dejar algún testimonio útil de su paso por la colina.

Y la colina con la luz del día está verde, después de la negrura de la noche. Y ¡qué diablo!, está preciosa, aunque sea de día.

Dentro de un rato volverá la noche, y el gato volverá a estirar su cuello desde la colina para hablar otra vez con la luna, a ver si le cuenta de una vez que hace para no envejecer.

jueves, 12 de julio de 2012

Hasta la victoria, SIEMPRE

Dando una vuelta por éste páramo cultural y veraniego, me encuentro con una rara avis. Una librería instalada en un quiosco que bien podría vender churros o camarones, da un respiro entre tanto espacio para el ocio evasivo. La susodicha librería está regentada por un republicano que tiene a gala serlo (no es raro, las pequeñas librerías no suelen ser muy de derechas). Tiene colgadas dos camisetas que vende, además de un montón de libros con biografías de gente del palo y de relatos históricos. Una de las camisetas es morada, con una estrella ribeteada con bandera tricolor, la otra tiene en el centro una silueta de la famosa foto del Che con la frase “hasta la victoria, SIEMPRE” rodeándola con diferentes juegos de caracteres.

Y es esa frase la que me ha llamado la atención. No por nueva, por supuesto. Esa frase, que ya conocimos los de mi generación hace una pila de años, quizá no se interpreta hoy como antes. Probablemente hoy se puede leer como algo mucho más pasivo de lo que quiere decir, o sea esperar a la victoria. Y nunca quiso decir eso. Se trata de luchar hasta la victoria. Siempre.

Y en estos momentos en que el gobierno sencillamente se equivoca apaleando a los funcionarios en el sentido económico de la palabra y a los mineros en el más literal de los sentidos, es necesario retomar aquella frase.

No podemos permanecer más tiempo impasibles a lo que sucede cada día. No podemos pensar que no somos mineros o que no somos funcionarios, no se trata de otros colectivos. Nos están atacando a todos nosotros.

La prima de riesgo continúa su ascenso imparable y si era eso lo que trataban de evitar no ha funcionado. La bolsa baja también sin parar. El paro también sube. Puestas así las cosas ¿de qué sirve todo lo que se está haciendo?

Van mermando la capacidad adquisitiva de los pocos sectores que mantienen el consumo. Hasta la patronal está en contra de la subida del IVA.

Y mientras paz social.

Hoy de forma espontánea se ha tirado a la calle un escaso grupo de funcionarios en Madrid a cortar la Castellana.

Afortunadamente miles de personas se manifestaron junto a los mineros.

No podemos asumir más palos en el lomo. No hay que dar nada por perdido, ni por supuesto admitir ninguna derrota.

Ellos pueden hacer leyes, nosotros podemos hacer huelgas. Pero no huelgas de un día que sirven únicamente para que perdamos más salario, si no una huelga general salvaje indefinida hasta que se apeen del burro.

Y si a Europa, a los E.E.U.U. y a las agencias de calificación no les gusta, pues que les vayan dando porque parece que lo que se ha hecho hasta ahora tampoco les gusta y ha sido todo a nuestra costa.

Los políticos no se recortan a sí mismos los sueldos, la banca no ceja en su empeño de quedarse con todo el botín (graciosa frasecilla para aliviar la tensión) y mientras más vueltas de tuerca.

A sí que por mi parte volvamos a las trincheras. Luchemos mientras tengamos algo que defender. Sé que las fuerzas van faltando, pero si aflojamos ahora será el momento en que no quedemos ninguno para pagar el paro de los que ya no pueden defender su empleo. Por ellos precisamente no podemos ser cobardes. Por los parados, por los mineros, por la sanidad, por la educación, por nuestros mayores, por nuestros hijos: HASTA LA VICTORIA, SIEMPRE.

martes, 10 de julio de 2012

España cañí.

No puedo más con esta España casposa, machista y anclada en los más antihigiénicos y oscuros costumbrismos sociales y políticos.

Desde que la semana pasada la gloriosa Selección Española ganase de forma parece que heroica el trofeo europeo de turno, me he desenvuelto en el ambiente alemán que me rodea sin más sobresaltos que el hecho de que en el buffet del hotel den jamón de pata negra o no, lo que viene marcando el diferencial de los días destacables de los que no lo son tanto. Y mientras, sol, hamaca, tranquilidad, más sol, viento frío y mar más o menos embravecido. Como os podéis imaginar mi mente ha cabalgado por la playa de lado a lado arrastrada miserablemente por mis pies que parecen no poder estar quietos, pero sin trabajar. He visto puestas de sol magníficas (aquí son a diario) y he trabajado sin pausa para conseguir el estado de imbecilidad propio de quien no tiene ni pasado ni futuro, tratando de olvidar todo lo relativo al trabajo, a la salud, a la enfermedad, incluso a la riqueza y a la pobreza.

Pero hoy a la hora de comer me han dado un estacazo en los dientes para recordarme que estoy fuera de sitio, que mi lugar no está ni aquí ni en unos mil kilómetros a la redonda, y me explico. Estaba yo tan tranquilo con mi querida familia comiendo cosas ricas propias del entorno, cuando se nos ha sentado en la mesa contigua una vocinglera familia compuesta por padre, madre, hijo e hija. Vamos, el ideal de pareja con su parejita. O para ser más exactos el padre con el hijo y la hija con la madre. Y la distinción es porque el padre y el hijo vestían camiseta de la selección. La madre y la hija atuendo playero bastardo sin marca ni equipo.

Han sido recibidos con gran alborozo por el camarero que inmediatamente ha hecho el sondeo futbolístico obligatorio “y de qué equipo zon uztedé” a lo que ha contestado el niño que “primero del madrí y luego del recre”. El padre se ha apresurado a puntualizar que “del madrí, del glorioso”.

Por supuesto el camarero se ha alegrado mucho de la respuesta y le ha dicho que “muy bien, como debe de zé. Aquí lo que no queremo e a lo der barza”.

(Discúlpese la torpe transcripción, pero trato de ser fiel a la fonética).

Y el asunto (trivial e insignificante) me devuelve a la España de pan y toros, de pandereta y faralaes. Que nos den por saco a los que no nos gusta el fútbol. Que nos den por saco a los que con nuestros impuestos pagamos a los nenes que luego tratan de escamotear impuestos de sus henchidas nóminas por jugar en la selección de nuestro país. Que nos den por saco a los que sostenemos el sistema. Mientras tanto gloria a los defraudadores, a los beneficiados, a los subvencionados, a los sinvergüenzas y a los incultos, pues de ellos será el reino de los borbones.

Nos duele mucho el país, porque está muy enfermo. Y por ello deberíamos estar curándole, para que no duela, pero mientras dejamos que unos malos curanderos agraven la enfermedad con sus técnicas contrarias al sentido común. Les dejamos que amputen los miembros sanos y que permitan que los gangrenados sigan pudríendose, poniendo en peligro la integridad de todo nuestro cuerpo y por tanto de nuestra vida.

Dejamos que nos sigan recortando derechos y nos penalicen por haber hecho las cosas bien. Los que hemos pagado siempre debemos de pagar más para subvencionar a los que no pagaron nunca y se gastaron lo que no tenían. Dejamos que nos atonten con el fútbol como para seguir dando la matraca con la camiseta de la selección una semana después de haber ganado el torneo. Ahí está el problema. Puedo entender que sirva de escape y de alegría un triunfo deportivo, pero no puedo comprender que se pueda seguir indefinidamente distraído con esa cuestión.

Simplemente recordaré a tanto patriota como parece andar suelto por ahí que la patria es algo más que una camiseta o una bandera, y que la patria se hace todos los días. Trabajando, esforzándose, con orgullo no de unos colores si no de un trabajo bien hecho, y de una colectividad que respeta al resto. Y en el respeto va no robar, no zafarse de las obligaciones y proteger los derechos de todos.

Y que el partido lo ganaron los que lo jugaron. Y que por jugarlo ganaron lo que ganaron (económicamente hablando). Y que los impuestos que deberían de pagar están tratando de escamotearlos. Y que son un hatajo de golfos. Aunque ganaran el partido.

Y que Haimar Zubeldia va el sexto en el tour. Y que a nadie le importa, porque ya no tenemos a nadie que vaya a por el primer puesto. Y que cuando hemos tenido a alguien luchando por el primero puesto iba hasta las cejas de sustancias prohibidas, pero eso no cuenta, no hay que ser mal español.

Y que si yo tuviese un hijo y una hija y fuese un fan de la selección, antes que comprar una camiseta para mi hijo y otra para mí, compraría una para mi hijo y otra para mi hija. O quizá sea que es verdad que ellas son más inteligentes. Aunque sea otro lugar común que aborrezco.

Nos han colocado la veneración al triunfo y no al trabajo. Vale el que gana (gane como gane) y no el que ha hecho todo lo posible por jugar bien. Da igual el camino si se logra el triunfo.

Yo mientras tanto voy a buscar los arreos para empezar a compartir los rudimentos de la escalada con mi hija éste otoño. Afortunadamente el material de montaña no tiene colores de equipo ni de selección. Si acaso, buscaré que tenga la bandera pirata. O como poco una cola de ballena.